Este artículo se publica en colaboración con Harvard Gazette.
Es una pregunta que a la mayoría de los abogados les gustaría poder responder: ¿cómo y por qué llegan los jueces y los jurados a sus decisiones?
Según Joshua Buckholtz, la respuesta podría estar en la forma en que está cableado nuestro cerebro.
Un nuevo estudio coescrito por Buckholtz, profesor adjunto de psicología en Harvard, René Marois, profesor y presidente del departamento de psicología de la Universidad de Vanderbilt, y sus colegas explica cómo una región cerebral llamada corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC) coordina las decisiones de castigo de terceros, como las que toman los jueces y los jurados. El estudio se describe en un artículo publicado recientemente en la revista Neuron.
“El castigo de terceros es la piedra angular de todos los sistemas modernos de justicia, y este estudio sugiere que nuestra capacidad para tomar este tipo de decisiones se origina en una forma muy básica de procesamiento de información que no es específica de la toma de decisiones sociales en absoluto”, dijo Buckholtz. “Creemos que este proceso de bajo nivel y de dominio general de integración de información constituye una base sobre la que se desarrollan procesos cognitivos y sociales de orden superior.”
Para Buckholtz y Marois, el nuevo artículo representa la culminación de más de siete años de trabajo.
“Logramos cambiar de forma significativa la cadena de toma de decisiones y reducir el castigo por delitos sin afectar la culpabilidad moral”, dijo Marois, coautor principal del estudio. “Esto refuerza la evidencia de que la corteza prefrontal dorsolateral integra información de otras partes del cerebro para determinar el castigo y muestra una clara disociación neural entre las decisiones de castigo y los juicios de responsabilidad moral.”
Mientras aún eran estudiantes de posgrado en Vanderbilt, Buckholtz y Marois publicaron el primer estudio sobre los mecanismos neuronales que subyacen a tales decisiones de castigo de terceros, y siguieron explorando esos mecanismos en estudios posteriores.
Sin embargo, si bien esos artículos anteriores mostraron que la actividad de la corteza prefrontal dorsolateral se correlacionaba con el comportamiento punitivo, no lograron determinar un papel causal ni explicar exactamente qué hacía esa región cerebral para respaldar estas decisiones.
“No estaba del todo claro. ¿Esta región correspondía a una evaluación del estado mental o de la culpabilidad del autor, o cumplía alguna otra función? ¿Evaluaba la responsabilidad causal en un sentido más general?”, preguntó Buckholtz. “En este artículo intentamos desarrollar una forma de asociar selectivamente el papel de esta región con un proceso más específico y descartar hipótesis alternativas.”
Para ello, Buckholtz, Marois y sus colegas recurrieron a la estimulación magnética transcraneal (TMS), una técnica no invasiva que utiliza electroimanes potentes para interrumpir de forma reversible el procesamiento de información cerebral.
Como parte del estudio, Buckholtz y sus colegas pidieron a voluntarios que leyeran una serie de escenarios que describían a un protagonista que cometía delitos que iban desde un simple robo hasta una violación y un asesinato. Cada escenario variaba según el grado de responsabilidad moral del autor por sus actos y la magnitud del daño causado. En sesiones separadas, los participantes estimaron el nivel de culpabilidad de los autores por cada delito y decidieron cuánto castigo debían recibir, mientras los investigadores estimulaban la región cerebral mediante el método magnético transcraneal.
“Lo que demostramos es que, cuando se altera la actividad de la DLPFC, no cambia la forma en que evalúan la culpabilidad, pero sí reduce los castigos que asignan a los agentes moralmente responsables”, dijo Buckholtz.
El equipo logró confirmar esos hallazgos mediante resonancia magnética funcional y, además, demostró que la corteza prefrontal dorsolateral solo era sensible a la responsabilidad moral al tomar decisiones de castigo (pero no de culpabilidad). Esto respaldó la idea de que la región cerebral no se limitaba a registrar la responsabilidad causal de una acción. Aun así, no respondió a la pregunta de qué hacía realmente la región durante las decisiones de castigo.
“Otros habían sugerido que la DLPFC era importante para inhibir las respuestas egoístas durante el castigo. Esa idea no era coherente con nuestros datos previos, lo que nos llevó a proponer un modelo diferente”, dijo Buckholtz. “Lo que esta región realmente hace bien —y lo hace bien independientemente del tipo de decisión que se tome— es integrar información. En particular, las decisiones de castigo requieren integrar la culpabilidad de un autor por un acto ilícito con la magnitud del daño que realmente causó ese acto.”
En un estudio previo dirigido por el coautor Michael Treadway, ahora en la Universidad de Emory, los autores demostraron que otras regiones cerebrales son las principales responsables de representar la culpabilidad y el daño, y que estas áreas transmiten esa información a la corteza prefrontal cuando llega el momento de tomar una decisión.
Mediante modelos estadísticos, el equipo demostró que, en condiciones normales, el impacto de la culpabilidad de un autor en las decisiones de castigo está correlacionado negativamente con el impacto de la información sobre la magnitud del daño causado.
“Se puede pensar en ello como un juego de suma cero”, dijo Marois. “Cuanto más te concentras en el daño que alguien causa, menos te concentras en lo culpable que es, y cuanto más te concentras en su culpabilidad, menos te fijas en el daño.”
Alterar la función de la corteza prefrontal dorsolateral, sin embargo, trastoca ese equilibrio.
“Hace que las personas dependan más de la información sobre el daño y menos de la información sobre la culpabilidad”, explicó Buckholtz. “Dado que, en general, la TMS reduce el castigo, al principio nos pareció contraintuitivo. Cuando analizamos el tipo de delitos que se veían afectados, descubrimos que se trataba sobre todo de daños de magnitud intermedia, como delitos contra la propiedad y agresiones. En esos casos, el daño es relativamente leve, pero la persona que comete el delito tenía la intención de causar un daño mucho mayor.”
A modo de ejemplo, Buckholtz citó el caso de una agresión que provoca un brazo roto. Si uno se centra en la culpabilidad del autor, es fácil imaginar que el agresor pretendía causar un daño mucho mayor. En tal caso, centrarse en la intención conducirá a un castigo más severo que si se da más peso a la magnitud real del daño.
El hallazgo de que una breve dosis de estimulación magnética altera las decisiones de castigo sin duda despertará interés entre quienes trabajan en el ámbito jurídico. Pero no tan rápido, advirtió Buckholtz. “Cualquier sugerencia de que este trabajo tiene aplicaciones en el mundo real está muy exagerada. La magnitud del efecto de la TMS es bastante modesta, y nuestro experimento no reproduce las condiciones en las que las personas toman decisiones en los tribunales de primera instancia. El valor de este estudio radica en revelar los mecanismos básicos que utiliza el cerebro para tomar estas decisiones. La TMS no tiene cabida en el sistema judicial.”
Este estudio fue posible gracias al apoyo de la Research Network on Law and Neuroscience, financiada por la John D. and Catherine T. MacArthur Foundation, que fomenta la colaboración en investigación entre neurocientíficos y juristas; el National Institute of Mental Health; el National Institute on Drug Abuse; la Sloan Foundation; la Brain & Behavior Research Foundation; y el Massachusetts General Hospital Center for Law, Brain, and Behavior.
La publicación no implica el respaldo de los puntos de vista del Foro Económico Mundial.
Para estar al día con la Agenda suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Peter Reuell es redactor de plantilla de Harvard.
Imagen: Una mujer camina junto a una exhibición de un corte del cerebro. REUTERS/Brian Snyder.

