A menudo, los edificios se mantienen a una temperatura incómoda, lo que puede repercutir tanto en la salud como en la productividad.
Los avances en la tecnología de calefacción, ventilación y refrigeración pueden ayudar a mejorar la eficiencia y la eficacia del consumo energético.
Es hora de exigir que nuestros edificios ofrezcan condiciones interiores saludables y, al mismo tiempo, reduzcan su consumo de energía y su huella de contaminación.
Pasamos gran parte de nuestro tiempo en interiores: algunos estudios calculan que alrededor del 90%; por eso, es evidente que queremos que nuestros hogares, oficinas, restaurantes y aulas sean cómodos y saludables, y que nos hagan sentir bien. Sobre todo, queremos que nuestros edificios nos mantengan abrigados en invierno y frescos en verano.
No es de extrañar, entonces, que los sistemas de calefacción, ventilación y refrigeración representen aproximadamente la mitad del consumo energético de los edificios. Pero ¿podemos calentar y enfriar los edificios de forma más eficiente y eficaz?
El primer reto consiste en alcanzar la temperatura adecuada. El método más extendido para crear una temperatura agradable en los edificios busca proporcionar un confort térmico óptimo a la mayoría de las personas que ocupan una determinada habitación. El modelo se centra en una combinación de factores: temperatura del aire, temperatura radiante media, velocidad del aire, humedad relativa, aislamiento de la ropa y nivel de actividad. A partir de ahí, se puede estimar la temperatura más agradable.
Sin embargo, los datos muestran que, al seguir este enfoque, solo el 11% de los edificios de Estados Unidos alcanza el umbral del 80% de usuarios satisfechos. Por tanto, en muchos casos, los edificios se mantienen a una temperatura incómoda. Esto es importante porque la temperatura afecta significativamente al rendimiento de los trabajadores de oficina. El entorno térmico también afecta directamente a los sistemas tegumentario, endocrino y respiratorio de las personas.
La importancia de la calidad del aire
Los sistemas de calefacción y refrigeración desempeñan un papel importante para garantizar la calidad del aire interior. El aire dentro de los edificios puede estar muy contaminado debido a diversos contaminantes. El dióxido de carbono (CO2) es un indicador general de la calidad del aire interior, ya que mantener los niveles de CO2 por debajo de los umbrales nocivos puede ayudar a reducir las concentraciones de otros contaminantes atmosféricos generados por fuentes interiores. Otros contaminantes que pueden encontrarse en los espacios interiores son las partículas, los compuestos orgánicos volátiles, el ozono, el radón y el monóxido de carbono.

La exposición a estos contaminantes puede provocar efectos negativos a corto y largo plazo en la salud y el bienestar, desde dolores de cabeza, irritación ocular, rinitis y mareos hasta ataques de asma y problemas respiratorios graves, como el cáncer de pulmón. También afectan al rendimiento laboral. En un estudio, los investigadores introdujeron en una oficina una alfombra de 20 años de antigüedad, lo que aumentó ligeramente los contaminantes interiores. Aunque solo un pequeño porcentaje de las personas de la oficina manifestara insatisfacción, se observaron efectos en el rendimiento: cuando la alfombra estaba en la sala, las personas que trabajaban con teclados escribían menos texto y cometían más errores tipográficos.
El papel de las nuevas tecnologías en la reducción del consumo energético
En los últimos años, se han logrado avances significativos en el campo de los sistemas de calefacción, ventilación y refrigeración para abordar estos problemas. Cada vez hay más sensores disponibles para supervisar la calidad del aire interior, lo que contribuye a crear conciencia. La investigación también explora formas de optimizar los sistemas antiguos. Por ejemplo, los controladores de lógica difusa pueden utilizar una gama más amplia de criterios de confort humano para lograr condiciones agradables en el espacio y reducir al mismo tiempo el consumo energético.
Otro enfoque se basa en modelos de confort personal, cuyo objetivo es predecir las respuestas individuales de confort térmico y agregarlas para determinar la temperatura adecuada para un grupo. Los ocupantes pueden expresar sus preferencias mediante distintas interfaces de usuario, y los algoritmos de control pueden modular el sistema para ofrecer condiciones interiores óptimas.
Proporcionar condiciones térmicas adaptadas a los ocupantes de los edificios puede tener un gran impacto en la sostenibilidad ambiental. Por ejemplo, permitir que las personas soliciten en línea, en tiempo real, variaciones de los valores de consigna puede reducir el consumo energético en un 10%, y un modelo de control de temperatura basado en el consenso puede generar ahorros de hasta un 20%. Se puede lograr un ahorro energético del 24% modificando los valores de consigna de temperatura en función de las quejas de los ocupantes. Por último, el mismo estudio sugiere que, si se fijan los valores de consigna permitiendo ligeras desviaciones respecto de las temperaturas «ideales», el consumo energético del sistema medio de calefacción, ventilación y refrigeración disponible en el mercado puede reducirse hasta en un 50%.
Actualmente destinamos gran parte de nuestra energía a la calefacción, la ventilación y la refrigeración, con resultados menos que óptimos. Los ajustes incómodos afectan a nuestro bienestar, nuestra salud y nuestro rendimiento, tanto a corto como a largo plazo. Esto cambiará: los avances tecnológicos y las innovaciones de vanguardia hacen que rehabilitar nuestros edificios sea cada vez más rápido y barato. Es hora de exigir que nuestros edificios ofrezcan condiciones interiores saludables y, al mismo tiempo, reduzcan su consumo de energía y su huella de contaminación.


