Los investigadores e ingenieros de inteligencia artificial han dedicado mucho esfuerzo a intentar construir máquinas que se parezcan a los seres humanos y funcionen en gran medida de manera independiente. Esos sueños tentadores han distraído a muchos de ellos del lugar donde ya se están logrando avances reales: los sistemas que potencian —en vez de sustituir— las capacidades humanas. Para acelerar el cambio hacia nuevas formas de pensar, quienes diseñan y desarrollan IA podrían aprender algunas lecciones de los errores de investigadores del pasado.
Por ejemplo, los alquimistas, como Isaac Newton, persiguieron objetivos ambiciosos como convertir el plomo en oro, crear una panacea para curar todas las enfermedades y encontrar pócimas para alcanzar la inmortalidad. Aunque estos objetivos resultaban atractivos, es posible que los charlatanes que los perseguían consiguieran una financiación principesca que habría estado mejor empleada en desarrollar la química moderna.
Con un optimismo similar, los astrólogos creían que podían comprender la personalidad humana a partir de las fechas de nacimiento y predecir acontecimientos futuros estudiando la posición de las estrellas y los planetas. Durante los últimos mil años, estas promesas a menudo recibieron el respaldo de reyes, lo que posiblemente ralentizó el trabajo de quienes adoptaban métodos científicos que finalmente condujeron a la astronomía.
A medida que evolucionaron la alquimia y la astrología, sus practicantes se volvieron más metódicos y organizados en sus estudios —lo que hoy quizá llamaríamos un enfoque más científico—. Ese cambio acabó dando lugar a hallazgos importantes en química, como los de Lavoisier y Priestley en el siglo XVIII. En astronomía, Kepler y el propio Newton realizaron descubrimientos importantes en los siglos XVII y XVIII. Se avecina un punto de inflexión similar para la inteligencia artificial. Innovadores audaces están dejando de lado los sueños tentadores, pero poco prácticos, de diseños antropomórficos y autonomía excesiva. Se centran en sistemas que restablecen, aprovechan y amplían el control y la responsabilidad humanos.
Renovar los primeros sueños sobre la IA
En la década de 1950, los investigadores de inteligencia artificial perseguían grandes objetivos, como una inteligencia computacional al nivel humano y la conciencia de las máquinas. Incluso en los últimos 20 años, algunos investigadores trabajaron para hacer realidad la fantasía de la «singularidad»: máquinas superiores a los seres humanos en todos los aspectos. Estos sueños lograron atraer la atención de periodistas receptivos y financiación de gobiernos y del sector privado. Pero, a mi juicio, esas aspiraciones siguen pareciendo ilusiones contraproducentes y ciencia ficción de serie B.
Incluso el sueño de crear un robot con forma humana que actuara como una persona lleva más de 50 años vigente. Asimo, de Honda, casi del tamaño de una persona y el lector de noticias en línea Ananova recibieron mucha atención mediática. Sophia, de Hanson Robotics, incluso obtuvo la ciudadanía saudí. Pero tienen poco futuro comercial.
El robot Sophia habló ante las Naciones Unidas.
En cambio, los diseños prácticos y centrados en el usuario para la búsqueda de información, los sitios de comercio electrónico, las redes sociales y las aplicaciones para teléfonos inteligentes han tenido un éxito rotundo. No es casualidad que Amazon, Apple, Facebook, Google y Microsoft sean algunas de las empresas más grandes del mundo: todas utilizan tipos de IA más funcionales, aunque menos llamativos.
Los teléfonos móviles actuales incorporan reconocimiento de voz, reconocimiento facial y traducción automática, funciones que utilizan tecnologías de inteligencia artificial. Estas funciones aumentan el control humano y ofrecen más opciones a los usuarios, sin el engaño ni el espectáculo de un robot humanoide.
Ceder el control
Los esfuerzos por desarrollar formas avanzadas de autonomía informática también son peligrosos. Cuando los desarrolladores dan por hecho que sus máquinas funcionarán correctamente, suelen escatimar en interfaces que permitirían a los usuarios tomar rápidamente el control cuando algo sale mal.
Estos problemas pueden ser mortales. En el accidente de octubre de 2018 del Boeing 737 Max de Lion Air, un fallo de un sensor hizo que el piloto automático, de nuevo diseño, dirigiera el avión hacia abajo. Los pilotos no lograron averiguar cómo anular esos controles automáticos para mantener el avión en el aire. Problemas similares han influido en los «desplomes relámpago» de los mercados bursátiles, como el episodio de 2010 en el que desapareció 1 billón de dólares en 36 minutos. Además, dispositivos médicos mal diseñados han administrado dosis mortales de medicamentos.
El informe de la Junta Nacional de Seguridad del Transporte sobre el accidente mortal de Tesla de mayo de 2016 pidió que los sistemas automatizados conservaran registros detallados para que los investigadores pudieran analizar los fallos. Ese conocimiento permitiría crear diseños más seguros y eficaces.
Avanzar hacia soluciones centradas en las personas
La automatización exitosa está por todas partes: las aplicaciones de navegación dan control a los conductores al mostrar los tiempos de rutas alternativas. Los sitios de comercio electrónico presentan opciones, reseñas de clientes y precios claros para que los compradores puedan encontrar y pedir los productos que necesitan. Los ascensores, las lavadoras y los quioscos de facturación de las aerolíneas también cuentan con controles útiles que permiten a los usuarios hacer lo que necesitan de manera rápida y fiable. Cuando las cámaras modernas ayudan a los fotógrafos a tomar fotos bien enfocadas y expuestas, los usuarios sienten dominio y satisfacción al componer la imagen, aunque reciban ayuda para optimizar los detalles técnicos.
Sin parecerse a los seres humanos ni ser totalmente independientes, estas y miles de otras aplicaciones permiten a los usuarios realizar sus tareas con confianza en sí mismos y, a veces, incluso con orgullo.
Un nuevo informe de una destacada asociación profesional del sector de la ingeniería insta a los tecnólogos a ignorar las fantasías tentadoras. En su lugar, propone que los desarrolladores se centren en tecnologías que respalden el desempeño humano y resulten útiles de forma más inmediata.
En un mundo próspero potenciado por la automatización, unas interfaces claras y cómodas podrían permitir que las personas controlaran la automatización para aprovechar al máximo su iniciativa, creatividad y responsabilidad. Las máquinas más exitosas podrían ser herramientas potentes que permitan a los usuarios realizar tareas cada vez más complejas con confianza, por ejemplo, ayudando a los arquitectos a encontrar formas innovadoras de diseñar edificios energéticamente eficientes y ofreciendo a los periodistas herramientas para analizar los datos en mayor profundidad y detectar fraudes y corrupción. Otras máquinas podrían detectar —sin contribuir a— problemas como condiciones médicas inseguras y sesgos en la aprobación de préstamos hipotecarios. Incluso podrían asesorar a las personas responsables sobre cómo solucionar esos problemas.

Las personas destacan por construir herramientas que amplían su creatividad y luego utilizarlas de formas aún más innovadoras de lo que sus diseñadores pretendían. A mi juicio, ha llegado el momento de permitir que más personas sean más creativas durante más tiempo, dejando atrás la fase de alquimia y astrología de la investigación en IA.
Es más probable que inventen la próxima generación de herramientas potentes los diseñadores tecnológicos que valoran y amplifican los aspectos fundamentales de la humanidad. Estos diseñadores dejarán de intentar sustituir o simular el comportamiento humano en las máquinas y crearán aplicaciones de enorme éxito que la gente adore usar.


