«Me encantan los plazos», escribió en una ocasión el autor inglés Douglas Adams. «Me encanta el zumbido que producen al pasar.»
Todos hemos vivido la experiencia de querer terminar un proyecto y aplazarlo para más adelante. A veces esperamos porque simplemente no nos importa lo suficiente el proyecto, pero otras veces nos importa mucho y, aun así, acabamos haciendo otra cosa. Yo, por ejemplo, acabo limpiando mi casa cuando tengo muchos trabajos por corregir, aunque sé que debo corregirlos.
Entonces, ¿por qué procrastinamos? ¿Estamos diseñados para funcionar así en ciertos momentos? ¿O hay algo que no funciona bien en la forma en que abordamos el trabajo?
Estas preguntas son centrales para mi investigación sobre la consecución de objetivos, que podría ofrecer algunas pistas desde la neurociencia sobre por qué procrastinamos y cómo superar esta tendencia.
Hacer, o no hacer
Todo empieza con una elección sencilla entre trabajar ahora en un proyecto determinado o hacer cualquier otra cosa: trabajar en un proyecto distinto, hacer algo divertido o no hacer absolutamente nada.
La decisión de trabajar en algo viene impulsada por cuánto valoramos completar el proyecto en ese momento –lo que los psicólogos llaman su valor subjetivo–. Y la procrastinación, en términos psicológicos, es lo que ocurre cuando el valor de hacer otra cosa supera al valor de trabajar ahora.
Esta forma de pensar sugiere un truco sencillo para vencer la procrastinación: encontrar la manera de aumentar el valor subjetivo de trabajar ahora, en relación con el valor de otras cosas. Podrías aumentar el valor del proyecto, reducir el valor de la distracción o combinar ambas cosas.
Por ejemplo, en lugar de limpiar mi casa, podría intentar centrarme en por qué corregir es personalmente importante para mí. O podría pensar en lo desagradable que puede llegar a ser limpiar, sobre todo cuando se comparte casa con un niño pequeño.
Es un consejo sencillo, pero seguir esta estrategia puede resultar bastante difícil, principalmente porque hay muchas fuerzas que disminuyen el valor de trabajar en el presente.
El plazo lejano
Las personas no son del todo racionales en la forma en que valoran las cosas. Por ejemplo, un billete de un dólar vale exactamente lo mismo hoy que dentro de una semana, pero su valor subjetivo –aproximadamente, lo bien que sentaría poseer un dólar– depende de otros factores además de su valor nominal, como el momento en que lo recibimos.
La tendencia de las personas a devaluar el dinero y otros bienes en función del tiempo se denomina descuento por demora. Por ejemplo, un estudio demostró que, de media, recibir 100 dólares dentro de tres meses tiene para las personas el mismo valor que recibir 83 dólares en este momento. La gente preferiría perder 17 dólares antes que esperar unos meses para obtener una recompensa mayor.
Otros factores también influyen en el valor subjetivo, como la cantidad de dinero que alguien ha ganado o perdido recientemente. El punto clave es que no existe una correspondencia perfecta entre el valor objetivo y el valor subjetivo.
El descuento por demora es un factor de la procrastinación porque la finalización del proyecto se produce en el futuro. Completar algo es una recompensa diferida, por lo que su valor en el presente se reduce: cuanto más lejano está el plazo, menos atractivo parece trabajar en el proyecto ahora mismo.
Los estudios han demostrado reiteradamente que la tendencia a procrastinar se ajusta estrechamente a los modelos económicos del descuento por demora. Además, las personas que se definen a sí mismas como procrastinadoras presentan un efecto exagerado. Descuentan el valor de terminar algo con antelación aún más que el resto de las personas.
Una forma de aumentar el valor de completar una tarea es hacer que la meta parezca más cercana. Por ejemplo, imaginar con viveza una recompensa futura reduce el descuento por demora.
Ningún trabajo es «sin esfuerzo»
No solo puede devaluarse la finalización de un proyecto por producirse en el futuro, sino que trabajar en un proyecto también puede resultar poco atractivo por el simple hecho de que el trabajo exige esfuerzo.
Nuevas investigaciones respaldan la idea de que el esfuerzo mental tiene un coste intrínseco; por esta razón, las personas suelen elegir trabajar en una tarea fácil antes que en una difícil. Además, existen mayores costes subjetivos para el trabajo que se percibe como más difícil (aunque estos costes pueden compensarse con la experiencia en la tarea en cuestión).
Esto lleva a la interesante predicción de que las personas procrastinarían más cuanto más difícil esperen que resulte el trabajo. Esto se debe a que cuanto más esfuerzo exige una tarea, más puede ganar alguien dedicando la misma cantidad de esfuerzo a otra cosa (un fenómeno que los economistas denominan costes de oportunidad). Los costes de oportunidad hacen que trabajar en algo que parece difícil se viva como una pérdida.
En efecto, un conjunto de estudios demuestra que las personas procrastinan más con las tareas desagradables. Estos resultados sugieren que reducir el malestar de trabajar en un proyecto, por ejemplo, dividiéndolo en partes más familiares y manejables, sería una forma eficaz de reducir la procrastinación.
Tu trabajo, tu identidad
Cuando afirmamos que la procrastinación es un efecto secundario de la forma en que valoramos las cosas, planteamos la realización de una tarea como resultado de la motivación y no de la capacidad.
Dicho de otra manera, puedes ser realmente bueno en algo, ya sea cocinar un menú gourmet o escribir un relato, pero si no tienes la motivación o el sentido de importancia necesarios para completar la tarea, es probable que se deje para más tarde.
Fue por esta razón que el escritor Robert Hanks, en un ensayo reciente para la London Review of Books, describió la procrastinación como «un fracaso de los apetitos».
El origen de este «apetito» puede ser algo complejo. Pero cabe sostener que, al igual que nuestro apetito (real) por la comida, se trata de algo estrechamente entrelazado con nuestra vida cotidiana, nuestra cultura y nuestra percepción de quiénes somos.
¿Cómo se puede, entonces, aumentar el valor subjetivo de un proyecto? Una forma poderosa –una de la que mis estudiantes de posgrado y yo hemos escrito en detalle – es vincular el proyecto con el autoconcepto de la persona. Nuestra hipótesis es que los proyectos que se perciben como importantes para el autoconcepto de una persona tendrán mayor valor subjetivo para ella.
Por esta razón, Hanks también escribió que la procrastinación parece deberse a una falta de «identificarse lo suficiente con tu yo futuro» –dicho de otro modo, con aquel yo para el que la meta es más relevante–.
Dado que las personas están motivadas a mantener un autoconcepto positivo, las metas estrechamente vinculadas al sentido de uno mismo o a la identidad adquieren mucho más valor.
Vincular el proyecto a fuentes de valor más inmediatas, como las metas vitales o los valores fundamentales, puede compensar el déficit de valor subjetivo que subyace a la procrastinación.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Elliot Berkman es profesor adjunto de psicología en la Universidad de Oregón. Jordan Miller-Ziegler es candidato a doctor en psicología en la Universidad de Oregón.
Imagen: Un hombre lee un periódico mientras descansa sobre un muro. REUTERS/Parth Sanyal.


