Algún día, la inteligencia artificial podría llegar a ser tan avanzada que adquiriera la capacidad de pensar de forma creativa y, quizá, superara tanto las capacidades artísticas de la humanidad que tuviera que explicar sus creaciones a nuestros cerebros blandos y primitivos.
Al menos, esa es una de las predicciones que hace el físico, filósofo e investigador de la creatividad Arthur Miller en su nuevo libro, «The Artist in the Machine». El libro, publicado el mes pasado, detalla cómo las máquinas empiezan a demostrar creatividad, desde aprender a improvisar música hasta reunir ideas de campos de investigación aparentemente inconexos, y plantea cómo podría continuar esta tendencia.
Futurism conversó con Miller sobre su libro y sus ideas acerca del arte y el futuro de la creatividad. Aunque algunas de las tecnologías que describe Miller, como la inteligencia artificial general, probablemente pertenezcan a un futuro lejano, sostiene que la tecnología actual podría ser más creativa de lo que muchos creen.
Esta entrevista se ha editado y condensado para mayor claridad.
Futurism: En su libro, describe la creatividad como la combinación de una larga lista de rasgos y características. ¿Es posible dar una definición más sencilla? ¿Cambia cuando se habla de una máquina en vez de una persona?
Arthur Miller: En esencia, consiste en ir más allá de lo que uno sabe. En una máquina ocurre algo parecido: ir más allá de su algoritmo para producir una nueva forma de arte. La creatividad se consigue resolviendo problemas.
F: Entiendo el argumento de que ver a un algoritmo dar saltos más allá de su programación explícita o establecer conexiones entre distintos conjuntos de datos se parece a la creatividad humana. Pero ¿no cabe argumentar que hacer eso —llegar a la solución más elegante de un problema, como al jugar al ajedrez o al Go— es precisamente para lo que están programadas la IA y las herramientas de aprendizaje automático, aunque esa elegante respuesta sea distinta de la que encontraron los humanos?
AM: Cuando se habla de AlphaGo, el algoritmo que descifró el Go, lo que hizo esencialmente fue saltarse su programa. No se suponía que hiciera una jugada clave. De hecho, se consideró una mala jugada: el equipo de Go pensó que había tenido un fallo. Ganó calculando que la probabilidad de que un humano hiciera esa jugada era de una entre 10.000. Eso es más que un atisbo de creatividad.
Hay experimentos con el lenguaje que me parecen sumamente interesantes. Las máquinas pueden crear prosa con juegos de palabras a los que no estamos acostumbrados. Pueden explorar esa delgada línea entre lo que tiene sentido y lo que no.
Esto demuestra que las máquinas pueden transformar el panorama del lenguaje. El desenlace podría ser que, cuando tengamos máquinas sofisticadas capaces de producir prosa que tenga sentido para ellas, quizá deban traducírnosla. Tendrían que educarnos —esto ocurrirá en un futuro lejano— y hasta podríamos convenir en que lo que producen es más sofisticado o interesante que lo que hacemos nosotros.
En mi opinión, siempre deberíamos tener presente la gran pregunta: ¿pueden ser creativas las máquinas, pueden producir arte? Pero también está la pregunta de si podemos aprender a apreciarlo.
F: En un pasaje de su libro, escribe: «Cuando las máquinas alcancen nuestro nivel de creatividad, podrán desarrollar una creatividad propia, una creatividad que por ahora no estamos preparados para imaginar». ¿Cómo será ese nuevo nivel de pensamiento creativo? Cuando habla de necesitar traducciones, ¿sugiere que algún día la IA podría concebir creaciones verdaderamente exóticas, o más bien que no entenderemos la lógica que la máquina siguió durante el proceso?
AM: Es una mezcla de ambas cosas. A mi juicio, cuando las máquinas dominen el inglés y cuenten con un buen procesamiento del lenguaje natural, leerán la web muy rápido. Las máquinas contendrán más conocimientos de los que podríamos reunir en toda una vida.
Verán cosas como el amor y las emociones y dirán: «Vaya, qué interesante, investiguémoslo», y nos convencerán de que tienen esas cosas. Con el tiempo, las máquinas podrán reproducir nuestras emociones, nuestra inteligencia y nuestra creatividad. Eso se llama inteligencia artificial general: cuando las máquinas son tan inteligentes como nosotros.
Y entonces quizá desarrollen una creatividad que nos supere, porque las máquinas tienen potencial para una creatividad ilimitada. Con esto quiero decir que, cuando investigamos un campo, lo hacemos basándonos en conocimientos acumulados. Las máquinas tendrán más conocimientos acumulados y una mayor capacidad de creatividad mediante la resolución de problemas.
