El llamado «internet de las cosas» lleva años siendo tema de conversación en el mundo de la tecnología. Las empresas de electrónica de consumo exploran formas de conectar toda clase de objetos personales y domésticos a internet, ampliando así sus funciones.
Algunos de estos dispositivos son indudablemente muy útiles, como los termostatos domésticos que nos permiten conectarnos a distancia y encender la calefacción antes de volver a casa. Pero otros son francamente ridículos: basta con ver el cepillo de dientes inteligente.
Pese a la carrera por conectar todos nuestros objetos domésticos a internet, hay una tendencia tecnológica aún más importante que ha surgido en el último año o así: el internet de mí. En lugar de limitarnos a querer conectar nuestros electrodomésticos a internet, hemos empezado a poner nuestros cuerpos y cerebros en línea.
El internet de mí se refiere, en términos generales, a la tecnología que conecta nuestras mentes y cuerpos con el mundo en línea. Transforma nuestra vida biológica y cognitiva en flujos de datos que pueden supervisarse, compartirse y moldearse.
Que suene la música triste
Las tecnologías básicas de auto seguimiento están disponibles desde hace algún tiempo. Están los dispositivos de actividad física, hoy relativamente ubicuos, como Fit Bit o Jawbone , que registran los movimientos, el sueño y otras funciones biológicas, como el ritmo cardíaco. En los últimos años hemos visto la aparición de una oleada de relojes inteligentes que permiten a los consumidores consultar sus correos electrónicos, pero también la respuesta galvánica de la piel. También hay una gran variedad de aplicaciones que preguntan por el estado de ánimo a lo largo del día. La idea es que se pueda averiguar en qué situaciones se está más feliz o triste.
Ahora, los grupos de electrónica de consumo han ido aún más lejos al ofrecer dispositivos que escanean el cerebro. Un dispositivo llamado Melomind sigue las ondas cerebrales y ofrece música acorde con ellas. Incluso se pueden conseguir dispositivos portátiles para las mascotas que permiten seguir sus funciones biológicas y neurológicas.
A diferencia de los dispositivos primitivos de seguimiento biológico (como el podómetro), muchas tecnologías nuevas permiten compartir rápidamente nuestra información biológica y cognitiva más íntima. A veces, esto implica que la gente suba y comparta datos sobre sus patrones de sueño, la distancia que ha corrido (y la ruta exacta) o su consumo diario de calorías.
En otras ocasiones, puede llegar a extremos mayores. Miembros fervientes de el movimiento de registro integral de la vida han ideado formas de rastrear casi todo lo que se pueda rastrear. Una persona que registra su vida cuenta que sigue el ciclo menstrual de su esposa.
Tecnología invasiva
Esta tendencia debería ser motivo de preocupación. Recopilar datos sobre nosotros mismos de esta manera generará una cantidad enorme de datos. Los empleadores pueden empezar a vigilar a sus empleados, no solo en el trabajo, sino en todo momento. Las compañías de seguros tendrán una visión completa de cómo vive la gente. Las empresas pueden rastrear nuestro comportamiento como consumidores y averiguar así las cosas más privadas sobre nosotros.
Es célebre el caso de una adolescente a quien le enviaron cupones para sillas de coche y pañales. El padre de la joven se quejó a la empresa, acusándola de fomentar el embarazo adolescente. Cuando más tarde descubrió que su hija estaba embarazada, llamó para disculparse. Ella no se lo había contado a nadie, pero su patrón de consumo había revelado el secreto.
Aunque el auge de los macrodatos plantea profundos problemas en torno a la privacidad, no deberíamos preocuparnos únicamente por el espionaje al estilo del Gran Hermano por parte de empresas y organismos gubernamentales. Quizá deberíamos preocuparnos más por las implicaciones más cercanas. Parece que la figura más siniestra y punitiva, la que vigila, supervisa y disciplina nuestras actividades con mayor fervor, somos nosotros mismos.
En los últimos tiempos hemos visto cada vez más aplicaciones que aplican la lógica del conductismo. Basadas en los muy criticados métodos desarrollados en su día por B F Skinner, estas aplicaciones alternan recompensas y castigos para reforzar las conductas positivas. Un ejemplo de ello es GymPact. Los usuarios de esta aplicación indican cuántas veces por semana tienen previsto ir al gimnasio. Si se saltan una sesión, algo que se puede detectar fácilmente mediante el GPS, deben pagar 5 dólares. Luego, ese dinero se reparte por igual entre quienes han cumplido los objetivos que se fijaron individualmente.
Una versión más extrema de esto es Pavlok. Para romper los malos hábitos, esta aplicación aplica descargas eléctricas. O, como dice el eslogan: «el dispositivo que cambia hábitos a base de descargas». Si te muerdes las uñas, duermes demasiado o procrastinas, recibirás un castigo. La aplicación se comercializa como un entrenador personal en la muñeca.
Fascistas del cuerpo
Estas aplicaciones no solo moldean nuestro comportamiento para que nos volvamos más productivos. También prometen hacernos más saludables y felices. Pavlok enumera a los grandes enemigos de hoy: «fumar (te provoca cáncer y arrugas), la comida rápida (te hace engordar), estar sentado todo el día (te hace engordar)». Al parecer, tener malos hábitos significa ser una mala persona. Librarse de estos pecados puede implicar un poco de autoflagelación, o al menos delegar esa tarea en una aplicación.
Como sostenemos en nuestro nuevo libro, The Wellness Syndrome, el bienestar se ha convertido en un imperativo moral. Para ser una buena persona desde el punto de vista moral, hay que hacer ejercicio, comer correctamente y, desde luego, no fumar. Con estas nuevas aplicaciones empezamos a ver el lado más siniestro de este mandato del bienestar. Cuando aceptamos que llevar un estilo de vida poco saludable equivale a ser un mal ser humano, se acepta entonces castigar a quienes no están bien. O, como personas gordas y poco saludables, no deberíamos sentarnos a esperar a que otros nos castiguen. Deberíamos asumir esa tarea nosotros mismos, hasta disciplinarnos y convertirnos en una persona respetable, que luce los resplandecientes símbolos de un estilo de vida saludable.
Puede que estemos pasando del «internet de las cosas» al «internet de mí». Sin embargo, parece que lo que el internet de mí realmente está logrando es impulsar nuevas formas de tratar al yo, no como una persona, sino como una «cosa».
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Para mantenerse al día con Forum:Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Andre Spicer es profesor de Comportamiento Organizacional en Cass Business School, City University London. Carl Cederström es profesor titular en Stockholm Business School, Stockholm University.
Imagen: Una ilustración muestra la proyección de código binario sobre un hombre que sostiene un ordenador portátil, en una oficina de Varsovia, el 24 de junio de 2013. REUTERS.

