La Agencia Internacional de la Energía informa de un repunte del carbón y de las emisiones de gases de efecto invernadero tras la COVID-19.
El director de la AIE afirma que la COP26 debe enviar una «señal inequívoca»: invertir en energía contaminante para perder dinero; invertir en energía limpia para obtener beneficios.
La británica Octopus Energy afirma que los datos son clave para acelerar la transición a las energías renovables.
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La energía —el combustible que usamos para calefacción, refrigeración, fabricación, transporte, entre otros usos— representa un tercio de nuestras emisiones de gases de efecto invernadero.
Si queremos hacer frente al cambio climático, tenemos que abordar la energía. Y eso es precisamente lo que hacemos en este pódcast de Radio Davos, con dos entrevistas: al director de la Agencia Internacional de la Energía quien afirma que la cumbre climática COP26 debe enviar a los inversores una «señal inequívoca» para que destinen su dinero a la energía limpia; y al director de Octopus Energy, un proveedor británico de energía renovable que usa datos y aprendizaje automático para acelerar la transición a la energía verde.
A continuación, las transcripciones editadas de las dos entrevistas:
COP26: clima y energía: Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE)
En el World Energy Outlook 2021, se observa un enorme aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. ¿Hemos perdido la oportunidad de «reconstruir mejor» tras la pandemia?
Nuestras cifras muestran que este año, 2021, es muy peculiar porque observamos dos tendencias opuestas. Por un lado, el impulso para hacer frente al cambio climático nunca ha sido tan grande en el mundo. Muchos gobiernos de todo el mundo —Estados Unidos, Canadá, todos los países de la UE, Reino Unido, Japón y China— asumieron compromisos firmes para reducir sus emisiones. También lo hicieron muchas empresas de todo el mundo. Y, si nos fijamos en la opinión pública, existe un apoyo enorme —por parte de los gobiernos y la industria— para abordar este problema. Esa es una tendencia. Sin embargo, la segunda tendencia es que, de nuevo en 2021, este año, estamos viendo un enorme aumento de las emisiones mundiales, el segundo mayor de toda la historia. Así que hay cierta brecha entre la retórica y lo que ocurre en la vida real. Es una tendencia preocupante. Por eso, cuanto más tardemos en invertir la tendencia de las emisiones y hacer que desciendan, menos posibilidades tendremos de afrontar los retos climáticos y situar la trayectoria de la temperatura en un nivel que nos permita tener un planeta habitable.
Entonces, ¿qué debe ocurrir en esta década?
Aunque los gobiernos cumplan plenamente sus promesas, seguiremos viendo un aumento de la temperatura de 2,1 grados Celsius, muy por encima de los 1,5 grados que, según los científicos, son el máximo admisible. Una diferencia de 0,6 grados no es algo a lo que uno simplemente se adapte quitándose la chaqueta; tendrá enormes repercusiones en los fenómenos meteorológicos extremos. Habrá fenómenos extremos mucho más frecuentes, mucho más intensos, y así sucesivamente. Lo primero que debe ocurrir es que más países asuman compromisos y que las promesas existentes sean mucho más ambiciosas que hoy. Espero de verdad que la reunión de Glasgow sea una ocasión para que oigamos a varios gobiernos de todo el mundo, especialmente de Asia en desarrollo y de otras regiones, presentar promesas más ambiciosas que las actuales; y que quienes aún no han asumido compromisos lo hagan y los cumplan.
Permítame citar su informe: «Las promesas climáticas actuales solo lograrían el 20 % de las reducciones de emisiones necesarias para 2030 para encaminar al mundo hacia las cero emisiones netas en 2050». Todavía queda una montaña por escalar, ¿verdad?
Estamos muy, muy lejos de lo que deberíamos hacer. Pero la cuestión es que los próximos 10 años son decisivos. Como mundo, hoy disponemos de todas las tecnologías necesarias para adoptar políticas energéticas mucho más ambiciosas. ¿Cuáles? Muchas más energías renovables: solar, eólica terrestre, eólica marina, hidroeléctrica; eficiencia energética —usar la energía de forma más eficiente— y coches eléctricos. Ya contamos con ellas. Solo necesitamos una expansión muy sólida de las tecnologías existentes durante los próximos 10 años. Y, si no lo conseguimos, la tarea posterior será mucho más difícil, si es que llega a ser posible.
