¿Qué dirías que es lo que más estresa a la gente en su carrera profesional? Podría suponerse que odiar el trabajo o lidiar con la frustración de buscar uno nuevo encabezaría la lista. Pero, según los resultados de una encuesta anual que envío a varios miles de lectores de mi boletín por correo electrónico, el problema más común al que se enfrentan es que no tienen confianza en sí mismos.
Los lectores dijeron cosas como:
Quiero emprender un negocio, pero temo hacer el ridículo.
Siento que no deberían haberme elegido para el puesto que ocupo. Me siento un fraude.
Dudo de mí y me cuesta pedir lo que quiero.
Estas respuestas provienen de personas inteligentes y exitosas. La mayoría tiene títulos de posgrado. Algunas han alcanzado puestos directivos de alto nivel en empresas de la lista Fortune 500 cuyos nombres conoce todo el mundo. ¿Por qué cuestionan sus capacidades?
Por desgracia, para muchas personas la confianza en sí mismas es una meta difícil de alcanzar. Y eso se debe a que entendemos mal, desde sus fundamentos, cómo funciona. Tendemos a pensar que la confianza es un rasgo de personalidad y la tratamos como requisito previo para actuar. Así que aplazamos registrarnos en una aplicación de citas porque nos sentimos inseguros por nuestro aspecto, o dejamos de solicitar empleos porque nos preocupa no ser competitivos. Pero lo cierto es que la confianza no es un rasgo innato, sino una cualidad que se adquiere con la experiencia. Por eso deberíamos correr riesgos para desarrollar la confianza, y no al revés.
La historia malinterpretada de la confianza en uno mismo
¿Por qué nos obsesiona tanto la idea de la confianza en uno mismo? Muchas culturas —en particular la de Estados Unidos— consideran que la extroversión, el carisma y las habilidades sociales son cualidades muy deseables. Al fin y al cabo, si vas a perseguir la vida, la libertad y la felicidad, tienes que creer en ti. Las investigaciones también demuestran que nos sentimos más atraídos por las personas extrovertidas. Equiparamos automáticamente las muestras externas de confianza con la competencia.
Influida por el auge de la cultura juvenil, la riqueza y el consumismo después de la Segunda Guerra Mundial, la confianza adquirió un poderoso halo de misterio en la cultura estadounidense y contribuyó al movimiento de la autoestima de las décadas de 1980 y 1990. Se llegó a plantear que una autoestima elevada era la clave del éxito en la vida, tan poderosa que podía resolver problemas profundamente complejos, como la violencia en los barrios urbanos desfavorecidos.
Esto dio paso a una época de supuestas soluciones para imponer artificialmente la autoestima: desde premios por participar y estrellas doradas sin sentido hasta colmar de elogios a los niños, sin importar lo que hubieran hecho. Surgieron pequeños sectores comerciales que vendían soluciones superficiales para aumentar la confianza de las personas en 20 minutos o menos, repitiendo afirmaciones positivas. (La frase recurrente del personaje Stuart Smalley, de Saturday Night Live de Al Franken —«Soy suficientemente bueno, suficientemente inteligente y, demonios, le caigo bien a la gente»— se acercaba bastante a la realidad.)
Pero cuando el movimiento alcanzó su punto álgido en la década de 1990, el reconocido psicólogo Roy Baumeister empezó a preocuparse por la falta de pruebas sólidas que respaldaran las afirmaciones de que una autoestima positiva podía curar todos los males. Emprendió una revisión exhaustiva de las investigaciones, que confirmó su escepticismo. De los 15.000 artículos académicos sobre autoestima publicados a lo largo de tres décadas, solo 200 cumplían rigurosos estándares de investigación. Antiguo defensor del movimiento, concluyó que no había pruebas de que una autoestima elevada mejorara el rendimiento académico, el éxito laboral ni los resultados de salud.
Lo que demostró el movimiento de la autoestima es que no basta con que nos digan que somos especiales. Tampoco deberíamos intentar protegernos de las dificultades y de sentimientos negativos como la incertidumbre y el miedo. Cuando tratamos de proteger a nuestros hijos y a nosotros mismos de la gama normal de emociones humanas que acompaña la búsqueda de nuevas experiencias, perdemos la oportunidad de desarrollar una confianza auténtica y saludable.
Ganar confianza mediante el ensayo y error
La clave para descifrar el secreto de la confianza quizá esté en afrontar directamente esas emociones incómodas, como hizo la emprendedora Steph Crowder en directo en su pódcast. Contó con franqueza cómo una mala reseña reciente de una oyente la había tomado por sorpresa y le había arruinado el día. Pero la forma en que la afrontó marcó la diferencia.
A muchas personas podría tentarlas seguir el consejo convencional de «fingir hasta conseguirlo» e intentar ocultar su reacción con un optimismo falso. Sin embargo, las investigaciones muestran que mantener las apariencias es estresante y puede perjudicar activamente el bienestar. En cambio, Steph guio a sus oyentes por el proceso de escuchar comentarios negativos y aprender de ellos. Los estudios muestran que las personas que gestionan eficazmente sus emociones de esta manera —una habilidad activa de afrontamiento llamada regulación emocional— tienen mayor resiliencia y autoestima. El ejemplo de Steph ilustra el hecho de que la única manera de desarrollar la propia valía es mediante la conducta. Hay que ponerse en situaciones difíciles para aprender a salir adelante.
Haz el trabajo
A todos nos iría mejor si entendiéramos, como ha dicho Mindy Kaling, que la confianza no es algo que deba surgirnos de forma natural. Más bien, como escribe en su libro Why Not Me?«la confianza es como el respeto: es algo que hay que ganarse». Kaling recuerda:
Cuando empecé en The Office, no tenía nada de confianza. Cada vez que Greg Daniels entraba en la sala para hablar con nuestro pequeño grupo de guionistas, estaba tan nerviosa que subía y bajaba la silla involuntariamente, como si fuera un tic. Finalmente, unas semanas después, el guionista Mike Schur me puso la mano en el brazo y me dijo con suavidad: «Tienes que parar». Años más tarde me di cuenta de que era lógico que me sintiera así durante esos primeros meses. Todavía no me había ganado el derecho a tener confianza.
Con el tiempo, sin embargo, a medida que adquiría experiencia, Kaling ganó confianza. Lo mismo nos ocurre a todos. Tenemos que hacer cosas que nos dan miedo, no porque tengamos una fe ciega en que triunfaremos, sino simplemente porque vale la pena hacerlas.
Como sugiere la investigación de Angela Duckworth, las dificultades forjan el carácter. El fracaso genera sabiduría y madurez. Tenemos que fracasar y experimentar incomodidad y, con el tiempo, acumular un historial de éxitos demostrados. Una vez que te hayas demostrado que puedes actuar ante un público, correr un maratón o invitar a alguien a una cita, te resultará mucho más fácil confiar en ti la próxima vez que afrontes un gran desafío.
Así que, si no tienes confianza en ti mismo, no lo consideres un defecto personal. Quizá simplemente necesites más práctica. Aprendamos a ver la confianza no como un rasgo de personalidad, sino como una habilidad adquirida, al alcance de todos si estamos dispuestos a esforzarnos.


