Cada vez resulta más claro para los gobiernos y las organizaciones de todo el mundo que la inteligencia artificial (IA) tendrá un impacto positivo en la ciudadanía y la industria. Es una fuerza imparable que ya está aportando beneficios.
La IA afectará a todos los niveles de la sociedad y estará presente en ellos, y ofrecerá importantes oportunidades económicas a quienes adopten la revolución tecnológica histórica que trae consigo. Transformará sectores tan diversos como la abogacía, la medicina y la ciberseguridad. Los algoritmos ayudarán a las personas a gozar de mejor salud, estar más seguras y ser más productivas. Ya nos permiten analizar enormes conjuntos de datos, diagnosticar enfermedades complejas y responder a ciberamenazas.
Sin embargo, la IA también plantea desafíos. Las industrias y los gobiernos deben ser conscientes de sus posibles efectos negativos en la ciudadanía. Es razonable que les preocupe el uso poco ético de los datos, el posible desplazamiento de puestos de trabajo y las implicaciones para la seguridad en algunos casos de uso.
Veremos cómo se despliega la IA en diversos contextos, desde sistemas autónomos como automóviles y buques de carga hasta sistemas de apoyo clínico y herramientas de asistencia para la selección de personal. Estas son solo algunas de las formas potencialmente transformadoras en que se utilizará, pero su introducción planteará desafíos que tendremos que superar.
Los problemas son numerosos, pero todos pueden abordarse. Los sesgos que un desarrollador humano introduzca involuntariamente en los algoritmos podrían dar lugar a decisiones deficientes o incluso inseguras en aplicaciones de reconocimiento biométrico. Los sistemas de IA que recomiendan decisiones sobre solicitudes de hipotecas, multas de estacionamiento y recetas de medicamentos deberán ser éticamente sólidos y seguros desde el punto de vista sistémico.
También puede que los sistemas de IA deban tomar decisiones de vida o muerte. En una situación de emergencia, los algoritmos podrían tener que decidir si salvar a una persona adulta o a un niño. El posible uso de IA en sistemas de infraestructuras nacionales críticas también plantea cuestiones complejas. Por ejemplo, ¿cómo podemos garantizar que la adquisición, el diseño, la gobernanza y la supervisión del uso de la IA en el sector de generación eléctrica se realicen de forma segura?
Además de las cuestiones éticas y de seguridad, también debemos pensar en el impacto de la IA en la privacidad. Por buenas razones, puede darse a los algoritmos acceso a enormes conjuntos de datos procedentes de múltiples fuentes. En muchas aplicaciones, cuanto más diverso sea el conjunto de datos analizado, mejor y más preciso será el resultado. Sin embargo, como hemos visto recientemente, debemos ser transparentes sobre el uso que damos a los datos y garantizar que la ciudadanía dé su consentimiento. También debemos asegurarnos de que las aplicaciones de IA respeten los derechos de privacidad de los datos, ampliamente reconocidos en todo el mundo.
La prioridad principal de la mayoría de los gobiernos es proteger a la ciudadanía. Naturalmente, buscan maneras de adaptarse a las tecnologías innovadoras y adoptarlas, y estudian cómo puede su país asumir un papel destacado. Tradicionalmente, los gobiernos utilizan herramientas como la regulación y las normas para garantizar que la tecnología convencional se desarrolle de forma segura y beneficiosa. En el caso de la IA, debemos considerar si el enfoque tradicional sigue siendo adecuado y si puede adaptarse con suficiente rapidez para impulsar la innovación.
Nuestra tarea consiste en desarrollar una regulación «virtual» o «blanda», adaptable y flexible, que ofrezca el nivel adecuado de protección a la ciudadanía y permita a la industria innovar y materializar todo el potencial de la IA. Mediante la elaboración de directrices sobre buenas prácticas, podemos garantizar que las organizaciones innoven sin verse frenadas por enfoques bienintencionados pero inflexibles. Así, quienes innovan comprenderán los límites y las expectativas que fijan los gobiernos para el diseño, el desarrollo y el despliegue responsables de la IA. También podemos aprovechar la oportunidad para adoptar y promover el concepto de «IA responsable» y garantizar que se utilice y despliegue de manera coherente y conforme a normas éticas adecuadas.
Las directrices deberán ser dinámicas y elaborarse al mismo ritmo que avanza la tecnología. También deberán adaptarse a la aplicación o al sector en que se despliegue la tecnología. Las directrices o la regulación virtual concebidas para sistemas médicos quizá no sean adecuadas para aplicaciones de los sectores del entretenimiento o el comercio minorista.
La IA tampoco es fácil de definir. No es una tecnología única y específica, y quizá la ciudadanía en general no la comprenda bien. Las directrices deberán abarcar todas las posibles aplicaciones de la IA, desde el análisis básico de datos y las herramientas de asistente personal hasta el aprendizaje automático y los sistemas de IA más generalizados. También puede ser una oportunidad para ayudar a la ciudadanía a entender qué es la IA, cómo puede beneficiarla y cómo se supervisa y controla.
Creemos que esta tarea es apasionante y de importancia crítica. Con principios rectores sólidos, podemos motivar a las organizaciones a innovar en una carrera hacia la excelencia. Podrán ofrecer los enormes beneficios y cumplir las promesas de la IA dentro de límites aceptables. Esto tranquilizará a la ciudadanía de todo el mundo al demostrarle que las organizaciones están impulsando esta revolución positiva de manera respetuosa y ética.