«Si lo dejamos todo en manos de los mercados, no tendremos la menor posibilidad de alcanzar nuestros objetivos. Los gobiernos llevan aquí las riendas».
Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía
Entonces, ¿qué obstaculiza ese avance? ¿Se debe simplemente a cómo está estructurado el mercado y a cómo funciona, y a que es tan difícil cambiar un mercado mundial de gran tamaño como el de la energía?
A mi juicio, si dejamos todo en manos de los mercados y de su evolución, no tendremos la menor posibilidad de alcanzar nuestros objetivos. Por eso los gobiernos llevan aquí las riendas. ¿Qué podría acelerar el avance y la transición? Quizá dos cosas. Una: regulaciones gubernamentales, por ejemplo, normas y estándares de eficiencia para pantallas de televisión o aparatos de aire acondicionado. También pueden ser incentivos que animen a los consumidores a comprar mejores productos, como coches eléctricos en lugar de coches tradicionales. Este es un tipo de política gubernamental que hace falta.
La segunda cuestión es algo que nunca debemos olvidar: si miramos a los próximos 10 años, gran parte del crecimiento de las emisiones provendrá del mundo emergente. Y la cantidad de inversiones en energía limpia destinadas a esos países es desalentadora: muy pequeña. Cerca del 20 % de todas las inversiones en energía limpia se dirige a los mercados emergentes. Por eso, los países ricos de todo el mundo deberían brindar algún tipo de asistencia financiera y apoyo a los países emergentes, para ofrecerles un incentivo inicial y capital de arranque que actúen como catalizadores de las inversiones en energía limpia. Si no se hace, las medidas de países como los europeos tendrán menos repercusión en las tendencias mundiales. Una tonelada de CO2 que llega a la atmósfera desde Bombay, Detroit, Ginebra o Johannesburgo tiene el mismo efecto para todos. Las emisiones no tienen pasaporte. Desde ese punto de vista, en mi opinión es muy importante que los países ricos presten apoyo financiero a los países emergentes. Una de mis principales expectativas de la reunión de Glasgow es que se establezca una estructura financiera que proporcione ese apoyo a los países emergentes. Así, junto con la intervención gubernamental, las regulaciones y los incentivos, espero que la financiación de los mercados emergentes desempeñe un papel. Estas dos áreas son clave para acelerar la transición a la energía limpia en todo el mundo.
El Consejo Global del Futuro sobre Electrificación Limpia del Foro Económico Mundial publicó un informe titulado «Getting to Net Zero: Increasing Clean Electrification by Empowering Demand». ¿Es la electrificación la clave para combatir el cambio climático?
Es una de las principales respuestas, porque hoy el sector eléctrico es, con diferencia, responsable de la mayor cantidad de emisiones. Alrededor del 40 % de las emisiones mundiales proviene de la generación de electricidad. En las economías avanzadas, por ejemplo, los países del G7 están a punto de anunciar que para 2030 generarán electricidad sin emisiones. Es algo positivo y muy importante. Pero también debemos mirar al resto del mundo. De nuevo, las emisiones no tienen pasaporte. Pongo un ejemplo: China, India e Indonesia, tres grandes países. En todos ellos, entre el 60 % y el 70 % de la generación total de electricidad proviene del carbón, y en conjunto representan más del 40 % de la población mundial. Mientras no podamos descarbonizar y limpiar su generación de electricidad, será muy difícil ver un gran cambio en el sistema eléctrico mundial. Por eso, aunque debamos alegrarnos y felicitar a los países desarrollados, incluido el liderazgo del G7, por aspirar a generar electricidad con cero emisiones netas para 2030 o alrededor de ese año, es muy importante vigilar lo que sucederá en los países en desarrollo, donde hoy la mayor parte de la generación eléctrica proviene del carbón.
Esos países suelen ser grandes centros de fabricación de productos que luego se comercian en todo el mundo. Pero, por ahora, el precio de sus emisiones de carbono no se incluye en el precio de esos productos. ¿Qué importancia tiene poner un precio a las emisiones de carbono y cómo cree que podría hacerse en la práctica?
