En la enrarecida atmósfera de Aspen, Colorado, la semana pasada asistí a la 11.ª cumbre American Renewable Energy Day. Con los años, el evento se ha convertido en un fascinante espacio de intercambio de ideas y de networking que reúne a figuras estadounidenses e internacionales del sector de las energías renovables —financieros, emprendedores tecnológicos, funcionarios gubernamentales, activistas y científicos— en torno a los retos y las oportunidades energéticas.
Hablamos de las negociaciones climáticas internacionales y de los avances en energías renovables en China e India, pero el mayor interés se centró en los retos y el gran potencial de la innovación estadounidense, así como en cómo devolver la política climática y energética al terreno no partidista.
En la sala había una fuerte convicción de que está surgiendo en este país un centro radical. La mayoría de los presentes —tanto desde perspectivas liberales como conservadoras— parecían creer que las amenazas que el cambio climático plantea para la salud económica, financiera, social y ambiental de las naciones son razones poderosas para que los líderes de todas las afiliaciones políticas busquen un terreno común.
Como señalaron los gestores de capital privado, ¿qué podría ser más antipatriótico en Estados Unidos que apostar en contra de la capacidad de innovación del país? Ha sido el sello distintivo del éxito estadounidense durante siglos y debe ser en lo que Estados Unidos apueste ahora, mientras el cambio climático genera incertidumbre en toda la economía.
También me llamó la atención la sensación de que se está gestando un movimiento, cuando los líderes religiosos hablaron de las decisiones de sus denominaciones de desinvertir en carbón y, en algunos casos, en activos de combustibles fósiles. Sonó asombrosamente parecido, tanto en el tono como en la táctica, a la reacción contra el apartheid. Algo profundo está ocurriendo.
El expresidente de Estados Unidos Jimmy Carter también se unió al debate. Han pasado casi 40 años desde que su administración se centró, de forma controvertida, en la eficiencia energética en plena crisis del petróleo, como una vía hacia la independencia energética. Entonces se burlaron de él por aparecer en televisión con un cárdigan y por instar a la nación a bajar la calefacción y abrigarse. En los años transcurridos, los avances en eficiencia energética en Estados Unidos, aunque importantes, han quedado eclipsados por los de Europa y Japón.
Preguntado si habría hecho algo distinto en estas cuestiones, sabiendo lo que sabe ahora, Carter señaló que, pese a la orgullosa tradición de liderazgo del sector privado en Estados Unidos, parecemos flaquear en la convicción de que, si fijamos objetivos ambiciosos en la legislación o la regulación, el sector privado estadounidense puede responder. Subestimar nuestras ambiciones nos ha llevado al borde de un precipicio 40 años después.
Con este sentido de esperanza bipartidista, la responsabilidad internacional de Estados Unidos cobró protagonismo. Como ha dicho Hillary Clinton, Estados Unidos es una nación imprescindible. Pueden alcanzarse acuerdos internacionales y lograrse avances, pero sin una participación plena de Estados Unidos, los avances son más escasos y de menor alcance. El antiguo negociador estadounidense Dan Reifsnyder, ya jubilado, ha escrito una tesis doctoral precisamente sobre este punto, entrevistando a todos los negociadores climáticos estadounidenses desde el inicio de las conversaciones sobre el clima. Tengo muchas ganas de conocer sus perspectivas.
Mientras Estados Unidos y China se preparan para negociaciones serias, aunque se basen en una construcción mutuamente acordada y no en objetivos y plazos internacionalmente acordados y jurídicamente vinculantes, por primera vez en muchos años las dos naciones imprescindibles están sentadas a la mesa y trabajando con intensidad.
En la cumbre de liderazgo climático del secretario general de las Naciones Unidas, celebrada el 23 de septiembre, la acción de Estados Unidos estará en primer plano. Desde el gobernador Jerry Brown, de California, hasta los estados del noroeste del Pacífico y los del noreste de Estados Unidos, pasando por los alcaldes de todo el país, los líderes pedirán un precio para el carbono, establecerán normas de rendimiento, instruirán a los fondos públicos de pensiones sobre estrategias de inversión y responderán a los llamamientos a la desinversión que se extienden por los campus universitarios. El domingo anterior a la cumbre, en las calles de Nueva York, se está gestando una marcha por el clima. Se espera que sea la mayor marcha de su tipo. El mensaje será notablemente similar al que se escucha en los salones del edificio de la ONU: actuar. Actuar ya. Hay que sentar bien las bases, fijar un precio al carbono, enviar señales claras al sector privado y a las finanzas para que las sigan y ayudar a los más vulnerables.
En la cumbre de Aspen no había dudas de que hay un futuro verde y prometedor por delante.
La energía solar, eólica, geotérmica y el gas natural abundan y dan a Estados Unidos opciones que muchos envidiarían. Pero el esfuerzo por lograr ese cambio, y así se describió, definirá esta generación. El movimiento crece, desde todos los frentes.
Publicado en colaboración con World Bank Blogs
Autora: Rachel Kyte es vicepresidenta del Grupo Banco Mundial y enviada especial para el cambio climático.
Imagen: Pescadores reman en un bote en el lago Chaohu, cubierto de algas, en Hefei, provincia de Anhui, 19 de junio de 2009. REUTERS/Jianan Yu
