Los estudios han demostrado que es más probable que los adultos estén de acuerdo con otra persona si esta suele estar de acuerdo con ellos.
Este «vínculo recíproco» es uno de los muchos factores que sopesamos para determinar si alguien es fiable o no.
Esta capacidad no es innata: se desarrolla durante la infancia, alrededor de los 10 años.
Estás en una reunión de trabajo, la sala está llena de gente, tu jefe parece enfadado y levantas la mano para proponer una idea. Cuando terminas, cae un silencio abrumador. Vaya, qué idea tan absurda, piensas. Entonces, al cabo de un momento, Thomas dice: «Sí, la verdad es que me parece un punto muy acertado. Estoy de acuerdo». Lo miras, cruzáis la mirada y sonríes. Acabas de crear un «vínculo recíproco» con Thomas.
Por eso, cuando él haga una sugerencia, lo apoyarás. Cuando exprese una opinión, será más probable que le des importancia o lo escuches con atención. Y funciona en ambos sentidos. Cuanto más apoyes a Thomas y estés de acuerdo con sus opiniones, más te devolverá el favor. Antes de que te des cuenta, Thomas y tú seréis inseparables.
Aunque hay mucha investigación sobre la influencia social de la reciprocidad en las relaciones entre adultos, hasta ahora se había estudiado poco cómo afecta a los niños, hasta que se publicó un informe de un equipo dirigido por Joshua Zonca en la revista Royal Society Open Science.
Vínculo recíprocos
La mayoría de los adultos, la mayor parte del tiempo, «aceptan consejos y aprenden de los demás para optimizar su comportamiento y sus decisiones». Como no siempre podemos resolver todos los problemas por nuestra cuenta ni podemos saber todo lo que hay que saber sobre una situación, nos apoyamos en los testimonios y la colaboración de otras personas para orientar nuestras decisiones. Todos contamos con un sistema de calibración muy afinado para determinar si los demás son fiables. Lo ideal sería que sopesáramos sus éxitos anteriores (por ejemplo: «Siempre me ha dado buenos consejos») o su experiencia en un contexto concreto (por ejemplo: «Es ingeniera, así que probablemente sepa cómo construir una casa»).
Sin embargo, con más frecuencia de la que quisiéramos, «[L]os seres humanos utilizan criterios informativos subóptimos para el aprendizaje social y la toma de decisiones sociales». Esto suele deberse a nuestros diversos sesgos cognitivos; por ejemplo, tendemos a buscar opiniones que coincidan con las nuestras (sesgo de confirmación). Uno de los factores más persuasivos para determinar si estamos de acuerdo con otra persona es que antes haya estado de acuerdo con nosotros; es decir, que hayamos establecido una relación recíproca. Como ya se ha señalado, es más probable que tengamos una actitud abierta y conciliadora con alguien que creemos que también lo será con nosotros.
Confiar en nosotros mismos
Lo que Zonca et al. descubrieron es que esta capacidad (o sesgo) se desarrolla a medida que crecemos. El equipo pidió a niños de seis, ocho y diez años que realizaran la misma tarea: estimar y reproducir la longitud de una línea que habían visto durante un breve instante. Un adulto acompañó a cada niño y realizó exactamente la misma tarea. El adulto y el niño se turnaban para decidir cuál de sus dos respuestas presentarían. A algunos niños se les asignó un adulto que debía mostrarse muy poco colaborador (es decir, nunca elegir la respuesta del niño, sino siempre la suya). Con otros, el adulto debía mostrarse de acuerdo y ser receptivo. ¿Mostrarían los niños el mismo sesgo a favor de estar de acuerdo con el adulto que también estaba de acuerdo con ellos?
Dependía de la edad. Los niños de diez años cambiaban sus respuestas para coincidir con las de un adulto (cooperador) alrededor del 50 % de las veces, una proporción similar a la de los adolescentes. Lo interesante, sin embargo, es que los niños de seis y ocho años «no cambiaban sus decisiones finales en función del comportamiento de su compañero». Simplemente seguían respaldando su propia respuesta, independientemente de la disposición o fiabilidad del adulto presente.
Aprender a confiar en los demás
Este artículo demuestra que la tendencia a favorecer a quienes muestran comportamientos recíprocos se desarrolla a medida que crecemos.
Al parecer, los niños menores de diez años no pueden ajustar sus decisiones a la fiabilidad (o falta de ella) de otro adulto presente. Los niños muy pequeños «prefieren confirmar sus propias respuestas y rechazan los consejos de su compañero». Esto se relaciona con una característica metacognitiva más amplia de los niños: recurren a reglas psicológicas más generales para desenvolverse en el mundo. En otras palabras, dependen de «heurísticas relativamente más simples». Así, «confía en ti mismo, casi siempre tienes razón» se convierte en una regla general y simplista para vivir, y cuesta aceptar las excepciones.
Sin embargo, a partir de los diez años aprendemos que los demás pueden tener algo que ofrecer. Nos volvemos «más capaces de evaluar, representar y actualizar el contexto informativo pertinente» de lo que encontramos. También establecemos ciertas reglas para decidir cuándo se puede confiar en alguien. En el estudio, los niños de diez años eran capaces de «modular la probabilidad de aceptar los consejos de su compañero» en función de sus índices de éxito anteriores (por ejemplo, la precisión de las decisiones previas del adulto). Además, determinaban la fiabilidad según la disposición del compañero adulto a aceptar también sus respuestas.
Así pues, parece que establecer un vínculo recíproco —la capacidad de confiar los unos en los otros— no es algo que nos resulte natural. Es una habilidad aprendida y una etapa del desarrollo infantil. La capacidad que todos empleamos para sopesar la fiabilidad de alguien aparece relativamente tarde en nuestro desarrollo durante la infancia.