Vemos que fijar un precio al carbono funciona bien en Europa. Hay dificultades aquí y allá, pero la tendencia principal parece indicar que funciona. China ha dado algunos pasos en esa dirección. En teoría, es la mejor forma de abordar el problema: poner un precio al carbono. La teoría económica nos dice que sería la mejor y más sencilla solución. Sin embargo, en la práctica me cuesta creer que podamos aplicar sistemas de fijación de precios del carbono en muchas partes del mundo emergente; quizá no sea posible en las condiciones reales. Por eso no apostaría todo a la fijación de precios del carbono. Además, hay muchas otras medidas que podemos aplicar con mayor facilidad para reducir las emisiones en el mundo en desarrollo. Van desde el uso de energías renovables, que se están convirtiendo en la fuente más barata de generación eléctrica en muchas partes del mundo, hasta otras tecnologías, como la energía nuclear en algunos países o la mejora de la eficiencia energética de los equipos que consumen electricidad en todo el mundo.
Fijar un precio al carbono: sí, es una muy buena idea. Pero en algunos casos, especialmente en los países emergentes, hoy es difícil de aplicar. Por eso debemos considerar otras opciones, desde la regulación gubernamental hasta los incentivos para las energías renovables, la energía hidroeléctrica y otras tecnologías con bajas emisiones de carbono.
«Estamos enviando al mundo una señal inequívoca. Si invierten en opciones de energía limpia, pueden obtener grandes beneficios».
Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía
¿Qué esperanzas y temores tiene respecto a la COP26?
¡Demasiadas esperanzas y demasiados temores! Si tuviera que elegir uno, me gustaría mucho que, en la reunión de la COP, los líderes de las naciones se reunieran en Glasgow y transmitieran al mundo un mensaje de unidad: «Inversores, sepan que estamos decididos a construir un futuro de energía limpia. Por eso, si invierten en energía contaminante, corren el riesgo de perder dinero. Estamos enviando al mundo una señal inequívoca. Si invierten en opciones de energía limpia, pueden obtener grandes beneficios. Tomen nuestra señal inequívoca como muestra de nuestra determinación de construir un futuro de energía limpia». Esa es mi esperanza para la COP26 de este año en Glasgow.
COP26: clima y energía: Greg Jackson, fundador y director ejecutivo de Octopus Energy
¿Cómo ha transformado el mercado eléctrico la aparición de las energías renovables?
El mayor problema es que el mundo de las energías renovables exige invertir por completo la forma en que funciona la energía: pasar de tener en la red unas pocas centrales grandes de combustibles fósiles, fáciles de controlar, a miles o millones de puntos de generación que dependen de la luz solar, el viento y otros factores renovables. Al mismo tiempo, pasamos de un mundo en el que el suministro energético del hogar de una persona es más o menos predecible, pero no se puede desplazar, a otro con vehículos eléctricos y sistemas de calefacción cada vez más descarbonizados, que permiten desplazar grandes cargas de consumo. Si usamos la tecnología, podemos aprovechar toda esta variabilidad, como hace Uber, para ajustar la oferta y la demanda en tiempo real. Si, por el contrario, seguimos atados a esos sistemas obsoletos e intentamos que las leyes de la física funcionen como si usáramos combustibles fósiles, la transición será muy costosa.
Entonces, la forma en que funciona la red en la mayoría de los países desarrollados no se adapta muy bien al nuevo modo de generar energía con renovables. ¿Podría explicarnos exactamente por qué?
Hay dos motivos. El primero es que, en casi cualquier país, las salas de control de la red parecen una oficina de taxis. Literalmente hay hombres frente a ordenadores que encienden y apagan centrales eléctricas con un ratón. El sistema debería parecerse mucho más a Uber, con enormes cantidades de datos en tiempo real y aprendizaje automático que optimicen el sistema de maneras que las personas no pueden. Y esto hace falta porque, en esencia, la energía renovable es más barata: una vez construida la capacidad de generación —eólica, solar, etc.— no hay costes de insumos, y su funcionamiento cuesta mucho menos que el de los combustibles fósiles. Para aprovechar esa energía barata cuando está disponible, necesitamos usar esta tecnología para ajustar la oferta y la demanda de forma muy dinámica. La tecnología será excelente para hacerlo.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial para abordar el cambio climático?
