Quizás no necesitemos mover el cuerpo para aprender sobre nuevos espacios en la realidad virtual, según indica una nueva investigación.
La realidad virtual está cada vez más presente en nuestra vida cotidiana, desde recorridos en línea por viviendas en venta hasta visores de alta tecnología que sumergen a los jugadores en mundos digitales hiperrealistas. Si bien su valor de entretenimiento está bien establecido, la realidad virtual también tiene un enorme potencial para usos prácticos que apenas empiezan a explorarse.
Arne Ekstrom, director del Laboratorio de Cognición Espacial Humana del departamento de psicología de la Universidad de Arizona, utiliza la realidad virtual para estudiar la navegación espacial y la memoria. Entre los intereses del laboratorio se encuentra el potencial de la tecnología para usos socialmente beneficiosos, como la formación de primeros intervinientes, profesionales de la medicina y personas que deben desplazarse por entornos peligrosos. Sin embargo, para que estos tipos de aplicaciones sean lo más eficaces posible, es necesario comprender mejor cómo aprenden las personas en entornos virtuales.
En el nuevo estudio publicado en la revista Neuron, Ekstrom y el coautor Derek Huffman, investigador posdoctoral del Centro de Neurociencia de la Universidad de California, Davis, amplían esa comprensión al analizar si la posibilidad de desplazarse físicamente por espacios virtuales mejora la forma en que los aprendemos.
Derek Huffman navega por un entorno virtual en 360 grados sobre una cinta de correr omnidireccional.
Desplazarse en la realidad virtual
“Uno de los grandes problemas o inconvenientes de la realidad virtual es que no logra reproducir la experiencia que tenemos al desplazarnos en el mundo real”, afirma Ekstrom, profesor asociado de psicología y autor principal del estudio. “Eso es lo que intentábamos abordar en este estudio: ¿qué información es suficiente para formar representaciones espaciales que sean útiles para saber realmente dónde están las cosas?”
Los investigadores pidieron a los participantes del estudio que exploraran tres ciudades virtuales mientras llevaban puestos visores de realidad virtual. Los participantes se desplazaron por cada ciudad de una de tres maneras:
1) Los participantes llevaban puesto el visor mientras caminaban sobre una cinta de correr omnidireccional, o de 360 grados, que permite a los usuarios caminar libremente en cualquier dirección. En esta condición, los participantes podían desplazarse por el entorno virtual caminando y girando la cabeza.
2) Los participantes se desplazaron por los entornos virtuales utilizando únicamente un joystick de mano; no podían desplazarse moviendo la cabeza ni caminando.
3) Los participantes se desplazaron moviendo el cuerpo de un lado a otro y el joystick hacia adelante y hacia atrás; no podían caminar.
Los participantes dedicaron, en promedio, entre dos y tres horas a explorar las ciudades virtuales y a localizar ciertas tiendas que se les había indicado que encontraran. Una vez que habían tenido la oportunidad de conocer bien los entornos, los investigadores les hicieron una serie de preguntas para evaluar su memoria espacial. Por ejemplo, los investigadores podían pedirles que imaginaran que estaban de pie en la cafetería, mirando hacia la librería. Después, podían pedir a un participante que señalara la dirección de la tienda de comestibles.
La precisión de las respuestas de los participantes no varió según la condición en la que se encontraban.
Posteriormente, los participantes se sometieron a una resonancia magnética mientras respondían a un conjunto similar de preguntas. Esto permitió a los investigadores observar lo que ocurría en el cerebro cuando los participantes recuperaban recuerdos espaciales.
Los investigadores comprobaron que las tres situaciones activaban las mismas áreas del cerebro de los participantes. Además, los patrones de interacción entre diferentes regiones del cerebro eran similares en las tres condiciones.
“Lo que descubrimos fue que los códigos neuronales eran idénticos entre las distintas condiciones”, afirma Ekstrom. “Esto sugiere —en lo que respecta al cerebro y a lo que también pudimos medir a través del comportamiento— que basta con ver las cosas en un entorno virtual para disponer de información suficiente. La información que se obtiene al mover el cuerpo, una vez que se conoce lo bastante bien el entorno, no aporta realmente tanto.”
¿El fin de un largo debate?
Los hallazgos abordan un debate científico de larga data sobre si los movimientos corporales ayudan o no a aprender espacios físicos.
“Se ha planteado la idea de que la forma en que aprendemos podría marcar una gran diferencia y que, si no contamos con señales basadas en el cuerpo, nos falta una parte importante de lo que podría ser fundamental para formar recuerdos del espacio”, afirma Huffman, primer autor del estudio. “Nuestra investigación sugiere que, una vez que se tiene una memoria bien formada de un entorno, no importa tanto cómo se aprendió.”
“Diríamos que no se necesita inmersión corporal ni señales corporales para formar representaciones espaciales complejas”, añade Ekstom. “Eso puede lograrse con suficiente exposición en aplicaciones sencillas de realidad virtual.”
Desde un punto de vista práctico, la investigación sugiere que incluso los sistemas básicos de realidad virtual podrían ser útiles en aplicaciones didácticas.
“La realidad virtual tiene el potencial de permitirnos comprender situaciones que, de otro modo, quizá no podríamos experimentar directamente”, afirma Ekstrom. “Por ejemplo, ¿qué pasaría si pudiéramos formar a primeros intervinientes para que encontraran a personas tras un ataque a un edificio, sin que ellos hubieran estado nunca en ese edificio?
“Nuestros hallazgos sugieren que la realidad virtual es prometedora, incluso en aplicaciones sencillas en las que solo se mueve un joystick, para enseñar a las personas conocimientos bastante complejos sobre entornos espaciales.”
Fuente: Universidad de Arizona


