Aunque muchas personas creen que el progreso tecnológico y la destrucción de empleo se están acelerando de forma espectacular, no hay pruebas de ninguna de esas tendencias. En realidad, la productividad total de los factores, el mejor indicador sintético del ritmo del cambio técnico, está estancada desde 2005 en Estados Unidos y en el conjunto de los países avanzados.
BERKELEY — Los robots, el aprendizaje automático y la inteligencia artificial prometen cambiar radicalmente la naturaleza del trabajo. Todo el mundo lo sabe. O al menos eso cree.
En concreto, creen saber dos cosas. Primero, que nunca ha habido tantos empleos amenazados. «Forrester predice que la automatización impulsada por la IA eliminará el 9 % de los empleos de Estados Unidos en 2018», proclama un titular. «McKinsey: un tercio de los trabajadores de Estados Unidos podría quedarse sin empleo para 2030 debido a la automatización», añade otro.
Informes como estos dan la impresión de que el progreso tecnológico y la destrucción de empleo se están acelerando de forma espectacular. Pero no hay pruebas de ninguna de esas tendencias. En realidad, la productividad total de los factores, el mejor indicador sintético del ritmo del cambio técnico, está estancada desde 2005 en Estados Unidos y en el conjunto de los países avanzados.
Además, como señaló recientemente el economista Timothy Taylorhace poco, el ritmo de cambio de la estructura ocupacional, definido como el valor absoluto de los empleos creados en ocupaciones en expansión y los empleos perdidos en ocupaciones en declive, se ha ralentizado, no acelerado, desde la década de 1980. Esto no significa negar que la estructura ocupacional está cambiando. Pero pone en entredicho la opinión generalizada de que el ritmo del cambio se está acelerando.
La segunda cosa que todo el mundo cree saber es que los empleos que antes eran seguros ahora están en riesgo. Hubo un tiempo en que se podía sostener que los robots desplazarían a los trabajadores que realizan tareas rutinarias, pero no a los altamente cualificados y formados: ni a los médicos, ni a los abogados y, por qué no decirlo, ni a los profesores. En particular, se decía que las máquinas no eran capaces de realizar tareas en las que la empatía, la compasión, la intuición, la interacción interpersonal y la comunicación son fundamentales.

Sin embargo, ahora esas distinciones se están desdibujando. Alexa, de Amazon, puede comunicarse. La colaboración colectiva, junto con el historial digital de cada persona, permite intuir sus hábitos de compra. La inteligencia artificial puede utilizarse para leer radiografías y diagnosticar enfermedades. Como resultado, todos los empleos, incluso los de médicos, abogados y profesores, se están transformando.
Pero transformarse no es lo mismo que estar amenazado. Es cierto que las máquinas ya son más eficientes que los asistentes jurídicos a la hora de buscar precedentes. Pero un abogado que conoce bien la personalidad de su cliente sigue desempeñando un papel indispensable al aconsejar a alguien que contempla un divorcio complicado sobre si negociar, recurrir a la mediación o acudir a los tribunales. Del mismo modo, el conocimiento que tiene un abogado de la personalidad de los protagonistas de un litigio civil o de un caso penal puede combinarse con macrodatos y análisis cuando llega el momento de seleccionar al jurado. El empleo está cambiando, no desapareciendo.
Estas observaciones apuntan a lo que realmente está ocurriendo en el mercado laboral. No es que los robots sanitarios estén sustituyendo a los auxiliares de enfermería; más bien, se está redefiniendo lo que hacen. Y sus funciones seguirán redefiniéndose a medida que evolucionen las capacidades de los robots: desde ayudar a los pacientes a levantarse de la cama hasta impartir sesiones de fisioterapia y ofrecer apoyo emocional a las personas deprimidas y con discapacidad.
En cierto sentido, esto es una buena noticia para quienes se preocupan por las perspectivas de los trabajadores que ya ocupan esos puestos: seguirá habiendo demanda de trabajadores en las ocupaciones existentes. No todos los auxiliares de enfermería tendrán que convertirse en ingenieros de software. Los conocimientos que adquieren en el trabajo —cómo relacionarse con los pacientes, reconocer sus estados de ánimo y atender sus necesidades— seguirán siendo pertinentes y valorados. Utilizarán esos conocimientos para guiar a sus colegas robóticos y colaborar con ellos.
Por tanto, la transformación tecnológica que se avecina no conllevará cambios ocupacionales de la magnitud de los de la Revolución Industrial, que redistribuyó masivamente el trabajo entre los sectores agrícola e industrial. Al fin y al cabo, la gran mayoría de los estadounidenses ya trabaja en el sector servicios. Sin embargo, será más importante que nunca que las personas de todas las edades actualicen sus competencias y renueven su formación continuamente, dado que la tecnología seguirá transformando sus ocupaciones.
En países como Alemania, los trabajadores de diversos sectores reciben formación como aprendices y continúan formándose a lo largo de su vida laboral. Las empresas invierten y reinvierten en sus trabajadores porque estos pueden exigirlo, ya que tienen un puesto en el consejo de administracióncomo resultado de la Ley de Cogestión de 1951. Las asociaciones empresariales colaboran con sindicatos fuertes para organizar y gestionar programas de formación a nivel sectorial. Estos programas son eficaces, en parte, porque el Gobierno federal fija estándares para los programas de formación y establece planes de estudio uniformes para los aprendices.
En Estados Unidos, la representación de los trabajadores en los consejos de administración, los sindicatos fuertes y la regulación gubernamental de la formación en el sector privado no forman parte de la fórmula institucional vigente. Como resultado, las empresas tratan a sus trabajadores como piezas desechables en lugar de invertir en ellos. Y el Gobierno no hace nada al respecto.
Así que aquí va una idea. En lugar de una «reforma fiscal» que permita a las empresas deducir de inmediato sus gastos de capital, ¿por qué no concederles créditos fiscales por el coste de ofrecer formación permanente a sus empleados?