¿Cómo lo hace Octopus Energy? ¿Qué datos utilizan y para qué exactamente?
Hoy tenemos decenas de miles de clientes con tarifas de energía inteligentes. En tiempo real, su contador inteligente y dispositivos como los equipos de carga de sus vehículos eléctricos se comunican por internet para optimizar cuándo cargamos el coche. Lo cargamos cuando hace sol y viento, cuando hay abundante energía renovable y sus precios son bajos. Y elegimos no cargarlo cuando hay menos electricidad verde disponible y los precios de la red son altos. Los sistemas inteligentes incluso pueden tener en cuenta patrones de conducción. Así se aseguran de que haya suficiente electricidad siempre que uno quiera conducir. Y, al mismo tiempo, optimizan el uso de energía verde.
Cabe imaginar que, durante la próxima década, los vehículos eléctricos se convertirán en la norma, al igual que la calefacción descarbonizada. Esto ofrecerá una enorme oportunidad para usar esa electricidad verde cuando esté disponible. Lo que realmente queremos hacer es recopilar datos de todas las turbinas eólicas y todos los parques solares, así como cada dato de las previsiones meteorológicas locales. Así podremos optimizar en cada momento el uso de esa energía, ya sea para producir hidrógeno que se utilizará en pilas de combustible para camiones o procesos industriales, o para cargar una batería a nivel de la red, al final de una calle o en una vivienda. En el mundo de internet, este tipo de optimización es habitual. Cuando se descarga una página web, ya hay sistemas en toda la red que recopilan muchos de esos datos, los comprimen y los almacenan en el lugar adecuado, listos para que se usen. Ahora tenemos que tratar la energía igual que tratamos los datos e internet.
Para explicar todo ese asunto tecnológico con sencillez: tenemos una red eléctrica. Cuando todo el mundo vuelve a casa del trabajo, se encienden la televisión, el horno eléctrico, las luces y la calefacción. La demanda alcanza un máximo enorme. A las 3 de la madrugada no ocurre nada de eso, pero sigue circulando mucha energía por la red. Por eso resulta más barato si una empresa como la suya puede hacer que algunas de esas cosas sucedan en mitad de la noche, porque no importa cuándo cargue el coche siempre que esté aparcado y enchufado en algún sitio. ¿Se refiere a algo así?
Exactamente. Es así de sencillo. La mayor parte del tiempo, la red está muy infrautilizada y tiene muchísima capacidad disponible. Es parecido a conseguir vacaciones baratas usando habitaciones de hotel que, de otro modo, estarían vacías, o volando en asientos de avión que solo estarían ocupados a medias. Así podemos aprovechar cada vez más la capacidad sobrante de la red para cosas como cargar vehículos eléctricos, cuando la hora no importa. En un mundo de energías renovables, también debemos tener en cuenta que la disponibilidad de electricidad varía mucho. Por eso se necesita tecnología inteligente para elegir el momento adecuado para hacer las cosas; ya no basta con decir «a medianoche». Por ejemplo, en el Reino Unido hay un gran pico de energía solar hacia el mediodía durante los días de verano. Es un momento ideal para aprovechar la electricidad y usarla en cosas como cargar coches.
Pero ¿de qué manera puede esto ayudar a afrontar la crisis climática?
Es fundamental. Hay dos caminos para que el mundo adopte las energías renovables. Es evidente que hacerlo es esencial para descarbonizar la sociedad. Si conseguimos que nuestro sistema use de forma eficiente estas fuentes variables e intermitentes de electricidad —las renovables—, descarbonizar la electricidad reducirá los costes energéticos. Si, por el contrario, no las usamos de forma inteligente y tenemos que construir enormes parques de baterías junto a los parques eólicos, por ejemplo, adoptar las renovables elevará el coste de la energía y, con ello, ralentizará la descarbonización. Creo que, para quienes queremos que la ciudadanía emprenda el camino hacia la descarbonización, hacer que resulte más barato que el mundo actual será un factor facilitador de enorme ayuda.
