Cuando los primeros huéspedes lleguen al Hotel Henn Na de Nagasaki en julio de este año, serán recibidos y atendidos por robots. En una iniciativa similar, el androide de Toshiba Aiko desempeñó recientemente un puesto temporal recibiendo a clientes en unos grandes almacenes de Tokio. Los clientes se sentían cómodos acercándose a Aiko para pedir indicaciones, e incluso la recepcionista que normalmente ocupa el puesto consideró que su colega androide hacía un trabajo razonable.
No cabe duda de que los avances en la tecnología de androides hacen que los robots tengan ahora un aspecto más realista que nunca. Incluso es posible imaginar que se confunda un robot como Aiko con una persona, al menos a primera vista. Sin embargo, encontrarse con agentes casi humanos no siempre resulta cómodo.
Hotel Henn Na afirma que busca explorar los elementos que «personifican» los hoteles y recrearlos mediante entidades con aspecto humano. La gran pregunta es cómo interactúan las personas con robots como Aiko, que tienen apariencia humana. Este tipo de interacciones requiere mucho más que un robot con un rostro aparentemente humano.
Nuestra investigación en la Open University ha examinado aspectos de cómo sería encontrarse en una situación similar a la interacción con un robot recepcionista. Se pregunta si las características de la apariencia y el comportamiento de un robot recepcionista pueden hacernos sentir cómodos o, por el contrario, muy incómodos. Nuestro trabajo sobre el llamado efecto del valle inquietante también indica que un aspecto clave de estas interacciones será la capacidad del robot para reproducir y transmitir emociones realistas, en particular mediante sus expresiones faciales.
El efecto del valle inquietante describe una relación ya conocida entre el grado en que un robot parece «humano» y la comodidad que sienten las personas al interactuar con él. Hay un punto en el que algo puede parecer demasiado humano para resultar cómodo, y nuestra investigación ha explorado algunas explicaciones de por qué podría ocurrir. Durante mucho tiempo, la investigación en este campo se centró principalmente en los aspectos prácticos de la apariencia de los agentes casi humanos y en las técnicas que podrían hacerlos parecer más realistas y suficientemente aceptables como para superar este valle inquietante.
En nuestra investigación inicial observamos que algunos de los agentes casi humanos más inquietantes y perturbadores tenían rasgos exagerados, como una muñeca «monísima» con ojos oscuros, grandes y vacíos. A partir de la idea de los rasgos faciales perturbadores, nuestra investigación más reciente analizó el papel de las emociones en el efecto del valle inquietante y examinó si esa sensación de inquietud podría deberse a que esos rostros casi humanos son incapaces de mostrar expresiones emocionales realistas.
La mayor parte de la investigación en este campo ha examinado cómo hacer que los rostros artificiales parezcan más humanos, pero nosotros analizamos cómo incluso los rostros humanos pueden resultar inquietantes en determinadas condiciones. Hemos descubierto que, al combinar partes de fotografías de rostros que expresaban emociones, ciertas combinaciones provocaban una sensación de inquietud. El efecto era especialmente intenso cuando se emparejaban bocas sonrientes con ojos asustados o enfadados.
En otras palabras, encontrarse con un rostro cuya boca sonríe claramente, pero cuyos ojos no reflejan la misma emoción, puede resultar bastante perturbador. Por tanto, si el rostro de un robot no puede mostrar emociones con precisión y de forma adecuada, tal como lo haría una persona, quien lo observe podría experimentar una marcada sensación de desasosiego.
Así que pasará mucho tiempo antes de que los robots sustituyan a los recepcionistas humanos. Aunque el diseño de los rostros robóticos ya permite hacer que parezcan humanos, los robots necesitarán mejores capacidades para poder mantener interacciones emocionales convincentes.
Crear agentes casi humanos capaces de representar expresiones emocionales verdaderamente creíbles plantea un desafío tecnológico sumamente complejo. Así, aunque esta tensión entre apariencia e interacción emocional pueda mantener actualmente a los robots en el valle inquietante, también podría ofrecer una salida.
Una alternativa sería que los diseñadores de robots evitaran intentar imitar demasiado de cerca los rostros humanos hasta que la tecnología avanzara lo suficiente como para representar sus sentimientos de forma realista. De lo contrario, su aspecto humano elevaría nuestras expectativas sobre sus emociones, que luego su capacidad expresiva no podría satisfacer. Optar por crear robots de apariencia menos humana podría evitar una carrera constante en la que cuanto más humanos parezcan los robots, más convincentes deban ser sus capacidades emocionales, y ofrecer así una vía para salir del valle inquietante.
Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lea el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autora: Stephanie Lay es candidata a doctorado en The Open University. Graham Pike es profesor de cognición forense en The Open University.
Imagen: Un miembro del personal habla con un robot humanoide llamado Han, desarrollado por Hanson Robotics. REUTERS/Tyrone Siu.

