¿Cómo podemos dar una oportunidad a las tecnologías más prometedoras de Europa?

¿Cómo podemos dar una oportunidad a las tecnologías más prometedoras de Europa?
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El sistema europeo de apoyo a las innovaciones revolucionarias está roto. Estamos en los albores de una nueva ola tecnológica en la que las tecnologías digitales empiezan a revolucionar el mundo de los productos físicos, tal como revolucionaron los servicios durante los últimos 15 años. Dada su ciencia e ingeniería de primer nivel mundial, Europa debería estar bien posicionada para beneficiarse de esta tendencia. Sin embargo, la realidad es distinta. Si una investigadora o un investigador europeo inventa una tecnología física verdaderamente transformadora, pero no está establecido en un puñado de lugares como Cambridge, tiene prácticamente cero posibilidades de convertirla en una empresa competitiva a escala mundial.

En primer lugar, Europa tiene un grave problema estructural de acceso a financiación para empresas en fase inicial basadas en la ciencia y la I+D («deep tech»). Esto ocurre a pesar de la ingente financiación que los gobiernos de toda Europa destinan a investigación y desarrollo (I+D): más de 100.000 millones de euros cada año. Gran parte se concede en forma de subvenciones diseñadas para apoyar la investigación y el desarrollo aplicados, es decir, actividades que deberían dar lugar a aplicaciones prácticas en forma de nuevos productos y servicios.

El problema es que la mayor parte de este dinero no acaba en nuevas empresas, que suelen ser las impulsoras de la innovación disruptiva. En cambio, gran parte se canaliza hacia organizaciones ya establecidas, tanto del sector privado como del público, que simplemente saben cómo desenvolverse en el juego de los fondos públicos para I+D.

Incluso cuando una joven empresa tecnológica líder logra obtener parte de esta financiación, el dinero público no la ayuda con el factor más importante para el éxito: las capacidades prácticas necesarias para desarrollar un negocio real. Para ello hacen falta personas con amplia experiencia en la creación de empresas, además de conocimientos especializados y contactos en el sector. En general, es muy difícil encontrar a esas personas fuera de los mejores centros tecnológicos del mundo. La mejor manera de incorporarlas a una empresa incipiente que no nació en uno de esos lugares es mediante «dinero inteligente» privado, como el capital riesgo. Sin embargo, ese es un problema aún mayor en Europa.

Aunque la inversión de capital riesgo en Europa creció un 77% en 2014, casi nada de ella se dirige a las start-ups de deep tech. Como resultado, por muy buenas que sean sus tecnologías, a estas empresas les resulta extremadamente difícil conseguir financiación semilla (del orden de 200,00 EUR a 2 millones EUR) y prácticamente imposible obtener financiación de las series A o B (entre 3 y 10 millones EUR).

El capital riesgo convencional invierte tan poco en deep tech por razones estructurales. En primer lugar, las empresas basadas en la ciencia conllevan un riesgo tecnológico inherente: a veces, una tecnología que funciona perfectamente en un laboratorio simplemente no funciona a escala industrial; o un fármaco que parece obrar milagros en ratones no tiene efectos reales en las personas. En segundo lugar, los genios científicos no son necesariamente emprendedores sobresalientes y experimentados. Como resultado, los inversores tienen que involucrarse mucho más en el día a día de una empresa de deep tech que en el de una start-up de software o internet. Eso limita el número de empresas de deep tech en las que pueden invertir simultáneamente. En tercer lugar, las start-ups basadas en la ciencia y la I+D suelen necesitar más capital, sobre todo en las primeras etapas de vida de la empresa, cuando el riesgo es mayor. Por último, en comparación con las start-ups de software o internet, las empresas de deep tech suelen necesitar mucho más tiempo para llevar sus productos al mercado.

Todos estos factores hacen que invertir en empresas de deep tech sea mucho más difícil y arriesgado que invertir en empresas «digitales».

Entonces, ¿cómo podemos poner en marcha las start-ups de deep tech de Europa? Siendo realistas, el problema solo puede resolverse mediante una colaboración inteligente entre los sectores privado y público. El sector público necesita que el privado le ayude a identificar las empresas tecnológicas más prometedoras y a brindar apoyo continuo al desarrollo de sus negocios. Simplemente no tiene sentido que los gobiernos canalicen grandes subvenciones hacia la I+D aplicada que tiene pocas probabilidades de éxito comercial. Al mismo tiempo, el sector privado necesita que el público le ayude a abordar las externalidades y los riesgos estructurales que implica invertir en ciencia e ingeniería. Fuera de centros tecnológicos extremadamente desarrollados, como Silicon Valley o Cambridge, el capital privado no se volcará en la inversión en deep tech sin apoyo público que reduzca los niveles de riesgo hasta hacerlos comparables a los de invertir en start-ups digitales.

Con más de 100.000 millones de euros canalizados por los gobiernos europeos hacia la I+D, está claro que el dinero no es el problema. Un instrumento bien diseñado que destinara incluso el 1% de esa cantidad a ofrecer cofinanciación mediante subvenciones de fácil acceso para inversiones inteligentes de capital privado en empresas basadas en la ciencia y la I+D podría obrar milagros. Y no hay mejor momento para hacerlo que ahora. Al fin y al cabo, ¿no persigue el nuevo Plan Juncker para impulsar la economía de la UE exactamente los mismos objetivos: invertir en los proyectos y empresas más prometedores de Europa de una manera que movilice la cofinanciación privada e impulse la competitividad europea mediante innovaciones?

Autor: Martin Bruncko es emprendedor e inversor en deep tech, además de ex viceministro eslovaco de Innovación y exjefe de Europa en el Foro Económico Mundial. También es un Joven Líder Global.

Imagen: Se colocan pipetas cerca de una muestra de cerebro de rata para un experimento en un laboratorio del Proyecto Blue Brain, en el Instituto del Cerebro y la Mente de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), en Ecublens, cerca de Lausana, el 9 de mayo de 2011. REUTERS/Denis Balibouse

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