¿Los datos que utilizan son de acceso abierto? Si quisiera competir con ustedes y crear una empresa que les hiciera la competencia, ¿me sería fácil encontrar esos datos?
Parte de los datos es de acceso abierto. Cualquiera puede acceder a los datos meteorológicos y pagar un suplemento para consultar datos muy detallados. Lo que hay que hacer es crear una inteligencia completamente nueva que permita reducir los costes. Estamos dejando atrás el mundo en el que la red podía limitarse a encender y apagar una central de carbón para satisfacer el pico de demanda vespertino, cuando todo el mundo está viendo la televisión. Ese mundo ya quedó atrás. Los datos de los que hablo están disponibles en el entorno, se obtienen de los clientes y muchos los generamos nosotros mismos. Empleamos a decenas de científicos de datos, contamos con mucho aprendizaje automático e inteligencia artificial y probablemente tenemos unos 150 desarrolladores de software. Todos ellos construyen la tecnología que nos permite hacer que la electricidad verde sea lo más barata y fácil de usar posible.
En la mayoría de los países, el sector energético está muy centralizado. Si entra en él como una empresa «disruptiva», ¿podrá tener éxito o solo ocupará un pequeño espacio en este enorme sector regulado por el gobierno?
Lo veo un poco como internet. Los gobiernos hicieron posible que internet estuviera disponible: una tecnología increíble, y eso es un logro asombroso. Después la abrieron a las empresas, y eso transformó el mundo tal como lo conocemos. Creo que ahora debemos plantearnos los sistemas energéticos del mismo modo.
El apoyo de los gobiernos hizo posible que las energías renovables llegaran a un punto en el que ahora suelen ser más baratas que los combustibles fósiles. Pero para liberar todo su potencial, reducir los costes y adoptar las renovables más rápido de lo que nadie imaginaba, ahora debemos dar rienda suelta a esa energía creativa y a la presión competitiva del sector privado. Pueden ser empresas innovadoras, empresas ya establecidas o empresas emergentes tecnológicas.
¿Qué obstáculos ha encontrado, o qué puertas se le han abierto, para empezar a abrirse camino en un sector dominado en gran medida por ciertos actores de gran tamaño?
En cualquier sector en transformación, se produce una carrera entre las nuevas empresas que cuentan con tecnologías innovadoras capaces de mejorar la forma de hacer las cosas y las empresas consolidadas, lastradas por sistemas heredados, burocracia, costes elevados y falta de innovación. La carrera consiste en que las nuevas empresas crezcan y las consolidadas se vuelvan eficientes. Lo vimos en las aerolíneas. Si nos fijamos en las aerolíneas europeas, las compañías de bandera se reformaron, se consolidaron y demás para ser mejores empresas, mientras que las mejores aerolíneas de bajo coste crecieron hasta alcanzar una escala enorme. Ahora el mercado está dominado por una combinación de ambos tipos de empresa: las mejores compañías de bandera y las mejores aerolíneas de bajo coste.
Hablemos de lo que ocurre fuera del Reino Unido. El Reino Unido liberalizó el sector energético en los años ochenta o a principios de los noventa, pero no ha sido así en todo el mundo. ¿Cree que su actividad puede expandirse por todo el mundo o que otras empresas podrían hacer cosas similares en otros países?
Cada vez podemos operar más a escala mundial. Los países que pueden desregular la venta minorista de energía tienen más posibilidades de lograr que la ciudadanía adopte las renovables. Si existe un sector minorista energético activo y centrado en el cliente, habrá empresas que ofrezcan promociones especiales cuando brille el sol y electricidad barata para cargar el coche cuando sople el viento; todo estará automatizado y no habrá que pensar en ello. Ahora tenemos que empezar a retar a los países para que consideren abrir sus redes a la competencia, como ha hecho India. Y luego, ¿cómo se digitaliza la red? Quizá gestionándola casi como la «internet de la electricidad»: se considera la red como un conjunto de cables, pero se usan programas y algoritmos para determinar qué sucede. Los gobiernos de los países en los que empezamos a operar acogen muy bien este enfoque. ¿Quién no quiere electricidad verde más barata? ¿Quién no quiere que la ciudadanía se beneficie de prescindir del carbono en vez de verlo como un coste adicional en la factura?
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