Por qué fracasar en la ciencia real es positivo

Por qué fracasar en la ciencia real es positivo
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El pasado marzo, la colaboración BICEP2 anunció que había utilizado un telescopio de microondas en el Polo Sur para detectar ondas gravitacionales primordiales. Estas minúsculas ondulaciones del espacio-tiempo serían la primera prueba de la teoría conocida como «inflación», una expansión asombrosamente rápida del universo en los instantes posteriores al Big Bang.

El resultado se anunció en un artículo, una rueda de prensa y un vídeo viral en el que el miembro de BICEP2 Chao-Lin Kuo visitaba en su casa al cosmólogo Andrei Linde, uno de los inventores de la inflación, con una botella de champán para celebrarlo.

La semana pasada se publicó un nuevo artículo que rectificaba el anuncio del pasado marzo. El equipo de BICEP2 se unió a sus rivales del experimento Planck de la Agencia Espacial Europea y descubrió que sus resultados estaban contaminados por polvo. La señal no es lo bastante intensa como para constituir una prueba de la inflación, por lo que la cosmología vuelve a su anterior estado de incertidumbre. En lugar de revolucionar nuestra comprensión, el resultado de BICEP2 no es más que el último de una larga serie de fracasos muy visibles.

¿La exageración perjudicó o ayudó a la ciencia?

Además de la decepción general, el nuevo anuncio ha suscitado un debate sobre si el equipo de BICEP2 hizo algo mal y, en tal caso, qué. Muchos comentaristas los critican por exagerar sus resultados ante los medios de comunicación antes de la revisión por pares. Algunos incluso sostienen que esto tiene consecuencias graves: el astrónomo Marcelo Gleiser afirma que el anuncio y su rectificación «perjudican a la ciencia porque atentan contra su integridad», y dan «munición» a quienes ponen en duda ámbitos de la ciencia con carga política.

Sin embargo, desde otra perspectiva, la historia de BICEP2 podría ser, de hecho, munición para quienes apoyan la ciencia. BICEP2 muestra cómo se hace correctamente la ciencia y facilita, en lugar de dificultar, la detección de los intentos pseudocientíficos de desacreditarla para obtener rédito político.

Solemos pensar en la ciencia como un conjunto de información esotérica, pero la ciencia se entiende mejor como un proceso para descubrir cómo funciona el universo. Los científicos observan el mundo, idean modelos para explicar sus observaciones, ponen a prueba esos modelos con nuevas observaciones y experimentos, y comunican los resultados entre sí. Este proceso nos resulta familiar y es universal: aparece en todo tipo de ámbitos, desde los libros de objetos ocultos hasta el deporte. Más importante aún, podemos reconocer el proceso incluso cuando no entendemos todos los detalles técnicos y utilizarlo para distinguir la ciencia real de las controversias falsas.

Cómo distinguir la ciencia real de las controversias falsas

Las controversias científicas reales son frecuentes y forman parte de la corriente principal. Otros científicos del campo cuestionaron públicamente los resultados de BICEP2 en cuestión de semanas y señalaron rápidamente el polvo como un posible problema. Aunque pocos participantes eran imparciales —la mayoría de las críticas procedían de científicos vinculados a los competidores de BICEP2 y de teóricos que prefieren alternativas a la inflación—, eran miembros activos y respetados de la comunidad.

Las controversias falsas, en cambio, suelen poder atribuirse a un puñado de detractores, a menudo ajenos a sus ámbitos de especialidad. Los cuestionamientos del consenso científico sobre el cambio climático proceden sobre todo de ingenieros y economistas, no de científicos en activo especializados en el clima, y suelen originarse en grupos de reflexión y organizaciones de presión, no en laboratorios universitarios de investigación. Los temores sobre las vacunas se remontan a un puñado de estudios completamente desacreditados y son avivados por políticos y celebridades, no por investigadores médicos.

Las controversias científicas reales se desarrollan en la literatura científica, mediante artículos que se basan en muchas otras fuentes de datos. A los pocos meses del anuncio original, se publicó un reanálisis detallado de los datos en el arXiv de física (el repositorio en línea que utilizan físicos y astrónomos para compartir sus resultados), con varios modelos alternativos que mostraban cómo el polvo podía explicar los resultados. Otros recurrieron a mediciones anteriores para demostrar que las afirmaciones de BICEP2 eran difíciles de conciliar con los datos existentes.

Las controversias falsas suelen desarrollarse en los medios de comunicación, mediante comunicados de prensa, discursos de campaña y textos polémicos que se vuelven a compartir en las redes sociales. Cuesta encontrar informes fiables procedentes de revistas científicas, incluso tras seguir largas cadenas de referencias.

Y, lo que es más importante, las controversias científicas reales se corrigen por sí mismas. El golpe de gracia a la hipótesis de las ondas gravitacionales fue un artículo conjunto de BICEP2 y Planck, que combinó sus datos para resolver la cuestión. El resultado final resulta profesionalmente embarazoso para los científicos que participaron en el anuncio original, pero estuvieron al frente de los esfuerzos por resolver la controversia porque, en la ciencia real, la reputación importa menos que la verdad.

Las controversias falsas, en cambio, no tienen fin: sus defensores se aferran obstinadamente a las mismas posturas año tras año. Aunque sus fuentes queden desacreditadas, sus conclusiones no cambian, porque a la pseudociencia le interesa menos la verdad que vender una conclusión.

Así pues, en lugar de debilitar el prestigio de la ciencia, la historia de BICEP2 debería reforzarlo. Aunque pocos podemos seguir todos los detalles técnicos de los que depende la controversia, todo el mundo debería poder comprender sus líneas generales. Al ofrecer un ejemplo claro de cómo se practica correctamente la ciencia real, la controversia sobre BICEP2 deja al descubierto que las controversias falsas motivadas políticamente son un fraude vacío.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Chad Orzel es profesor asociado de Física en Union College

Imagen: Christian LaVallee prepara soluciones para pruebas de reacción en cadena de la polimerasa (PCR) en la Agencia de Protección de la Salud, en el norte de Londres, el 9 de marzo de 2011. REUTERS.

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