F: ¿Encontrar una forma de programar la conciencia es la clave para crear una IA verdaderamente creativa? ¿Puede ser verdaderamente creativa una tecnología sin conciencia?
AM: ¿Por qué habría que atribuir la capacidad de sentir únicamente a los seres humanos? A medida que avancemos, se transformará el concepto de lo que significa ser humano.
Por ejemplo, la corriente transhumanista predice que sustituiremos partes del cerebro por chips. Llegaremos a un punto en que máquinas y humanos trabajen juntos, y luego las máquinas se independizarán y trabajarán por su cuenta. Así habrá tres grupos: los humanos que se queden atrás, los humanos que trabajen con máquinas y las máquinas.
No hay razón para que una máquina no pueda tener conciencia. La definición de lo que significa ser humano está cambiando rápidamente. Y también ha ido cambiando la definición de lo que significa tener conciencia.
F: Hablemos entonces de un futuro en el que la mente humana esté al menos parcialmente fusionada con las máquinas. ¿Cómo funcionaría esa fusión? ¿Se trataría de que las máquinas aportaran nuevas habilidades?
AM: En mi libro hay un buen ejemplo de un dispositivo llamado Continuator, creado por François Pachet. En un momento dado, le interesó crear un dispositivo que ayudara a los músicos, sobre todo en el aspecto creativo, a improvisar. Un pianista se sienta al piano y empieza a tocar; las notas se envían al Continuator. Este las convierte en frases y produce su propia improvisación basándose en lo que había tocado el músico. Luego el pianista toca más y el ciclo continúa. La improvisación se convierte en una conversación entre el músico y la máquina.
F: Cuando hablamos de improvisación musical, hay azar y sorpresa dentro de una frase, pero también hay un orden que la sustenta. ¿Puede una computadora saber cuándo seguir las reglas de la teoría musical y cuándo romperlas?
AM: Estas máquinas no tienen conciencia. Por así decirlo, siguen funcionando, buscan patrones recurrentes y los analizan. El ser humano muestra sorpresa porque tiene conciencia de sí mismo, pero la máquina no.
F: Si la máquina solo analiza patrones, ¿su valor depende de que nosotros lo interpretemos como improvisación?
AM: Buscamos patrones en todo lo que hacemos; en realidad, es un mecanismo de supervivencia innato. El público responde y el músico responde, pero la máquina no sabe qué tipo de música se está improvisando, aunque suene agradable. Es el tipo de música que esperaríamos; en realidad, no es innovadora. Sin embargo, alguien que esté en la habitación de al lado no puede distinguir si toca la persona o el Continuator, así que, en ese sentido, la computadora supera una prueba de Turing musical.
F: ¿Hay alguna forma de atribuir valor al arte robótico sin compararlo con una creación humana?
AM: Creo que es un error evaluar la obra de una IA según si se puede distinguir de la obra de una persona. ¿Qué sentido tendría? Queremos que la IA cree obras de arte que ahora ni siquiera podemos imaginar. Es imposible definir qué es el arte. En su época, las obras de Picasso se consideraban una broma.
F: La tecnología actual ya puede ayudar a las personas a potenciar su creatividad y ofrecerles nuevas herramientas para crear arte; además, existen herramientas rudimentarias que crean cosas por sí solas. ¿Dónde termina la herramienta y empieza el creador? ¿Cuándo se convierte la propia tecnología en creadora?
AM: Se empieza a atribuir mérito a la máquina cuando produce obras generalmente aceptadas en el mundo del arte y cuando aprendemos a aceptarlas como obras de arte, aunque las haya creado una máquina.
F: ¿Ya hemos llegado a ese punto?
AM: El mundo del arte se acerca a ese punto, pero todavía no hemos llegado. Ni siquiera podemos imaginar cómo será ese nuevo arte. Quizá sea tridimensional: arte impreso en 3D.
F: Este debate ya está en marcha: los desarrolladores se enfrentan a la oficina de patentes para decidir si el mérito por los resultados de un algoritmo debe atribuirse a ellos o al propio algoritmo.
AM: Creo que sé a qué se refiere. Hay un algoritmo al que se le indican las características de una silla y que crea dos millones de sillas. Al menos por ahora, la máquina y el ingeniero deberían compartir el mérito.
Pero, en realidad, casi me inclinaría por atribuirle más mérito a la máquina. Generaba sillas de tres patas y diseños extraños que al humano no se le habrían ocurrido. Así que la máquina tiene libertad creativa porque se salta su algoritmo, va más allá de su programación. Produjo algo que no estaba en el repertorio.


