Hace casi una década, Jonathan Zittrain, profesor de Harvard, nos advirtió que internet podía tomar uno de dos rumbos.
El desenlace favorable, que describe, es un sistema en el que la propiedad del contenido está descentralizada y las personas son libres de crear su propio contenido. La alternativa, advirtió Zittrain, es que nos dirijamos hacia un sistema cerrado en el que los medios de producción de contenido quedarían concentrados en manos de unos pocos grandes actores, lo que limitaría de hecho el poder de las personas tanto en el plano socioeconómico como en el político.
Hasta ahora, internet ha brindado a las personas una capacidad sin precedentes para hacer lo primero, aunque preocupa que el «capitalismo de plataformas» centralice el poder entre las empresas tecnológicas de mayor éxito. Sin duda, siguen existiendo desafíos. Preocupa que elementos malintencionados estén socavando la calidad de la información en línea. Las redes sociales, de las que dependemos cada vez más, pueden reforzar los prejuicios existentes y crear una cámara de eco en lugar de enriquecernos con perspectivas alternativas. Al apartarnos de las pantallas, también inquieta que nos estemos volviendo adictos a los servicios digitales, que captan nuestra atención de una manera perjudicial para nuestras interacciones con los demás en el mundo real.
Internet es también el medio por el que la mayoría de las personas accede a contenidos, ya sea para informarse o entretenerse. El contenido —y el acceso a él— constituye la base de la economía creativa, el sistema que convierte las ideas y las obras creativas en beneficios, ya sea para las personas, las empresas o la sociedad. La economía creativa se sitúa en la intersección de la creatividad, la cultura, la economía y la tecnología, por lo que las nuevas tecnologías que prometen transformar nuestra interacción con el contenido podrían remodelarla por completo.
Un nuevo proyecto del Foro Económico Mundial busca arrojar luz sobre estos cambios y considerar sus posibles repercusiones más amplias en la sociedad. He aquí algunos ejemplos.
Realidad aumentada y realidad virtual
La realidad aumentada (RA) y la realidad virtual (RV) quizá hayan acaparado la mayor atención hasta ahora en 2017. Las empresas se apresuran a desarrollar servicios que integren el contenido y la información de forma más fluida en nuestras vidas, como Facebook Spaces, una plataforma de realidad virtual que permite a los usuarios interactuar con sus amigos en un mundo virtual. Los lectores también reconocerán la prueba de concepto de la realidad aumentada que representa Pokémon Go, que mostró al mundo que hay interés por experiencias digitales que, mediante un teléfono inteligente, puedan superponerse a las experiencias del mundo real.
No todas las aplicaciones de la RV son tan adictivas como Pokémon Go, pero puede utilizarse como una poderosa fuerza para el bien. En Davos, en 2015, las Naciones Unidas presentaron una película en RV que seguía la vida de una niña siria en un campamento de refugiados en Jordania, una experiencia que hizo llorar a algunas personas. La posibilidad de conectar más profundamente con «comunidades imaginadas» y experimentar identidades alternativas —culturales, nacionales o de género— abre la posibilidad de una visión compartida de la humanidad que hasta ahora se nos ha escapado. «[La RV] puede ayudar a generar empatía y compasión en un mundo que las necesita más que nunca», dijo el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, quien utiliza la RV para ayudar a concienciar sobre las zonas afectadas por guerras y desastres naturales.

Pero la promesa de los mundos virtuales tiene un contrapunto aleccionador. En lugar de abrirnos los ojos a nuevas ideas, experiencias y personas, podrían limitarse a reproducir las estructuras y los prejuicios del mundo en que ya vivimos. Y, más inquietante aún, existe un riesgo real de que, sin las salvaguardias adecuadas, la recopilación de datos y la vigilancia entren en terreno peligroso e invadan nuestra privacidad.
A los consumidores ya les preocupa bastante que los gigantes tecnológicos puedan recopilar datos sobre nuestra ubicación física, pero el futuro de la RV podría dar lugar a un mundo en el que también recopilen datos sobre nuestras expresiones faciales y, por tanto, nuestras emociones, en tiempo real. Si no se controla, este tipo de sistema cerrado, en el que las empresas pueden no solo identificar las emociones de una persona, sino también influir potencialmente en ellas, podría conducir a un futuro distópico.
