Si se cartografiara el mundo según la cantidad de artículos de investigación científica que produce cada país, el resultado tendría un aspecto bastante extraño e irregular. El hemisferio norte se expandiría hasta volverse irreconocible. El sur global, incluida África, prácticamente desaparecería del mapa.
Esta imagen ilustra de forma contundente la complejidad de las desigualdades globales en la producción y el intercambio de conocimiento. Entonces, ¿qué impulsa esta desigualdad y cómo puede corregirse?
El dinero importa
Para producir investigación se necesitan dinero y tecnología. La intensidad media de la investigación y el desarrollo —es decir, como porcentaje del PIB— fue del 2,4 % en los países de la OCDE en 2009. Pero pocos países en desarrollo habían alcanzado el 1 %. Sin fondos nacionales suficientes, los investigadores deben dedicar mucho tiempo a recaudar fondos y tratar con organizaciones que conceden subvenciones ajenas a sus universidades. Esto les deja menos tiempo para realizar y producir investigación.
En cuanto a la tecnología, un ancho de banda considerable da servicio al norte global y lo conecta con sus vecinos. En África, internet es mucho más lento y caro, lo que dificulta la colaboración entre investigadores del continente y se la pone más difícil que a sus pares de Estados Unidos, Europa y Asia.
Estos problemas técnicos, financieros e incluso mecánicos son fáciles de identificar. Resulta tentador confiar en la idea de que más dinero y máquinas resolverán los problemas de desigualdad en la producción de conocimiento. Pero no es tan sencillo.
Una doble trampa
Los valores y las prácticas contribuyen tanto a los desequilibrios globales como las disparidades materiales. Las revistas científicas que publican la investigación que configura nuestro extraño mapa no son neutrales: la participación en ellas se caracteriza por varios niveles de desigualdad.
Un estudio de cuatro revistas de gran impacto en las ciencias sociales de la gestión halló que atraían a autores de muchos países del mundo, pero que sus lugares de estudio empírico se situaban significativamente en Europa y Norteamérica. Esto sugiere que los investigadores locales utilizan sus escasos recursos financieros y técnicos para publicar en revistas de gran impacto, supuestamente internacionales.
Dado el entorno de investigación generalmente limitado en el que trabajan, esos recursos se desvían de las necesidades de investigación locales y, en la práctica, pueden subvencionar la investigación del norte global. Al mismo tiempo, investigadores del norte global, que cuentan con recursos relativamente abundantes, realizan estudios en países en desarrollo y publican en esas mismas revistas.
En los peores casos, el sur global se limita a proporcionar nuevos lugares de estudio empírico, y los académicos locales quizá no lleguen a ser socios en igualdad de condiciones en proyectos sobre sus propios contextos.
Los investigadores del sur global están atrapados en una doble trampa. Reciben recompensas por publicar en revistas «internacionales» de varias maneras: mediante ascensos y, a menudo, incluso con incentivos económicos. Pero las prioridades del desarrollo, las políticas gubernamentales y sus propios intereses los presionan para realizar investigaciones pertinentes a problemas sociales urgentes y cuestiones relacionadas, que quizá no resulten atractivas ni lo bastante «académicas» para interesar a las revistas internacionales.
«Investigación invisible»
Este mapa de revistas plantea otro problema: mide los artículos de revistas científicas como única representación de la producción de investigación científica. Ignora elementos como las monografías y las compilaciones editadas, e interpreta la «ciencia» de forma restringida, excluyendo los géneros de las ciencias sociales y las humanidades.
En muchos contextos se lleva a cabo investigación válida que se publica bajo la desafortunada denominación de «literatura gris». Esta incluye documentos de trabajo e informes técnicos y de políticas públicas. Estos géneros de producción suelen ser habituales en áreas de investigación centradas en cuestiones urgentes del desarrollo.
Otra categoría de «investigación invisible» del sur es la considerable producción encargada por gobiernos y realizada por consultores, muchos de los cuales son académicos en ejercicio. Incluso cuando se publica, esta investigación a menudo no se atribuye a sus verdaderos autores. Además, con frecuencia está sujeta a embargo: a veces, cuando reciben subvenciones, los investigadores incluso deben firmar acuerdos de confidencialidad o leyes sobre «secretos oficiales».
Algunos sostienen que incluir estos géneros en nuestra comprensión de la investigación científica comprometería su calidad. Pero no deberíamos rechazar estos resultados. Deberíamos encontrar maneras de demostrar su valor, ya sea mediante nuevos mecanismos de revisión por pares o nuevas métricas que midan el impacto y el valor a través del uso y la reutilización.
El acceso es otro problema. Estas codiciadas revistas suelen estar detrás de muros de pago. Esto excluye a quienes no pueden pagar, como los investigadores que trabajan en entornos con recursos limitados y los miembros del público que no tienen contraseñas para acceder a los recursos electrónicos de universidades e instituciones de investigación.
Esta situación mejorará gracias a las políticas de acceso abierto que se están desarrollando actualmente en la Unión Europea, el Reino Unido y otros lugares. Estas políticas aumentarán sustancialmente el volumen de investigación al que tienen acceso académicos y lectores de todo el mundo. Pero esta disponibilidad más generalizada entraña un peligro irónico.
Si el mundo en desarrollo no cuenta con políticas nacionales y regionales similares, y si no se ponen recursos a disposición para apoyar activamente la difusión abierta en estos países, la investigación del mundo en desarrollo se volverá aún más invisible.
Esto podría consolidar inadvertidamente la impresión errónea de que estos académicos realizan poco trabajo valioso, tienen poco que aportar al conocimiento global y dependen de la capacidad intelectual del norte global.
Soluciones
Cambiar el mapa exigirá varios pasos. En primer lugar, hay que mejorar la financiación y la infraestructura tecnológica. Al mismo tiempo, debemos ampliar nuestra propia concepción de la «ciencia» para abarcar las ciencias sociales.
Hay que reconocer que los resultados de investigación van más allá de los límites del artículo académico formal. Es necesario ajustar los incentivos y los sistemas de recompensa para alentar y legitimar las nuevas prácticas, más justas, que posibilita un mundo conectado digitalmente.
Por último, el movimiento de acceso abierto debe ampliar su enfoque: pasar del acceso al conocimiento a la participación plena en la creación de conocimiento y en la comunicación académica.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autora: Laura Czerniewicz es profesora asociada del Centre for Innovation in Learning and Teaching de la University of Cape Town.
Imagen: La estudiante de posgrado Katie Bates trabaja en el Laboratorio de Nanomedicina de la Facultad de Farmacia de la UCL, en Londres. REUTERS/Suzanne Plunkett


