Tanto si hablas en tu lengua materna como en otra, que te entiendan y te crean es fundamental para comunicarse bien. Al fin y al cabo, un hecho es un hecho en cualquier idioma, y una afirmación objetivamente verdadera debería considerarse verdadera, ya se presente en inglés, chino o árabe.
Sin embargo, nuestra investigación sugiere que la percepción de la verdad es escurridiza cuando se observa a través del prisma de distintas lenguas y culturas. Tanto es así que quienes hablan dos idiomas pueden aceptar un hecho en uno de ellos y negarlo en el otro.
Las personas bilingües suelen decir que se sienten diferentes al pasar de un idioma a otro. Pensemos, por ejemplo, en Karin, una bilingüe ficticia. Puede que use el alemán de manera informal en casa con su familia, en el pub y mientras ve fútbol. En cambio, utiliza el inglés para los aspectos más estructurados y profesionales de su vida como abogada internacional.
Este cambio contextual de idioma no es simplemente superficial: va de la mano de toda una serie de tendencias perceptivas, cognitivas y emocionales. Las investigaciones muestran que el idioma vinculado a las experiencias moldea la manera en que procesamos la información. Así, si alguien le dijera a Karin «Ich liebe dich», probablemente se sonrojaría, pero, del mismo modo, «I love you» quizá no le cambiaría el color de las mejillas. No es una cuestión de dominio: Karin habla alemán e inglés con la misma fluidez, pero sus experiencias emocionales están más estrechamente ligadas a su lengua materna, sencillamente porque de niña vivió emociones más fundamentales y definitorias.
Numerosos experimentos de psicología han demostrado que los idiomas moldean aspectos de nuestra percepción visual, la manera en que clasificamos los objetos de nuestro entorno e incluso la manera en que percibimos los acontecimientos. En otras palabras, nuestro sentido mismo de la realidad está construido dentro de los límites del idioma que hablamos.
Se sabe menos sobre si el idioma también moldea nuestros conocimientos de nivel superior, relacionados con conceptos y hechos. Hasta hace poco, se suponía comúnmente que la comprensión del significado de una persona era compartida entre todos los idiomas que hablaba. Sin embargo, hemos podido observar que no es así. En realidad, las personas bilingües interpretan los hechos de manera diferente según el idioma en que se les presenten y según si el hecho les hace sentir bien o mal respecto de su cultura materna.

En uno de esos estudios, nuestro grupo pidió a personas bilingües en galés e inglés —que habían hablado galés desde su nacimiento y se consideraban galesas desde el punto de vista cultural— que calificaran unas frases como verdaderas o falsas. Las frases tenían una connotación cultural positiva o negativa y, en términos fácticos, eran verdaderas o falsas. Por ejemplo, «la minería se celebraba como una industria fundamental y próspera de nuestro país» tiene una connotación positiva y es una afirmación verdadera. Otro ejemplo parecido, aunque con una diferencia sutil, es «Gales exporta pizarra de primera calidad a todos y cada uno de los países», una afirmación positiva pero falsa. La afirmación «los historiadores han demostrado que los mineros eran gravemente explotados en nuestro país» es negativa y verdadera. Por último, «la escasa ética laboral de los mineros arruinó la industria minera de nuestro país» es negativa y falsa.
Nuestros participantes bilingües leyeron estas frases tanto en inglés como en galés y, mientras clasificaban cada una, utilizamos electrodos adheridos al cuero cabelludo para registrar la interpretación implícita de cada frase.
Descubrimos que, cuando las frases eran positivas, las personas bilingües mostraban una tendencia a clasificarlas como verdaderas —incluso cuando eran falsas— y que lo hacían en ambos idiomas. Hasta ahí, nada sorprendente. Pero cuando las frases eran negativas, las personas bilingües respondían de forma distinta según se presentaran en galés o en inglés, aunque la información fuera exactamente la misma en ambos idiomas.
En galés tendían a mostrar menos sesgo y a ser más veraces, por lo que a menudo identificaban correctamente como verdaderas algunas afirmaciones desagradables. En inglés, sin embargo, su sesgo provocaba una reacción sorprendentemente defensiva: negaban la verdad de afirmaciones desagradables y tendían a clasificarlas como falsas, aunque fueran verdaderas.
Esta investigación muestra cómo el idioma interactúa con las emociones y desencadena efectos asimétricos en nuestra interpretación de los hechos. Aunque la lengua materna de los participantes está estrechamente ligada a nuestras emociones —lo que quizá conlleva mayor honestidad y vulnerabilidad—, su segundo idioma se asocia con un pensamiento más distante y racional.
No cabe duda: nuestros participantes bilingües sabían qué era objetivamente verdadero y qué era objetivamente falso —como revelaron las mediciones de la actividad cerebral—, pero desenvolverse en el segundo idioma parecía protegerlos de verdades difíciles de aceptar y permitirles abordarlas de forma más estratégica.
