A cualquiera que haya acampado o paseado por la naturaleza con amigos le habrá resultado imposible no advertir que los insectos parecen preferir la piel de algunas personas a la de otras. Algunas almas desafortunadas acaban cubiertas por completo de ronchas rojas que pican, mientras que otras se libran milagrosamente. A veces, solo afecta a algunos miembros de la familia. A mi madre nunca la ha picado un mosquito (aunque sí le gustan las pulgas), mientras que mi hermano y yo solemos ser sus objetivos.
Observaciones anteriores han mostrado una mayor preferencia de los mosquitos por las personas de mayor tamaño (que producen más CO2), quienes beben cerveza y las mujeres embarazadas, y aunque a menudo se sospechaba que la dieta era un factor, nada de lo que comemos (ni siquiera el ajo) resistió el escrutinio.
Los autores de un nuevo estudio publicado en PLOS One afirman haber encontrado la respuesta. Estudiaron las diferencias en la atracción que ejercen sobre los mosquitos los olores de la piel, en concreto sobre Aedes aegypti, en un grupo de valientes voluntarias, gemelas idénticas y no idénticas, que formaban parte de la amplia cohorte TwinsUK , que fundé hace 21 años. El motivo de incluir ambos tipos de gemelas era separar los efectos de la naturaleza y la crianza (o de los genes y el entorno). En los seres humanos, esta es la única manera de obtener una buena estimación de la contribución de la genética a las diferencias entre las personas.
Nuestras intrépidas gemelas introdujeron las manos en una cúpula sellada de plexiglás, construida especialmente, donde los olores atraían o repelían a 20 mosquitos hembra, que no podían picar. Se asignó a cada participante una puntuación de atractivo en comparación con la otra mano, situada en el otro extremo de la cúpula. Como era de esperar, las gemelas idénticas, que comparten todos sus genes, obtuvieron puntuaciones sistemáticamente más similares que las gemelas fraternas, lo que demostró un claro componente genético. Esta comparación estimó que el 67% de las diferencias entre las personas (lo que se denomina heredabilidad) se debía a sus genes.
Repeler con el olor
¿A qué podría deberse? Hace muchos años, en otro estudio con gemelos, demostramos que el olor corporal de las axilas, tal como lo perciben quienes lo huelen, tenía una base genética, con una enorme variabilidad en la intensidad con que se percibían los olores. Esto demostró que tenemos variaciones genéticas que controlan tanto los olores que percibimos como los olores químicos que producimos. En este sentido, nos parecemos a los mosquitos, porque ellos también presentan grandes diferencias en cuanto a los olores y sustancias químicas que los atraen o repelen.
Las distintas especies de mosquitos prefieren unas partes del cuerpo a otras. La especie Aedes Gambiae prefiere los olores de las manos y los pies a los de otras zonas, como las ingles y las axilas. Algunos animales usan su olor corporal para ahuyentar a los insectos, y las empresas llevan tiempo intentando descubrir cuáles son las mejores sustancias químicas para ello.
Los autores del estudio con gemelas se dieron cuenta de que las sustancias químicas podían proceder de las glándulas de la piel o de los miles de millones de microbios de su superficie. Descartaron que las bacterias fueran la causa, pues el dogma sostiene que no pueden verse influidas genéticamente. Resulta que se equivocaban.
Tus propios microbios
Todos tenemos especies microbianas muy diferentes y singulares en la boca, el intestino y la piel. Solo compartimos una pequeña fracción de nuestras especies microbianas, pero aun así cada uno tiene una huella microbiana única. Hasta hace poco, se creía que esta variedad era aleatoria o dependía del lugar donde viviéramos. Sin embargo, estudios recientes, de nuevo con gemelos del Reino Unido, han demostrado la importancia de los genes a la hora de influir en qué tipos de bacterias intestinales prosperan dentro de nosotros; y lo mismo probablemente sea cierto en el caso de la piel.
Nuestros 100 billones de microbios superan en número a nuestras propias células humanas en una proporción de diez a uno, y resulta que no los elegimos nosotros: ellos nos eligen a nosotros, según nuestra composición genética. Esto significa que, al igual que los mosquitos, ciertos microbios prefieren convivir con nosotros, mientras que a otros les resultamos bastante desagradables y se instalan en otro lugar.
Nuestros microbios producen muchas de nuestras vitaminas y sustancias químicas en la sangre; lejos de ser los malos, su diversidad contribuye a nuestra salud. También es probable que sean responsables de la mayoría de nuestros olores. Ni siquiera lavarse las manos con regularidad puede eliminar estas bacterias.
El olor peculiar que muchos tenemos entre los dedos de los pies procede de una bacteria llamada Brevibacteria linens. Es la misma especie bacteriana que da al queso Limburger su olor característico.
Para demostrar que las especies bacterianas son las mismas dondequiera que crezcan, un equipo de microbiólogos de la UCLA llevó a cabo un experimento inusual. Han empezado a elaborar y comer queso a partir de piel humana y, según se informa, este alimento gourmet de ombligo sabe perfectamente bien.
Así que, la próxima vez que te pique un mosquito en el tobillo, no le eches la culpa a la mala suerte ni a tu repelente barato: piensa en los asombrosos procesos evolutivos de emparejamiento que vincularon tu combinación particular de genes con una comunidad específica de microbios que se alimentan de tu piel y producen una sustancia química que solo ciertas especies de mosquitos encuentran irresistible.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Tim Spector es profesor de Epidemiología Genética en King’s College London.
Imagen: En esta fotografía del Center for Disease Control (CDC) aparece un mosquito hembra Aedes aegypti. REUTERS/James Gathany

