Al asistir a la Cumbre sobre el Futuro de la Energía del mes pasado, un evento anual organizado por Bloomberg New Energy Finance, me llamó la atención —por segundo año consecutivo— el rápido ritmo de reducción de costos y lainnovación que se está produciendo en todo el espectro de las energías limpias. Con la noticia de que una reciente licitación de energía solar fotovoltaica en Dubái recibió ofertas inferiores a US$0,06/kWh, junto con las grandes inversiones en almacenamiento de electricidad y vehículos eléctricos, y el creciente interés en la gestión de la demanda en la red y entre los consumidores, el mensaje está claro: es muy probable que la energía limpia haya alcanzado un punto de inflexión crucial que empezará a atraer niveles crecientes de inversión. Algunos comentaristas también señalaron que el momento era oportuno: con las inversiones de capital en la producción petrolera upstream drásticamente recortadas debido a la caída de los precios mundiales, podría haber mucho capital financiero buscando dónde invertirse.
señaló que el año pasado, durante unos días, las energías renovables ya suministraron el 40 % de la electricidad del estado, por lo que el objetivo de alcanzar un 50 % de renovables para 2030 «no supone realmente un desafío» entre el 6 y el 12 % de la electricidad de California y es poco probable que aumente.
Si un estado de un país con una de las tasas de consumo de energía per cápita más altas del mundo considera viable que el 100 % de su electricidad provenga de fuentes renovables, ¿qué implica esto para los países en desarrollo que están ampliando el suministro para aumentar el acceso y apoyar el desarrollo económico? Dado que la energía solar y la eólica tienen en Sudáfrica precios inferiores a los de las nuevas centrales de carbón (sin tener en cuenta ningún costo adicional de equilibrado, pero tampoco los costos ambientales y sociales del carbón), el viejo argumento de que los combustibles fósiles son esenciales para ampliar el acceso de las personas pobres es cada vez más objeto de debate. Al Gore, en su discurso de apertura de la Cumbre, defendió este argumento con firmeza, que reiteró en un artículo publicado en The Guardian la semana pasada.
Para muchos, la idea de que los países puedan obtener toda su electricidad de fuentes renovables predominantemente no hidroeléctricas, en particular los que tienen grandes poblaciones sin acceso al servicio, como India, parecerá una ilusión. Y, sin embargo, dadas las reducciones de costos que se observan actualmente y el creciente reconocimiento del concepto de presupuesto mundial de carbono (y la consiguiente necesidad de dejar bajo tierra al menos dos tercios de las reservas de carbono ya descubiertas), la tendencia podría estar cambiando. Desde mi perspectiva, destacan tres desafíos: i) aplicar de forma enérgica medidas de eficiencia y conservación energética, hasta reducir drásticamente la cantidad de energía necesaria para sostener los niveles de vida deseados; las mejoras moderadas en la intensidad energética no bastan; ii) invertir en las tecnologías y la infraestructura necesarias para respaldar y gestionar fuentes variables de generación de electricidad; y iii) ampliar la capacidad del sector de la energía limpia para sustituir las fuentes de combustibles fósiles, lo que probablemente exigirá tasas de crecimiento aún más impresionantes que las observadas hasta ahora.
No se puede exagerar el papel de los reguladores y los responsables de formular políticas en todo esto. Con tanta innovación disruptiva que ocurre a tal velocidad, a las industrias establecidas les puede resultar difícil adaptarse, lo que a menudo conduce al proteccionismo y a obstáculos al cambio. Sin embargo, los países también tienen la oportunidad de dar un salto tecnológico: pasar de un modelo de suministro eléctrico del siglo XX, basado en redes centralizadas gestionadas por monopolios regulados, a otro mucho más modular, distribuido y resiliente. Esto ya ocurrió con la telefonía móvil, que pasó de no existir a ser ubicua en menos de dos décadas. Pero, cuando es difícil predecir el futuro y puede haber soluciones desconocidas a la vuelta de la esquina, ¿cómo pueden los reguladores dar ese salto de manera sensata si quizá apenas logran responder a los desafíos actuales de las empresas de servicios públicos insolventes, la escasez de suministro y las tarifas que no reflejan los costos? Esta era la pregunta que nos hacíamos mis colegas y yo, teniendo en cuenta que el Grupo Banco Mundial participa activamente en la reforma de las empresas de servicios públicos y la planificación del sector eléctrico.
No tenemos las respuestas, pero me parece claro que, si la electricidad generada con un 100 % de energías renovables ya no es una ilusión, debemos apoyar a los países que quieran dar un salto tecnológico y aceptar la disrupción, para que los beneficios de las innovaciones tecnológicas y las reducciones de costos lleguen a los países que más los necesitan.
Este artículo se publica en colaboración con Energía Sostenible para Todos del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Oliver Knight es especialista sénior en energía en ESMAP, el Programa de Asistencia para la Gestión del Sector de la Energía del Banco Mundial.
Imagen: Un trabajador inspecciona paneles solares en una planta solar. REUTERS/Carlos Barria.

