Tenemos un problema de basura espacial. Así se puede solucionar

A photo taken by Expedition 46 flight engineer Tim Peake of the European Space Agency (ESA) aboard the International Space Station shows Italy, the Alps, and the Mediterranean on January, 25, 2016. REUTERS/NASA/Tim Peake/Handout ATTENTION EDITORS - FOR EDITORIAL USE ONLY. NOT FOR SALE FOR MARKETING OR ADVERTISING CAMPAIGNS. THIS PICTURE WAS PROVIDED BY A THIRD PARTY. REUTERS IS UNABLE TO INDEPENDENTLY VERIFY THE AUTHENTICITY, CONTENT, LOCATION OR DATE OF THIS IMAGE. THIS PICTURE IS DISTRIBUTED EXACTLY AS RECEIVED BY REUTERS, AS A SERVICE TO CLIENTS - TM3EC311KON01
More than half-a-million pieces of space junk larger than a marble orbit the Earth.Image: REUTERS/NASA/Tim Peake/
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La primera estación espacial china, Tiangong-1, se estrelló el 1 de abril sobre el Pacífico Sur, tras reingresar de forma incontrolada en la atmósfera terrestre.

De hecho, lo más probable es que la estación se desintegrara casi por completo al reingresar, y, irónicamente, muy cerca del lugar conocido como «cementerio de naves espaciales», donde las agencias espaciales dirigen deliberadamente sus naves antiguas para que caigan, por tratarse del punto más aislado del océano.

Las autoridades chinas perdieron el contacto con la estación en 2016 y, desde entonces, no han podido guiarla.

Tiangong-1 es un ejemplo de basura espacial que terminó regresando a la Tierra y desintegrándose, como la mayoría de los demás restos que reingresan en la atmósfera terrestre. Eso no es algo malo.

Pero grandes cantidades de basura espacial acaban permaneciendo en diversas órbitas alrededor de la Tierra, lo que amenaza a los satélites, a la Estación Espacial Internacional (ISS), así como a las misiones futuras más allá de las inmediaciones de la Tierra, hacia asteroides, la Luna y Marte.

De forma algo similar a los trozos de neumáticos que salpican las autopistas terrestres, los desechos pueden ser partes de satélites antiguos, desde restos de pintura hasta tornillos, secciones más grandes y satélites inactivos completos; también pueden incluir cuerpos de cohetes gastados, es decir, las secciones de los cohetes que no regresan a la Tierra tras el lanzamiento. El número total de fragmentos de basura más grandes que una canica supera el medio millón.

Image: NASA

La diferencia clave es que, mientras que sería peligroso para su coche chocar con un trozo de basura en la autopista a 100 km/h, en órbita los objetos se mueven a una velocidad mucho mayor, de 28.000 km/h, la velocidad que exigen las leyes de la física para que los objetos permanezcan en órbita y no caigan al suelo.

A esa velocidad, incluso un pequeño tornillo podría destruir un satélite entero o, incluso, poner en peligro toda la Estación Espacial. Por ese motivo, los astronautas o cosmonautas a bordo de la ISS tienen que refugiarse en las cápsulas de escape varias veces al año, cuando se rastrea un fragmento de basura cerca de la Estación Espacial. Actualmente, solo la Soyuz rusa ofrece un medio para llegar a la ISS y regresar de ella con personas.

En general, se considera que las órbitas más contaminadas son las situadas entre 200 y 2.000 km sobre la Tierra (órbitas terrestres bajas o LEO), y la órbita de 36.000 km (geosíncrona).

Se trata de un problema creciente, que se ha dado a conocer más ampliamente entre el público a través de la película «Gravity».

La basura espacial descontrolada en la órbita LEO (el llamado síndrome de Kessler) no sería, en la vida real, tan dramática como en la película; sin embargo, supone una amenaza grave y cada vez mayor.

Hay dos elementos clave para hacer frente a este riesgo mundial.

En primer lugar, debemos empezar a retirar las piezas más volátiles y de mayor tamaño de las órbitas más congestionadas.

Varias empresas, como Astroscale y Saber Astronautics, ya están estudiando esta solución muy compleja y técnica. La idea consiste, esencialmente, en capturar un fragmento de basura con un satélite especial y desorbitar ambos objetos, quemándolos en el proceso por encima del citado «cementerio de naves espaciales».

Otras tecnologías incluyen desplazar objetos mediante un potente haz láser. Es importante empezar a hacerlo pronto: las estimaciones científicas actuales prevén que, sin la retirada activa de desechos, determinadas órbitas serán inutilizables en las próximas décadas.

Aunque resulta difícil capturar objetos que se mueven tan rápido como esta basura, es sin duda posible. Al fin y al cabo, las naves espaciales se acoplan constantemente a la ISS.

Los mayores problemas son la financiación y la cooperación internacional. La cuestión de quién paga estas misiones de «recogida de basura» es espinosa. Quizá aún más complicado sea negociar el espacio diplomático internacional y persuadir, por ejemplo a Rusia, de que su antiguo satélite militar debe ser desorbitado por una empresa tecnológica.

Image: Reuters

La segunda pieza del rompecabezas para garantizar la accesibilidad a largo plazo de las órbitas consiste en ajustar nuestro comportamiento actual en el espacio con el fin de minimizar la creación de nuevos desechos. Debemos ser más cuidadosos con los satélites operativos existentes y con las nuevas misiones.

Las directrices de la ONU sobre mitigación de desechos espaciales figuran entre los principales esfuerzos internacionales para que los distintos actores sigan las normas de circulación adecuadas, pero son de carácter voluntario.

Hay más de 1.500 satélites activos en diversas órbitas, pero se prevé que esta cifra crezca drásticamente en los próximos años.

Actualmente se están desarrollando grandes constelaciones que cuentan con cientos y miles de satélites, como OneWeb y SpaceX (principalmente para órbitas LEO), y que prometen ofrecer conectividad asequible a todas las partes del mundo.

Nuevos gobiernos también están entrando en la carrera por acceder al espacio. La cuestión es: con un aumento tan grande del tráfico, ¿cómo logramos que todos los actores, tanto privados como públicos, piensen de forma más sostenible?

El Consejo Global del Futuro sobre Tecnologías Espaciales está trabajando en un marco industrial para incentivar a los actores privados a redoblar sus esfuerzos. Se necesitan otras iniciativas.

Las órbitas son una parte fundamental del medio ambiente terrestre, un bien común mundial como los océanos, y debemos proteger este recurso para las generaciones futuras.

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