La forma de entender la felicidad está cambiando. Cada vez más investigaciones concluyen que no podemos comprar la felicidad. El aumento de los ingresos no conduce necesariamente a una mayor felicidad. Incluso en un país como China, los ingresos medios se han cuadruplicado desde la década de 1990, mientras que la satisfacción con la vida ha disminuido durante el mismo periodo.
Las investigaciones también concluyen que la felicidad es menos una cuestión individual y más una empresa colectiva. La calidad de nuestras relaciones con los demás es fundamental. Entre los demás están quienes tenemos más cerca (nuestra familia inmediata y nuestros amigos), así como quienes no conocemos, pero con quienes conformamos una sociedad.
En un mundo cuyo clima está cambiando, esta comprensión relacional de la felicidad también debe extenderse a nuestra relación con el planeta del que depende nuestra supervivencia.
El cambio en la forma de entender la felicidad difícilmente podría resumirse mejor que en las palabras del primer ministro electo de Bután en 2008:
Sabemos que no puede haber una felicidad verdadera y duradera mientras otros sufran, y que solo se alcanza sirviendo a los demás, viviendo en armonía con la naturaleza y haciendo realidad nuestra sabiduría innata y la verdadera y brillante naturaleza de nuestra propia mente.
En nuestra investigación sobre economías para las personas y el medio ambiente, nos hemos centrado en nuestras relaciones con los demás. Por eso, en lugar de hablar de felicidad, hablamos de «vivir bien en conjunto». La idea de supervivencia podría parecer demasiado vinculada a la suficiencia material, pero para nosotros reformula nuestra visión antropocéntrica del mundo y sitúa a los seres humanos como parte de la red de la vida en la Tierra.
Vivir bien en conjunto significa tener en cuenta no solo nuestra felicidad y bienestar individuales, sino también la felicidad y el bienestar de los demás y del planeta en que vivimos.
Vivir bien en conjunto significa considerar cómo vivimos en distintos ámbitos.
Los cinco elementos del bienestar
Un punto de partida es nuestro propio bienestar. En consonancia con las investigaciones sobre la felicidad, el bienestar no consiste en la riqueza material. En un estudio exhaustivo de personas de más de 150 países, Tom Rath y Jim Harter concluyeron que hay cinco elementos esenciales para el bienestar:
El bienestar consiste en la combinación del amor por lo que hacemos cada día, la calidad de nuestras relaciones, la seguridad de nuestras finanzas, el vigor de nuestra salud física y el orgullo que sentimos por lo que hemos aportado a nuestras comunidades. Y, sobre todo, en cómo interactúan estos cinco elementos.
Esta definición puede ayudarnos a pensar en qué hacemos con nuestro tiempo. ¿Lo dedicamos a cultivar todos los elementos de nuestro bienestar? ¿Trabajamos en exceso en detrimento de nuestras relaciones, nuestra salud física y nuestras contribuciones a la comunidad?
Quienes reducen su jornada laboral son un grupo de personas que se toman en serio estas preguntas. Reducen su trabajo remunerado para tener más tiempo para otros tipos de «trabajo»: cuidar sus relaciones, comunidades y entornos. Algunas personas que cambian la ciudad por la costa o por el campo también están experimentando con formas de vivir bien mediante una mudanza a zonas con viviendas más baratas y trayectos más cortos al trabajo.
No todos tenemos estas opciones para vivir bien (o lo que a veces se llama despectivamente «opciones de estilo de vida»). Vivir bien también consiste en vivir bien en conjunto, garantizando que haya apoyos sociales para todos —como atención sanitaria digna y asequible, educación, transporte público y vivienda—, condiciones de trabajo seguras, horarios razonables y empleos con una remuneración justa.
Con estas condiciones establecidas, podemos empezar a crear sociedades en las que todos tengan la oportunidad de alcanzar los cinco elementos del bienestar.
Al mismo tiempo, es importante no olvidar lo que la fallecida filósofa medioambiental Val Plumwood describió como:
… los numerosos lugares ignorados y ocultos que proporcionan nuestro sustento material y ecológico.
A medida que se agravan las crisis climáticas, resulta cada vez más evidente y apremiante la importancia de cuidar nuestros apoyos ecológicos. Por desgracia, a menudo hacen falta sucesos trágicos como el derrumbe de la fábrica Rana Plaza en Bangladesh para recordarnos a las personas cuyo trabajo en lugares ocultos proporciona nuestro sustento material.
Podemos tomar medidas individuales para cuidar nuestro propio bienestar e insistir en que nuestros gobiernos proporcionen apoyos sociales para todos. Asimismo, en un mundo interconectado, podemos tomar medidas individuales para cambiar nuestra relación con los lugares ocultos, considerando qué consumimos y en qué cantidad, a la vez que presionamos a gobiernos y empresas y apoyamos la labor de las organizaciones de derechos laborales y medioambientales.
Avanzar hacia una sensibilidad alternativa
Con el cambio en la forma de entender la felicidad, se han desarrollado diversos indicadores e índices para reflejar con mayor precisión el bienestar de las naciones. Entre ellos figuran la medida de Felicidad Nacional Bruta concebida y utilizada por el Gobierno butanés; el Indicador de Progreso Genuino adoptado en Estados Unidos por los estados de Maryland en 2010 y Vermont en 2012; y el Informe Mundial sobre la Felicidad, elaborado por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.
De distintas maneras, estas medidas desvinculan el dinero de la felicidad y reconocen que esta es una búsqueda colectiva, no individual. Su desventaja es que reducen la situación de una nación a una sola medida y conducen a la inevitable clasificación de las naciones. Tienen una capacidad limitada para generar lo que el sociólogo John Law llama «una sensibilidad alternativa» que reconozca la complejidad de cada contexto.
Nos ha interesado el potencial de lo que llamamos «métricas relacionales». Son herramientas como un reloj de 24 horas, que las personas pueden usar para registrar cómo emplean su tiempo y evaluar si lo dedican de maneras que favorecen o socavan su capacidad de vivir bien. O las calculadoras de huella ecológica, que permiten evaluar el impacto de la propia vida en el bienestar del planeta. O la Lista de verificación de interconexión ética, que permite considerar los lugares ocultos que son parte integral de nuestra forma de vivir bien.
Son herramientas prácticas como estas las que podrían ayudarnos a pasar de la búsqueda de la felicidad a la búsqueda de vivir bien en conjunto.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para mantenerse al día con la Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autores: Katherine Gibson es profesora de Geografía Económica en el Instituto de Cultura y Sociedad de la Universidad de Western Sydney. Jenny Cameron es profesora asociada de la Escuela de Ciencias Ambientales y de la Vida de la Universidad de Newcastle, Australia. Stephen Healy es investigador sénior del Instituto de Cultura y Sociedad de la Universidad de Western Sydney.
Imagen: Una operadora bursátil reacciona mientras está sentada frente a su terminal de negociación en la bolsa de Fráncfort, el 13 de octubre de 2008. REUTERS/Kai Pfaffenbach (ALEMANIA) –

