La posibilidad de que algún día la inteligencia artificial (IA) avanzada se vuelva contra sus creadores humanos se ha planteado repetidamente en los últimos tiempos. El célebre físico Stephen Hawking, por ejemplo, sorprendido por la capacidad de su sistema de síntesis de voz recién actualizado para anticipar lo que intentaba decir, ha sugerido que, en el futuro, la IA podría superar la inteligencia humana y, en última instancia, provocar el fin de la humanidad.
Hawking no es el único preocupado por la IA superinteligente. Un número creciente de futurólogos, filósofos e investigadores de IA han expresado su preocupación por que la inteligencia artificial pueda dejar atrás a los humanos y superarlos en estrategia. En mi opinión, esto es poco probable, ya que los humanos siempre utilizarán una IA mejorada para mejorarse a sí mismos. Una IA malévola tendrá que superar no solo la capacidad intelectual humana en bruto, sino también la combinación de los humanos y cualquier tecnología de IA leal que podamos controlar: una combinación que vencerá a cualquiera de ellos por separado.
Clive Thompson explica en su libro Smarter Than You Think que, en el ajedrez de campeonato mundial, donde las IA superaron a los grandes maestros humanos hace algún tiempo, los mejores ajedrecistas del mundo no son humanos ni IA que trabajen por separado, sino equipos formados por humanos y computadoras.
Aunque no creo que superar la inteligencia humana en bruto (sin ayuda) vaya a desencadenar un apocalipsis, sí proporciona un punto de referencia interesante. Por desgracia, no hay consenso sobre cómo sabríamos que se ha alcanzado este punto.
Más allá de la prueba de Turing
Un punto de referencia establecido para la IA es la prueba de Turing, basada en un experimento mental descrito por el gran matemático y pionero de la IA Alan Turing, ya fallecido. La solución práctica de Turing a la pregunta «¿Puede pensar una máquina?» fue un juego de imitación, en el que el reto consiste en que una máquina converse sobre cualquier tema de forma lo bastante convincente como para que una persona no pueda distinguir si se comunica con un humano o con una máquina.
En 1991, el inventor Hugh Loebner instituyó un concurso anual, el Premio Loebner, para crear una IA —o lo que hoy llamaríamos un chatbot— capaz de superar la prueba de Turing. Ian Hocking, uno de los jueces del concurso de este año, informó en su blog de que, si los participantes representan nuestra mejor oportunidad de lograr una inteligencia similar a la humana, el éxito aún está a décadas de distancia: la IA solo puede igualar la punta del iceberg de la inteligencia humana.
Tampoco me impresiona demasiado la reciente afirmación de la Universidad de Reading de haber igualado la capacidad conversacional de un niño ucraniano de 13 años que habla inglés . Imitar la inteligencia infantil y la capacidad lingüística de un hablante no nativo dista mucho de cumplir todos los requisitos de la prueba de Turing.
De hecho, los sistemas de IA equipados con algoritmos de reconocimiento de patrones, en lugar de comprensión del lenguaje, llevan décadas emulando superficialmente la conversación humana. Por ejemplo, en la década de 1960, el programa Eliza lograba dar una impresión aceptable de psicoterapeuta. Eliza demostró que se puede engañar a algunas personas durante algún tiempo, pero el hecho de que nunca se haya ganado el premio de 25.000 dólares estadounidenses de Loebner demuestra que, cuando se realiza correctamente, la prueba de Turing es una medida exigente de la inteligencia de nivel humano.
Medir la creatividad artificial
Así pues, si aún no se puede superar la prueba de Turing, ¿hay aspectos de la inteligencia humana que la IA pueda recrear de forma más convincente? Una propuesta reciente de Mark Riedl, del Instituto Tecnológico de Georgia, en Estados Unidos, consiste en poner a prueba la capacidad creativa de la IA.
La prueba Lovelace 2.0 de Riedl exige que la IA cree un artefacto que se ajuste a un conjunto verosímil, pero arbitrariamente complejo, de restricciones de diseño. Las restricciones las establece un evaluador, que también juzga el resultado, y deben elegirse de modo que cumplirlas se considere una prueba de pensamiento creativo en una persona y, por extensión, en una IA.
Por ejemplo, el evaluador podría pedirle a la máquina que (según el ejemplo de Riedl) «cree una historia en la que un niño se enamora de una niña, unos extraterrestres secuestran al niño y la niña salva el mundo con ayuda de un gato parlante». Una diferencia crucial respecto de la prueba de Turing es que no comparamos el resultado de la máquina con el de una persona. La creatividad y, por implicación, la inteligencia son juzgadas por expertos. Riedl sugiere dejar de lado la estética y juzgar únicamente si el resultado cumple las restricciones. Así, si la máquina construye un relato de ciencia ficción adecuado en el que Jack, Jill y Bagpuss repelen a ET y salvan la Tierra, eso cuenta como aprobado, aunque el resultado sea algo poco original como obra de ficción infantil.
Me gusta la idea de poner a prueba la creatividad: hay talentos que sustentan el ingenio humano y que los desarrolladores de IA ni siquiera han empezado a comprender. Pero la esencia de la prueba de Riedl parece ser satisfacer restricciones, es decir, resolver problemas. Quizá sea un reto, pero no todo el mundo considera que eso sea creatividad. Y al eliminar el elemento competitivo del intercambio verbal de la prueba de Turing, la evaluación de Lovelace 2.0 queda demasiado sujeta a la opinión de quien la juzga.
Sorpresas por venir
Ada Lovelace, amiga de Charles Babbage y colaboradora en la invención de la computadora, a quien Riedl dedicó el nombre de su prueba, dijo célebremente que «la Máquina Analítica [la computadora de Babbage] no pretende originar nada. Puede hacer todo lo que sepamos ordenarle que haga». Este comentario refleja una opinión aún muy extendida: que el comportamiento de los programas informáticos es totalmente predecible y que solo la inteligencia humana es capaz de hacer cosas sorprendentes y, por tanto, creativas.
Sin embargo, en los últimos 50 años hemos aprendido que los programas informáticos complejos suelen mostrar propiedades «emergentes» que sus creadores no pretendían. Por tanto, hacer algo inesperado en el contexto de la prueba de Riedl quizá no baste para indicar un pensamiento original. La creatividad humana presenta otros rasgos distintivos que reflejan nuestra capacidad para descubrir relaciones entre ideas donde antes no veíamos ninguna. Esto puede ocurrir al traducir imágenes en palabras y luego de nuevo en imágenes; al reflexionar durante mucho tiempo sobre ideas sometidas a procesos subconscientes; o al intercambiar pensamientos entre las mentes de distintas personas mediante una conversación, de una manera que puede inspirar conceptos y hacer que adopten nuevas formas. Estamos lejos de poder hacer la mayoría de estas cosas con la IA.
Por ahora, creo que la IA tendrá más éxito cuando trabaje junto a los humanos, combinando nuestra capacidad de pensar de forma imaginativa con la capacidad de la computadora para almacenar, ofrecer precisión y operar con rapidez. Vale la pena seguir la evolución de la IA, pero pasará mucho tiempo antes de que estas pruebas demuestren algo más que lo mucho que aún le falta a la inteligencia de las máquinas para estar a nuestra altura.
Considerándolo todo, no creo que tengamos que apretar el botón del pánico todavía.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Tony Prescott es profesor de neurociencia cognitiva y director del Centro de Robótica de Sheffield de la Universidad de Sheffield
Imagen: Un competidor sostiene ante la cámara uno de sus robots futbolistas durante el torneo Robocup en Singapur, el 22 de junio de 2010. REUTERS/Vivek Prakash.

