Este artículo se publica en colaboración con Quartz.
Con el peso encima, tropezando por el mundo con visión de túnel y sin poder librarme del pitido en los oídos, envejecí unos 50 años en cinco minutos durante la Consumer Electronics Show de esta semana en Las Vegas.
El 5 de enero, la compañía de seguros Genworth Financial presentó un exotraje robótico que muestra a quienes lo llevan lo que se siente al envejecer.
El R70i fue creado por la firma de diseño Applied Minds, cuyo cofundador, Bran Ferren, es el antiguo presidente de los Imagineers de Disney. Para probarlo, hay que ponerse algo muy parecido a un traje de neopreno —los técnicos, entre bastidores, me explicaron que es necesario porque «vas a sudar». A continuación, te sujetan firmemente al exotraje, que pesa más de lo que aparenta.
El sistema utiliza un casco de realidad virtual Oculus y unos auriculares gigantes para bloquear la visión y la audición naturales, sustituyéndolas por versiones distorsionadas de la realidad. Incluso antes de llegar con Ferren a la zona de demostración, no tenía del todo el control de mis movimientos. Un «asistente» me ayudó a cruzar el suelo del centro de convenciones.
Ferren me pidió que me quedara quieto —una de las pocas cosas que todavía podía hacer con ese traje— y me preguntó qué veía. Mediante un sistema inalámbrico conectado al traje, redujo lentamente mi campo visual, difuminando primero los laterales, luego el centro, y después me mostró qué se siente al tener cataratas.
Hizo lo mismo con mi audición: primero me provocó un zumbido en los oídos —que, gracias al interminable desfile de máquinas tragaperras, stands de demostración y taxis de Las Vegas, no estoy del todo seguro de que haya desaparecido realmente—; después, ralentizó y repitió el audio que escuchaba en los auriculares, lo que hacía difícil incluso recitar la letra de «Mary had a little lamb».
Entonces llegaron las pruebas reales. Ferren me subió a una cinta de correr y me pidió que caminara a un ritmo lento. Era difícil, pero podía mantenerlo durante un rato. Un monitor mostraba mi frecuencia cardíaca en una pantalla a mi lado para que todos la vieran. Después, Ferren me dio las piernas de una persona de 100 años, frenándome como si caminara por un barro que me llegara a la cintura. Mi frecuencia cardíaca se disparó.
Cambió la configuración para mostrarme lo difícil que es caminar con una cadera dañada, y me encontré dando bandazos hacia un lateral de la cinta. Afortunadamente, el tormento del envejecimiento terminó ahí y volví a mi estado semijuvenil. Ferren me preguntó cómo me sentía, y le dije que ahora temo envejecer. «La alternativa es mucho peor», respondió. El objetivo del traje, según Ferren, es mostrar a la gente que debemos prestar mayor atención a los efectos del envejecimiento en quienes nos rodean. Es difícil empatizar con un dolor que no se ve, o con limitaciones que no son fácilmente visibles. El R70i también podría utilizarse, en teoría, para lograr el resultado contrario, afirmó: devolver la movilidad y los sentidos a las personas mayores. En países como Japón, donde más de una cuarta parte de la población tiene más de 65 años, existe una gran necesidad de crear sistemas que garanticen la atención a las personas mayores. Varias empresas japonesas están trabajando en exotrajes para mejorar el cuerpo humano, por lo que quizá no tarde en hacerse realidad la afirmación de Ferren. Pero, ojalá el día en que nuestra ropa nos dote de fuerza robótica sobrehumana, no nos haga parecer figurantes de Tron. La publicación de este artículo no implica el respaldo de las opiniones expresadas por parte del Foro Económico Mundial.
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Autor: Mike Murphy es periodista de Quartz, especializado en tecnología.
Imagen: Bran Ferren (izq.), fundador de Applied Minds, habla con un periodista que lleva un traje de envejecimiento R70i durante una presentación previa del stand de Genworth en la feria comercial CES de 2016. REUTERS/Steve Marcus.