Inteligencia artificial
Es un buen momento para ser un robot en la economía creativa. La inteligencia artificial (IA) ya nos ayuda a crear productos y servicios mucho más personalizados. En el ámbito de la gastronomía, un equipo de investigadores de Japón ha creado una IA capaz no solo de identificar vinos, sino también de recomendar quesos que los acompañen. Hoy en día, estar a la altura de las principales casas de moda implica utilizar la IA para predecir mejor qué querrá vestir la gente.
En los medios de comunicación, la personalización de las noticias es un fenómeno en auge. Las aplicaciones que distribuyen noticias personalizadas, como Recent.io y Toutiao, compiten con actores consolidados que solo recientemente han empezado a integrar la IA en sus modelos de negocio. Los editores digitales pueden usar la IA para conocer los hábitos de navegación de los usuarios. Al combinar esos datos con otros disponibles, como la ubicación o la actividad en las redes sociales, las personas pueden recibir recomendaciones de noticias adaptadas a sus áreas de interés, personalidad e incluso estado de ánimo.
Pero la personalización también puede tener inconvenientes. A algunas personas les preocupa que la capacidad de los bots para redactar sus propias noticias deje obsoletos a los periodistas. También hay un número creciente de expertos que temen que, aunque la IA prometa combatir el abuso en línea de forma más eficiente, la libertad de expresión se vea perjudicada si internet se convierte en un espacio vigilado por la IA. Otros temen la llegada de una «IA convertida en arma» capaz de manipularnos sin que lo sepamos y difundir propaganda que influya en decisiones importantes. Los lectores quizá lo descarten, hasta que recuerden la influencia de los bots en las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos.
Cadena de bloques
La cadena de bloques funciona como una capa sobre internet, igual que la World Wide Web. En esencia, esta tecnología utiliza pruebas criptográficas como base de confianza para las transacciones y es un motor clave para avanzar hacia un sistema abierto que ya no depende de intermediarios para garantizar la confianza.
Cualquier sector en el que un intermediario genere confianza podría verse transformado. Muchos habrán leído sobre las aplicaciones financieras de la cadena de bloques, por ejemplo, a través de la amplia cobertura de bitcoin. Pero la cadena de bloques no se limita a cuestionar el papel de los intermediarios financieros. De hecho, la tecnología podría transformar radicalmente la forma en que se remunera a los artistas al eliminar la necesidad de intermediarios entre los artistas y su público. Esto no sería una buena noticia para las discográficas.
Pero toda promesa conlleva riesgos, y la cadena de bloques no es una excepción. Alcanzar la escala y la interoperabilidad necesarias son los primeros obstáculos tecnológicos que deberá superar. El colapso de Mt Gox y la desaparición de casi 500 millones de dólares en activos de inversores nos recuerdan la importancia de la regulación y de garantizar que la tecnología se utilice de forma responsable. En términos más generales, eliminar intermediarios, cámaras de compensación y agentes supondrá que las personas quizá deban arreglárselas por su cuenta en las transacciones entre pares. En el ámbito del contenido creativo, esto significa que los músicos emergentes podrían tener que competir solos con artistas más consolidados y expertos en marketing.

Estas cuatro tecnologías son clave para el futuro de la economía creativa. Para bien o para mal, la realidad aumentada, la realidad virtual, la inteligencia artificial y la cadena de bloques transformarán de forma conjunta y fundamental cómo producimos y consumimos contenido en la economía creativa. Además, la economía creativa es un motor vital y creciente de crecimiento y empleo en muchos países. De hecho, se estima que las industrias creativas dan empleo a casi 30 millones de personas en todo el mundo y representan una economía mayor que la de India. Tan solo en el Reino Unido, en 2015, la economía creativa generó la asombrosa cifra de 14 millones de dólares por hora para la economía en su conjunto.
No es de extrañar que los responsables políticos presten cada vez más atención a los instrumentos que pueden apoyar sus economías creativas. The New York Times destacó recientemente la industria de los efectos visuales (VFX) como ejemplo de la importancia de la regulación para impulsar el crecimiento creativo. En un contexto de globalización, la provincia canadiense de Columbia Británica logró superar a Hollywood como lugar destacado para las empresas de VFX. Mediante subvenciones e incentivos fiscales, desarrolló su industria de VFX desde casi cero hasta contar con 28 estudios de efectos visuales en menos de 15 años.
Pero todo esto podría descontrolarse si no contamos con las políticas adecuadas. La prioridad ahora es garantizar que las intervenciones protejan a las personas, permitan el rápido desarrollo de la tecnología y estén diseñadas de manera que refuercen la contribución de las obras creativas y culturales a nuestras sociedades.


