Por qué el futuro de las aplicaciones es un misterio

Por qué el futuro de las aplicaciones es un misterio
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Puede resultar difícil de creer, pero el primer iPhone salió al mundo hace menos de 10 años.

Se anunció en enero de 2007, se expuso en una vitrina de cristal rodeado de fervientes admiradores y, en junio de ese mismo año, lo lanzó el entonces consejero delegado de Apple, Steve Jobs.

Cuando se lanzó, el iPhone ya se consideraba que había provocado un cambio importante en la industria de la telefonía móvil (sobre todo por parte de la propia Apple), pero en los ocho años transcurridos desde esta presentación, el teléfono inteligente y el mercado de aplicaciones han evolucionado y cambiado de maneras que habría sido difícil imaginar en 2007.

Todo empezó con la web

Cuando se presentó el iPhone, Jobs lo describió como «tres cosas»: un iPod de pantalla ancha con controles táctiles; un teléfono; y un innovador dispositivo de comunicación por internet.

Curiosamente, en esa descripción no se mencionó en ningún momento las aplicaciones. Esto no debería sorprender si se tiene en cuenta que, antes de 2007, la palabra «app» era prácticamente desconocida en los teléfonos.

En su lugar, Apple presentó una interfaz de aplicaciones web que permitía a los desarrolladores crear páginas web dinámicas que podían fijarse en la pantalla de inicio del teléfono: eran aplicaciones, pero no en el sentido moderno.

El modelo de aplicaciones web permitió a Apple mantener el control de su dispositivo, pero también implicó que los desarrolladores tuvieran un acceso limitado a las funciones nativas del teléfono.

Explosión de aplicaciones

Para el año siguiente ya estaba claro que necesitaríamos algo más que las aplicaciones web para aprovechar plenamente el potencial de este nuevo dispositivo. Así, en 2008, con gran expectación (como era habitual en Apple), Steve Jobs subió al escenario y presentó el nuevo iPhone 3G, que incluía un kit de desarrollo de software (SDK) para desarrolladores.

También se incluyó la App Store, que permitía a los desarrolladores de aplicaciones subir sus aplicaciones y venderlas a los consumidores, siempre que estuvieran dispuestos a ceder a Apple un 30 % de los ingresos.

Así nació la «economía de las aplicaciones», una nueva forma de que los desarrolladores ganaran dinero que pronto se convirtió en una «fiebre del oro», con Apple anunciando a principios de 2015 que los desarrolladores de aplicaciones habían cobrado hasta la fecha más de 25 000 millones de dólares estadounidenses por sus aplicaciones (y esa cifra es después de descontar la comisión de Apple!).

Cuando la tienda de aplicaciones se lanzó en 2008 con 500 aplicaciones, ¿quién podría haber previsto que en 2015 la «economía de las aplicaciones» ayudaría a generar 627 000 empleos solo en Estados Unidos, y que la tienda de aplicaciones llegaría a contener más de 1,4 millones de aplicaciones repartidas en 24 categorías. Hay aplicaciones de banca, compras, salud y fitness y, por supuesto, muchísimos juegos.

El centro de una red de área personal

La economía de las aplicaciones estaba en pleno auge, pero no tardó en que los fabricantes se dieran cuenta de que no solo querían controlar su teléfono, sino también otros dispositivos. Y podían usar su teléfono inteligente como centro neurálgico para comunicarse con estos dispositivos.

Empezó con la conexión Bluetooth al automóvil y la posibilidad de controlar la televisión de forma inalámbrica. Pero con la explosión del Internet de las cosas, de repente, cualquier dispositivo, desde el frigorífico hasta las plantas de interior, podía comunicarse con su teléfono.

Además, la red se extendió rápidamente a dispositivos periféricos que se comunicaban con su teléfono, pero que no servían de nada sin él. Desde la pulsera de actividad Fitbit hasta la conexión para guitarra iRig, y hasta el monitor de frecuencia cardíaca Bluetooth, con lo que su teléfono y las aplicaciones que contiene podían funcionar no solo dentro de los límites del dispositivo, sino en todo su entorno.

Quizá el ejemplo más revelador de ello sea que, precisamente este año, Apple lanzó su propio accesorio para el iPhone: el Apple Watch. Con él se inauguró una nueva categoría de dispositivos que era el «dispositivo más personal» de Apple hasta el momento.

Por fin se reconoció la red de área personal habilitada por el teléfono inteligente, con más de 8500 aplicaciones en el lanzamiento del Apple Watch.

Una nueva realidad con su teléfono en el centro

Es evidente que los teléfonos inteligentes ocupan una parte cada vez mayor de nuestra vida, con aplicaciones que complementan muchas de nuestras actividades. Existe una gran cantidad de dispositivos conectados, e incluso modificaciones, que permiten mejorar nuestro mundo físico mediante la realidad aumentada y la realidad virtual, que se prevé que sea una industria de 150 000 millones de dólares estadounidenses de aquí a 2020.

Quizá este sea el futuro del teléfono móvil. Pero quizá no. Después de todo, ¿alguien habría previsto en 2007 que en 2015 yo podría conectar un monitor de frecuencia cardíaca directamente a mi teléfono, sentarme y usarlo como pantalla de cine virtual, y a la vez consultar mi feed de Facebook a través del reloj?

Incluso Steve Jobs quizá habría tenido dificultades para predecirlo. Así que quién sabe qué nos deparará el futuro al acercarnos al décimo aniversario del teléfono inteligente y de la aplicación, salvo saber que estará muy, muy conectado.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial suscriba las opiniones expresadas.

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Autores: Michael Cowling es Senior Lecturer y responsable de la disciplina de Computación Móvil y Aplicaciones en la Central Queensland University. James Birt es Assistant Professor de Medios Interactivos y Diseño en la Bond University.

Imagen: Unos hombres se recortan en siluetas contra una pantalla de vídeo mientras posan con los teléfonos inteligentes Samsung Galaxy S3, Nokia Lumia 820 y iPhone 4 (de derecha a izquierda) en esta ilustración fotográfica tomada en la ciudad bosnia de Zenica, el 17 de mayo de 2013. REUTERS/Dado Ruvic.

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