Los superordenadores tienen el potencial de convertirnos en superhumanos. Nuestro potencial y nuestro poder aumentan al mismo ritmo que las herramientas que tenemos a nuestro servicio.
El Consejo del Foro Económico Mundial sobre el Futuro de la Computación aspira a orientar ese poder. Nuestro objetivo es definir un futuro de la supercomputación positivo, inclusivo y centrado en las personas.
¿Cuál es el futuro de la supercomputación?
La supercomputación tiene el potencial de constituir la capa subyacente que respalde soluciones para muchos de los desafíos contemporáneos más apremiantes del mundo: los problemas globales de privacidad e identidad, el estancamiento de la investigación médica y la logística sostenible de las cadenas de suministro, por mencionar algunos.
Como dijo Albert Einstein: «No podemos resolver los problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos». La tecnología no ha creado todos esos problemas, pero podría aportar algunas respuestas.
Tenemos ante nosotros una gran oportunidad: diseñar la infraestructura de supercomputación para los próximos mil millones de personas. El primer grupo que alcance de manera constante este nivel de capacidad computacional tendrá una ventaja sobre el resto del mundo; encontrará todo tipo de maneras de predecir mejor el futuro y analizar el presente. Es probable que esta ventaja en capacidad de cálculo se traduzca en poder económico.
Esta carrera avanza por dos vías: la computación de alto rendimiento en términos de procesos de supercomputación (como la computación cuántica) y la infraestructura física que los sustenta (como los chips y los semiconductores). La convergencia de estas dos vías conduce a la supercomputación. Como dijo el profesor del MIT Isaac Chuang sobre el futuro de la computación cuántica: «Ya no es el sueño de un físico: es una pesadilla para un ingeniero».
Ese es el aspecto técnico. Una vez que hayamos superado este salto tecnológico, ¿para qué utilizaremos estas tecnologías? Una cosa es alcanzar la escala exa —mil trillones de cálculos por segundo—; otra muy distinta es aprovecharla.
¿Cómo afectarán la velocidad y la capacidad de procesamiento a los macrodatos, los problemas de privacidad nacional y las preocupaciones de seguridad nacional? ¿Cómo impulsarán el modelado computacional, la programación neurolingüística y los protocolos de cifrado?
La computación a escala exa promete avances emocionantes en muchos campos diversos: medicina personalizada, genómica, captura de carbono, astrofísica, economía de mercado, biocombustibles, cadena de bloques y criptografía, por mencionar solo algunos.
Nos permitirá predecir mejor el tiempo, resolver problemas algorítmicos más complejos (como el problema del viajante), explorar los confines de nuestro universo y crear una red eléctrica más eficiente desde el punto de vista energético.
Pero también puede traer consecuencias preocupantes. Cada herramienta que puede utilizarse para promover el bien común también puede servir a menudo para causar daño; un martillo puede usarse tanto para hacer daño como para construir una casa.
El lado menos brillante de la supercomputación
La supercomputación traerá muchas ventajas, pero también podría acelerar la perpetuación de los sesgos existentes. Algunas de las áreas que deberán vigilarse de cerca son la vigilancia policial predictiva, por ejemplo, en el sistema penitenciario o en las solicitudes universitarias; la minería de criptomonedas—imaginemos lo rápido que un auténtico ordenador cuántico podría minar bitcoins—; las preocupaciones por la privacidad, de las que Spectre y Meltdown —vulnerabilidades de hardware que permiten a los programas robar datos— son solo el comienzo; y el potencial de la supercomputación para provocar importantes pérdidas de empleo debido a la automatización a gran escala.
También corremos el riesgo de exacerbar las actuales desigualdades raciales, de género y socioeconómicas que se reflejan en las tecnologías que creamos. Estos problemas se agravarán mucho más rápido bajo el amparo de la supercomputación. ¿Cómo podemos evitar incorporar sesgos en los fundamentos mismos de la computación a escala exa?
También está el impacto ambiental adicional de la supercomputación. La cantidad de agua y energía necesaria para refrigerar estas máquinas gigantescas podría anular casi por completo cualquier resultado sostenible que permitieran obtener. Un ordenador de 1.000 petaflops consume la misma cantidad de energía que una central eléctrica de carbón promedio, suficiente para abastecer San Francisco durante un año. ¿Cómo podemos sopesar los beneficios tecnológicos frente a los problemas ambientales?
