Por qué los docentes deben elegir la tecnología para el aula

Por qué los docentes deben elegir la tecnología para el aula
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El responsable de educación estatal de la provincia más rica de Sudáfrica no tiene tiempo para los accesorios anticuados de las aulas. En enero, Panyaza Lesufi, responsable de la cartera de educación de la provincia de Gauteng, dijo a los periodistas en la escuela secundaria Boitumelong, a las afueras de Johannesburgo:

Estoy firmando la sentencia de muerte de la tiza, el borrador y la pizarra en Gauteng. Avanzamos con los tiempos y pasamos a cosas mejores.

Lesufi estaba en la escuela para promover el proyecto piloto Big Switch On , en el que se entregan tabletas con libros de texto a los alumnos y las escuelas reciben pizarras interactivas. «Nunca me acusarán de no entregar los libros de texto», dijo. «Ahora me acusarán de no descargarlos».

Pero ¿realmente vale la pena poner tecnología a disposición de las escuelas sin adaptar los planes de estudio ni los métodos de enseñanza a una plataforma digital?

El problema de copiar y pegar

Según John Hedberg, del Australian Centre for Educational Studies, el aprendizaje electrónico solo puede tener éxito si se produce un «cambio revolucionario que abandone la reproducción de las prácticas de enseñanza tradicionales basadas en el aula».

En el centro de la crítica de Hedberg está la idea del esqueuomorfismo: conservar la forma de lo antiguo, pero descartar su función. Pensemos en las cámaras de los teléfonos inteligentes que hacen «clic» como una cámara DSLR o en las páginas de un lector de libros electrónicos que se «doblan» al pasar, igual que las de un libro de papel. Gracias a la estrella de Hollywood Tom Hanks, incluso puedes hacer que el teclado de tu portátil suene como una anticuada y pintoresca máquina de escribir.

Gigantes tecnológicos como Apple, Google y Microsoft han recurrido al diseño esqueuomórfico para suavizar la transición de las tecnologías antiguas a las nuevas.

Estas características no tienen ningún valor funcional, pero su parecido con las formas del pasado brinda a los usuarios una sensación de comodidad y familiaridad.

Las tabletas y las pizarras interactivas no harán que los alumnos sean más inteligentes por arte de magia, a menos que los docentes sepan utilizar los dispositivos correctamente y de una manera que fomente el aprendizaje. Cuando Brandon Martinez y sus colegas de la University of Southern California empezaron a capacitar a los docentes para usar tecnología educativa, buscaron inspiración en la industria aeronáutica. Al escribir sobre sus experiencias, Martinez dijo:

Para mejorar las habilidades de los instructores, tomamos prestada una técnica de la formación de pilotos de aerolínea: los simuladores. Enseñar en un aula virtual requiere conocer los fundamentos de la tecnología y estar preparado para adaptarse… Nos observábamos mutuamente al enseñar y practicábamos nuevos enfoques, poniendo a prueba qué despertaba el interés de los estudiantes.

Un caso de éxito

En 2011, la escuela secundaria Clintondale, en Michigan, se convirtió en el ejemplo emblemático mundial de las aulas «invertidas». Es un ejemplo fascinante de cómo la tecnología educativa puede cambiar la enseñanza y el aprendizaje si se utiliza correctamente y no se convierte simplemente en un sustituto de copiar y pegar los métodos antiguos.

El aula invertida invierte los métodos de enseñanza tradicionales. Las «clases magistrales» tienen lugar fuera del horario escolar, normalmente en casa: los estudiantes ven vídeos didácticos a su propio ritmo.

Durante las horas de clase, se proponen a los estudiantes actividades que les ayudan a interactuar con los conceptos. En vez de limitarse a ponerse delante de la clase y leer un libro de texto o una tableta —lo que algunos teóricos llaman el modelo del «sabio en el escenario»—, los docentes se convierten en «guías a un lado», disponibles para responder preguntas y dirigir debates.

La combinación de nuevas tecnologías y métodos de enseñanza radicalmente distintos de la escuela secundaria Clintondale ha elevado sus tasas de aprobados, mejorado la disciplina y permitido que más estudiantes consigan plaza en la universidad.

El auge de la tecnología educativa no se limita al mundo desarrollado. Está creciendo rápidamente en países como India y Brasil. Si los docentes conocen nuevos enfoques digitales de enseñanza y disponen de espacio para experimentar con la tecnología, podemos empezar a formar a toda una nueva generación de alumnos: personas que piensan y crean, en lugar de limitarse a sentarse en las aulas esperando que les digan qué deben hacer o saber.

Cómo evitar el síndrome del elefante blanco

En agosto de 2013, el Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles puso en marcha un proyecto de 1.000 millones de dólares estadounidenses para convertir sus escuelas en centros de alta tecnología. Un mes después, las autoridades descubrieron que casi 300 estudiantes de una escuela secundaria habían vulnerado la seguridad y utilizaban los iPads entregados por el distrito para navegar por Internet en vez de estudiar.

Después, en abril de 2015, se supo que un currículo digital desarrollado por las editoriales Pearson y cargado en los iPads de los alumnos como parte del ambicioso proyecto del distrito era simplemente «inutilizable». Los críticos se quejaron de que el proyecto había pasado de la concepción a la ejecución demasiado rápido y sin una planificación adecuada.

¿Por qué no probaron la tecnología de antemano los docentes que debían usarla cada día? Puede que las empresas tecnológicas entiendan el funcionamiento de sus productos, pero son los docentes quienes entienden la enseñanza y quienes deben participar para que esos productos sean algo más que elefantes blancos electrónicos en el aula.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lee el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Craig Blewett es profesor titular de Educación y Tecnología en la University of KwaZulu-Natal.

Imagen: Estudiantes toman apuntes en sus iPads en la escuela Steve Jobs de Sneek. REUTERS/Michael Kooren

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