Existen muchas reglas no escritas de la interacción humana: si mirar o no a los ojos, la firmeza del apretón de manos, sonreír o las palabras de saludo. Detalles como estos pueden dar lugar a grandes juicios sobre la fiabilidad o la aceptación social.
¿Y si pudiéramos usar este tipo de comportamiento para ayudar a las personas y los robots a interactuar? Hemos estado explorando un futuro en el que los espacios públicos están habitados tanto por personas como por robots con conciencia social. Podrían ser robots autónomos o actuar como avatares de personas que participan al conectarse al robot desde lejos. En cualquiera de los dos casos, que las interacciones sociales avancen sin tropiezos dependerá de los juicios que surjan.
El acto simbólico de estrecharse la mano al comienzo de una conversación ya ha demostrado propiciar una mayor cooperación y confianza entre personas que interactúan cara a cara. Aunque esto se debe en parte a las normas sociales esperadas, el apretón de manos también es una forma de contacto socialmente aceptable. Numerosos estudios psicológicos realizados a lo largo de los años han demostrado que el contacto físico, aunque sea fugaz, puede tener efectos prosociales importantes. Por ejemplo, el efecto Midas, por el que las camareras que tocan brevemente a sus clientes, incluso cuando estos no recuerdan conscientemente que se haya producido el contacto, reciben propinas más altas.
Debates sobre robots
Queríamos comprobar si el mismo efecto se da entre las personas y los robots, o, en este caso, entre una persona y un avatar robótico que la representa. Organizamos un experimento en el que se invitó a dos participantes a asumir el papel de agentes que negociaban la venta de un terreno. Un aspecto clave del procedimiento era que el comprador conocía información adicional importante que revelaba que se podía obtener más beneficio de la venta del terreno, y podía decidir si quería aprovechar esa ventaja. Medimos el grado de cooperación entre el comprador y el vendedor mediante el reparto final de los beneficios acordado por ambos; un reparto al 50/50 era el mejor resultado posible.
Los participantes no se conocieron en persona antes del experimento. En cada una de las 60 sesiones, uno de ellos desempeñó su papel a distancia, por medio de una computadora, y utilizó un robot humanoide Nao de Aldebaran Robotics como representante físico. Gracias a la cámara integrada en la cabeza de Nao, el micrófono y los altavoces, podía ver y oír a la otra persona, que podía oírle, pero no verle ni ver ninguna imagen suya.
El mismo número de compradores y vendedores se comunicó a través del robot. La sabiduría convencional sugeriría que los compradores, al negociar desde una posición de poder mientras permanecían fuera de la vista y posiblemente a miles de kilómetros de distancia, tendrían más probabilidades de aprovechar su ventaja táctica.
¿Trato hecho o no?
Para estudiar qué efecto tenía estrecharse la mano al inicio de la negociación en la cooperación de las partes, comenzamos el mismo número de negociaciones con un apretón de manos y sin él. Para ello, el negociador a distancia extendía el brazo del robot mediante un control de mano; podía ver cómo el brazo del robot se extendía y su contraparte lo estrechaba. Los sensores táctiles de la mano del robot transmitían una señal cuando alguien la estrechaba, lo que hacía vibrar simultáneamente el control de la mano del negociador a distancia y creaba entre ambos una sutil sensación de conexión.
Descubrimos que, tanto si el negociador con más poder (el comprador) estaba presente a distancia como si no, el apretón de manos aumentaba significativamente la cooperación entre los negociadores y daba lugar a un acuerdo más justo. En la práctica, esto significaba que, incluso cuando el comprador no revelaba su ventaja táctica al vendedor, aceptaba una cifra de acuerdo inferior a la que habría obtenido si hubiera actuado únicamente en su propio interés.
Y, pese a que el negociador presente en persona no podía ver nada del negociador a distancia —ni su rostro ni una imagen de él—, el uso de un robot como representante no parecía afectar el grado de confianza que se generaba durante las negociaciones ni el grado en que los negociadores afirmaban haber intentado engañar deliberadamente a la otra persona.
Esto es interesante porque demuestra que el acto de estrecharse la mano, incluso a través de un robot, compensa en cierta medida la pérdida de señales visuales e información sobre las intenciones que normalmente se obtendrían del rostro, pero que en este caso no están presentes.
Sin duda, esto sugiere que los diseñadores de robots deben considerar más a fondo el efecto de estos gestos y permitirlos en sus diseños.
Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lea el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Chris Bevan es investigador asociado en la Universidad de Bath. Danaë Stanton Fraser es profesora de Interacción Persona-Computadora en la Universidad de Bath.
Imagen: Un hombre estrecha la mano de una prótesis robótica. REUTERS/Rick Wilking.

