El futuro no existe, al menos no del mismo modo que existe el pasado. Desde una perspectiva evolutiva, podría decirse que no hay futuro en mirar demasiado lejos. Y quizá no sea sorprendente que no seamos muy buenos contemplando nuestro propio futuro lejano.
En los bebés humanos, por ejemplo, el concepto de futuro tarda mucho más en cristalizar que el concepto de pasado. La memoria se desarrolla hasta bien entrada la adolescencia, pero los niños ya «captan» el pasado alrededor de los dos años.
Cuando preguntamos a un niño de cuatro años qué va a hacer la semana que viene, y ni hablar de qué hará cuando sea mayor, se apoya en conocimientos «basados en guiones» («la semana que viene es mi cumpleaños, ¡así que recibiré regalos!»). Incluso de adultos, no tenemos un guion claro para el futuro.
Este es uno de los tres problemas fundamentales que nos dificultan pensar con sensatez sobre la energía nuclear, tanto si la apoyamos como si nos oponemos a ella. Nuestras dificultades naturales para pensar en el futuro, las probabilidades y el riesgo contribuyen a actitudes problemáticas hacia la energía nuclear.
La triple corona de los desafíos cognitivos
Tuve un contacto estrecho con la mentalidad de ambos bandos del debate nuclear cuando trabajé de joven como periodista con una marcada inclinación ecologista. Y, más adelante, como investigador en un proyecto financiado por British Nuclear Fuels en la Universidad de St Andrews, donde estudiaba nuestra disposición a pagar para evitar la probabilidad relativamente ínfima de que se produjera un accidente nuclear concreto.
No es de extrañar que comenzara un doctorado sobre el autoengaño en St Andrews, impresionado por lo invisibles que nos resultan nuestras propias limitaciones cognitivas.
Mi investigación me permitió comprender los gruesos lentes que necesitamos para escrutar el futuro, así como nuestra incapacidad totalmente arraigada para entender la probabilidad, un concepto clave para comprender la energía nuclear. Es una limitación común tanto a los expertos como a los profanos, que la educación no puede eliminar por completo.
Tiempo futuro
La energía nuclear implica el futuro de maneras que los combustibles fósiles no. En la década de 1990, se reunieron cuatro equipos interdisciplinarios de científicos para estudiar el posible riesgo de futuras intrusiones humanas en los residuos nucleares en el «futuro profundo», hasta 10.000 años más adelante: menos de la mitad del periodo de semidesintegración de 24.000 años del plutonio.
Uno de los temas que debatieron los cuatro grupos fue cómo evitar que en el futuro se perdiera la memoria sobre los residuos nucleares. Siglos después de enterrar los residuos nucleares, ¿recordaremos por qué los enterramos, y mucho menos dónde los enterramos?
Entre los escenarios que plantearon estaba el de un equipo de buscadores de tesoros que oye mitos sobre algo valioso enterrado en Nuevo México y descubre encantado antiguas «advertencias», como calaveras y huesos cruzados, convencido de que son una señal inequívoca de que va por buen camino hacia el tesoro enterrado.
Nos cuesta imaginar el futuro o tenerlo presente. La memoria prospectiva es la capacidad de recordar que hay que hacer algo, un campo mucho menos comprendido que la memoria retrospectiva.
Recordar que hay que sacar la basura —nuclear o de otro tipo— es algo que lleva tiempo desarrollar. Y parece exigir más esfuerzo cognitivo que recordar el pasado. Sin embargo, la memoria prospectiva puede reforzarse considerablemente si se asocia el éxito al recordar con recompensas personalmente relevantes. Y eso forma parte del problema.
Los guiones que podemos desarrollar sobre el futuro exigen más esfuerzo y son mucho más débiles que los que construimos sobre el pasado. Antes de un terremoto, es difícil vender seguros contra terremotos. Pero las ventas se disparan después de la crisis y solo disminuyen gradualmente a partir de entonces.
No tratamos tan bien a nuestro yo futuro como a nuestro yo presente, y mucho menos a las generaciones futuras, simplemente porque nos parecen menos reales. El descuento temporal es la tendencia a valorar menos las recompensas o los castigos cuanto más lejos están en el futuro. Es poderoso incluso dentro de la propia vida. Ni siquiera los adolescentes fumarían si la posibilidad de padecer cáncer de pulmón se trasladara a los primeros años de la veintena.
Pensamiento arriesgado
Otro aspecto de nuestro pensamiento que puede confundir nuestras ideas sobre la energía nuclear es la capacidad humana de albergar esperanza. Pensemos en un estudio típico sobre cómo percibimos las amenazas. Por ejemplo, un pequeño estudio de 1986 sobre las actitudes estadounidenses ante la amenaza de una guerra nuclear descubrió que menos de una cuarta parte de los participantes eran optimistas respecto de la amenaza para el mundo.
Sin embargo, curiosamente, el 50 % pronosticó la paz para América del Norte, mientras que un aún más reconfortante 80 % consideró que sus propias probabilidades dentro de Estados Unidos eran superiores a la media.
Si invertimos la cuestión del riesgo y la aplicamos a asuntos positivos —por ejemplo, la posibilidad de ganar un premio de lotería—, se produce el patrón exactamente opuesto. Nos aferramos obstinadamente a la magia incluso cuando sabemos que no es real.
Los trabajos de Daniel Kahneman y Amos Tversky respaldan la idea de que los riesgos y las oportunidades se perciben de forma distinta, y que tanto los expertos como los profanos sufren estos sesgos; gran parte de su investigación original se basó en grupos de expertos, no en el público general.
Probablemente equivocados
Esto tiene que ver, en parte, con la motivación: queremos creer cosas positivas sobre nosotros mismos y no queremos creer las negativas. Un problema más fundamental en torno al riesgo es que tampoco entendemos bien la probabilidad. Ya se experimentase con personas o con ratas, la probabilidad nos afecta como incertidumbre.
No se trata únicamente de la propensión humana a la esperanza. Los estudios han descubierto que incluso quienes dominan la teoría de la probabilidad se comportan sistemáticamente como si no comprendieran las probabilidades bajas.
«Las intuiciones erróneas se parecen a las ilusiones visuales, pues siguen siendo atractivas y convincentes incluso cuando la persona conoce plenamente su naturaleza», escribieron Kahneman y Tversky sobre la persistencia de las falacias de los expertos. La razón por la que ni siquiera los expertos pueden aplicar la probabilidad racionalmente al pensar en el futuro es que hacerlo sería psicológicamente contraproducente.
Se sabe que las personas deprimidas tienen una visión más precisa de sí mismas porque algunos aspectos del futuro son absolutamente ciertos y, sin embargo, profundamente deprimentes, como la perspectiva de morir.
Así pues, pensar en la energía nuclear evoca la tormenta cognitiva perfecta: considerar la probabilidad y el riesgo en un futuro lejano, tres cosas que no comprendemos bien de manera intuitiva.
Esto no significa que debamos dejar las decisiones sobre la energía nuclear en manos de los expertos. Significa que debemos vigilar con mucho cuidado incluso a los expertos para asegurarnos de que no cometan en nuestro nombre errores horribles, aunque muy humanos.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lee el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Olav Muurlink es profesor titular de comportamiento organizacional y gestión en Central Queensland University.
Imagen: Una abeja vuela para recoger polen en un campo de mostaza, frente a las torres de refrigeración de la central nuclear de Temelín, cerca de la ciudad de Týn nad Vltavou, en Bohemia Meridional. REUTERS/David W Cerny

