¿Por qué cuesta tanto decir que no?

¿Por qué cuesta tanto decir que no?
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Nelson es gerente de marketing de nivel intermedio. Debe responder ante muchas personas. Por desgracia, no sabe decirle que no a nadie. Su lista de tareas es interminable, y la gente se está cansando de que pida prórrogas. Quisieran que fuera sincero sobre su agenda ya ocupada.

La historia de Nelson es común en las organizaciones. ¿Con qué frecuencia te han venido a la mente las siguientes justificaciones cuando te enfrentas a una decisión de sí o no en el trabajo?

  1. «No quiero dañar la relación».

  2. «No quiero enfrentar el conflicto que resultaría de decir que no».

  3. «Cuentan conmigo. No puedo defraudarlos».

Esta forma de pensar puede conducir al fracaso. La mentalidad de «no puedo decir que no» no es sostenible y, en última instancia, no favorece los intereses de nadie. Lo que sí funciona es encontrar nuevos criterios para priorizar la energía y la experiencia, en lugar de limitarse a complacer a los demás.

En el caso de Nelson, su carrera ha llegado a lo que llamo la División Decisiva. No puede seguir cumpliendo bien con todo aquello a lo que se compromete y, al mismo tiempo, completar eficazmente sus propios objetivos. Y eso sin mencionar las consecuencias personales de su obsesión por decir que sí: pérdida de sueño relacionada con el estrés, aumento de peso, enfermedades y relaciones tensas.

Irónicamente, el estrés que cree que experimentará si dice que no ni siquiera se compara con el desgaste que le causa decir que sí. Pero ¿por qué no puede reconocer y cambiar su patrón?

Obstáculos a los hábitos de complacer a los demás

Hay tres razones que nos impiden hacer lo que más nos conviene a largo plazo:

  1. Ambición. Queremos tener éxito, sea cual sea nuestra definición. Creemos que nuestra idea del éxito nos hará felices o nos dará satisfacción. Lo hacemos incluso en detrimento de la salud, la armonía familiar o las amistades.

  2. Aversión al cambio. Nelson es consciente de que algo tiene que cambiar. La carga emocional negativa asociada a modificar los hábitos es más fuerte que la posible carga emocional positiva de cambiar. Los hábitos quedan grabados en el cerebro como surcos neurológicos, por lo que hace falta un esfuerzo deliberado y meditado para que los cambios perduren.

  3. Puntos ciegos, también conocidos como sesgos. A menudo no sabemos que nuestra mente participa activamente en mantenernos estancados y, por tanto, contribuye a las justificaciones que causan el estancamiento.

Prueba estos pasos para superar los obstáculos a la hora de decir que no:

  • Sé realista. Toma distancia de tus hábitos mentales y emocionales. Mírate desde otra perspectiva. (Esto suele ocurrir de forma natural. ¿Alguna vez tu cónyuge, tus hijos o tu jefe te han dicho que lo que haces no está funcionando?)

  • Prioriza lo esencial. Averigua qué merece tus mejores esfuerzos en tu lista de tareas, no qué haría felices a los demás.

  • Reflexiona sobre ti mismo. Presta atención a tu cuerpo, tus emociones y tus sensaciones para saber qué es lo correcto. Esta pausa requiere tranquilidad y serenidad mental, lo que significa aprender a detener la avalancha mental de pensamientos y planes.

Este artículo se publica en colaboración con LinkedIn. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Elad Levinson es consultor sénior de eficacia organizativa en 4128Associates.

Imagen: Un hombre se siente sobrecargado de trabajo en su oficina. REUTERS/Kai Pfaffenbach

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