Estas son solo algunas de nuestras preocupaciones conocidas. Sin embargo, si queremos avanzar hacia el futuro, debemos replantearnos los problemas que la supercomputación podría crear y resolver. ¿Qué desconocemos y cómo podemos abrir la mente para plantear las preguntas adecuadas que nos permitan llegar allí? Algunas son:
⦁ ¿Para quién debemos construir, gestionar, regular y desarrollar estos nuevos sistemas computacionales?
⦁ ¿Cómo los alimentaremos de forma sostenible, respetuosa con el medio ambiente y rentable?
⦁ ¿Cómo hacemos que esta revolución computacional sea inclusiva y beneficiosa para todas las regiones y todas las personas del mundo, a fin de crear una sociedad más igualitaria?
⦁ ¿Cómo evitamos las consecuencias imprevistas que podrían derivarse de los sistemas computacionales que estamos construyendo?
⦁ ¿Cómo satisfacemos nuestras necesidades sin perjudicar a las generaciones futuras ni a otras comunidades?
⦁ ¿Cómo nos aseguramos de que las innovaciones en IA y supercomputación se orienten a fines productivos y no desemboquen en una nueva carrera armamentista?
⦁ Y ¿quién organiza, quién paga y quién se beneficia?
Contar una historia responsable
Al tratar de responder a estas preguntas, podemos recurrir a dos visiones predominantes de la humanidad: la utopía y la distopía. Ambas son igual de importantes al considerar cualquier tecnología exponencial.
Las visiones utópicas nos ofrecen un deslumbrante escenario ideal hacia el que avanzar; las distópicas, un sombrío peor escenario del que huir. Aunque sus impulsos sean distintos, ambas perspectivas nos empujan en la misma dirección: el resultado es el mismo, pero la energía que determina la velocidad es diferente. ¿Avanzamos hacia el futuro que queremos ver o huimos de un futuro en el que tememos vivir?
Pero, a diferencia de la computación tradicional, el futuro no es binario: oscila entre ambos estados según el contexto y la perspectiva personal. Por eso, debemos aprender a sostener al mismo tiempo nuestros ideales utópicos y distópicos en cada mano, algo parecido a cómo un cúbit puede representar simultáneamente un 0 y un 1. Es la superposición del futuro.
Sea cual sea tu fuente de inspiración, ambas imaginaciones solo sirven si se traducen en acciones concretas. Si queremos un futuro en el que las comunidades rurales tengan acceso a la capacidad de procesamiento a escala exa, ¿qué pasos podemos dar para hacerlo realidad? Y si no queremos un futuro en el que la desigualdad de acceso haya creado una subclase social desconectada, ¿qué protocolos podemos establecer para evitar una división de oportunidades?
La edición de 2018 del Consejo Global sobre el Futuro de la Computación sentó las bases sobre las que trabajarán los miembros de este año. Mientras que el primer Consejo se centró principalmente en las realidades del futuro tecnológico de la computación, el segundo examinará cómo podemos aplicarla de manera responsable en todos los sectores.
Nuestro mandato es: «Las nuevas innovaciones en computación son el sistema nervioso de la Cuarta Revolución Industrial: impulsan tecnologías que transforman las empresas en todos los sectores y tienen un inmenso potencial para beneficiar ampliamente a la sociedad. Este gran potencial también conlleva grandes riesgos: ¿cómo podemos garantizar que las tecnologías computacionales se adopten de forma responsable, teniendo presentes la sostenibilidad y el bien común?»
Las tecnologías exponenciales crean el potencial tanto para avances exponenciales como para el peligro. Debemos avanzar con confianza, pero también mantenernos alerta ante las consecuencias imprevistas de la innovación.
Las oportunidades que la computación a escala exa podría ofrecer al mundo —a los países en desarrollo, al progreso científico y a los intereses empresariales— son inmensas. Pero también lo es nuestra responsabilidad de aprovecharla correctamente.
Al pasar de las conclusiones del primer Consejo a los objetivos del segundo, nos basaremos en lo ya logrado para impulsar una visión del futuro de la computación centrada en las personas. Al fin y al cabo, pronto no solo los ordenadores alcanzarán la escala exa: también lo hará la humanidad.



