El desarrollo económico requiere y promueve la adquisición de nuevas capacidades. A medida que se desarrollan, los países no se especializan, sino que diversifican sus economías. Pero esta diversificación es posible gracias a la especialización de agentes económicos individuales —en particular, de nuevas empresas formales—, cuya productividad aumenta con un uso más intensivo de la tecnología. La pregunta es: ¿cómo consiguen la tecnología?
Sostenemos que existen, en esencia, tres modalidades alternativas de adquisición de tecnología: «desarrollarla» (crear nuevas tecnologías internamente), «atraerla» (captar inversión extranjera directa, IED) y «comprarla» (adquirir tecnología). Dadas las dificultades que muchas economías en desarrollo han tenido para utilizar las modalidades de «desarrollarla» y «atraerla», presentamos argumentos a favor de considerar la modalidad de «comprarla» como medio para adquirir tecnología en países en desarrollo, y como una opción que pueden aplicar los gobiernos orientados al desarrollo.
A nivel empresarial, el argumento a favor de la modalidad de «comprar» queda demostrado por el gran volumen de fusiones y adquisiciones destinadas a ampliar las capacidades de las empresas. En 2013 se anunciaron alrededor de 40.000 operaciones, valoradas en aproximadamente 3 billones de dólares estadounidenses, y una buena parte de ellas tenía por objeto la diversificación.
A nivel de país, China ha estado, en sentido figurado, absorbiendo empresas de todo el mundo: la adquisición por Lenovo del negocio de fabricación de ordenadores personales de IBM; la adquisición por CNOOC de capacidades empresariales mediante la compra de Nexen; y el acceso de Huawei a redes extranjeras de conocimiento, con más de 20 centros de I+D en todo el mundo, son solo algunos ejemplos.
Pero China es la excepción que confirma la regla: la mayoría de los países en desarrollo no recurre a esta modalidad y se limita a «desarrollar» o «atraer» tecnología, dos opciones que presentan problemas.
Crear empresas y desarrollar tecnología desde cero no solo lleva tiempo, sino que también es claramente difícil, como demuestra la altísima tasa de fracaso de las empresas emergentes. De hecho, desarrollar nuevas líneas de productos es difícil incluso para empresas consolidadas; de ahí el uso habitual de fusiones y adquisiciones para completar la gama de productos de una empresa o establecer presencia en un nuevo segmento de mercado.
Asimismo, atraer IED es difícil: la competencia entre países y regiones es intensa, y los incentivos que pueden exigir las empresas multinacionales (EMN) pueden resultar costosos para los países en desarrollo con restricciones fiscales. Además, las EMN tienen todos los incentivos para impedir que los conocimientos se difundan a la industria nacional —de ahí su firme protección de la propiedad intelectual (PI)—, y sus intereses pueden no estar bien alineados con la agenda de desarrollo de un país en desarrollo. Asimismo, el capital tiende a fluir de forma desproporcionada hacia los principales destinos, lo que refleja las externalidades positivas de la proximidad a otras formas de capital; los países en desarrollo más pequeños sencillamente no figuran en los planes de la mayoría de las EMN.
Los países en desarrollo deberían considerar una estrategia de IED hacia el exterior que complemente sus estrategias de IED hacia el interior (es decir, comprar empresas y los conocimientos tecnológicos y de gestión que estas incorporan). Al aplicar la modalidad de «comprar», los países en desarrollo pueden establecer sociedades de cartera industriales que adquieran, por una fracción del costo de la inversión original, los activos (y, temporalmente, la gestión) de plantas y empresas de interés tecnológico. Aunque esas empresas hayan fracasado en su entorno original, trasladadas a entornos de países en desarrollo y asociadas con empresas locales, pueden representar mejoras tecnológicas importantes para el país en desarrollo y ayudarlo a ascender en la escala tecnológica. En otras palabras, en vez de «elegir ganadores» para impulsar el desarrollo, como propondría la política industrial vertical tradicional, examinamos la eficacia de «comprar empresas perdedoras».
¿Por qué centrarse en las empresas?
Las empresas pueden considerarse los «sistemas operativos» de la economía del sector privado. Reúnen tecnologías de producción, métodos empresariales, información de mercado y capital humano, y los coordinan con fines comerciales. Estos «conocimientos prácticos» se basan en la acumulación de numerosas tecnologías y capacidades. Es importante señalar que las empresas conservan estos conocimientos para que los absorban los nuevos empleados, quienes se los llevan consigo cuando pasan a un nuevo empleo. La disponibilidad de trabajadores cualificados para las nuevas empresas se debe tanto, si no más, a la rotación laboral en otras empresas como a los sistemas educativos formales.
La importante función que cumplen las empresas al reunir conocimientos prácticos puede ilustrarse con un ejemplo sencillo: la tecnología anterior a 1990 no conlleva requisitos de licencia, ya que las patentes han expirado y pueden copiarse libremente. Por consiguiente, los países en desarrollo podrían industrializarse hasta alcanzar un nivel acorde con la tecnología más avanzada de principios de la década de 1990, sin costos de licencia. Sin embargo, aunque esto parecería representar un avance significativo con respecto al estado actual del progreso tecnológico en muchas partes del mundo en desarrollo, esta difusión tecnológica no parece producirse. ¿Por qué? Porque, en una economía de sector privado, fragmentos de conocimiento aislados (como las patentes) que no están coordinados por empresas son como programas informáticos sin un ordenador.
Por lo tanto, adquirir empresas funcionales que alberguen estos conocimientos tácitos, junto con tecnología divulgada, es el paso fundamental para adquirir capacidades.
¿Cómo podría funcionar en la práctica la modalidad de «comprar empresas perdedoras» y adquirir tecnología?
El marco jurídico para una empresa reubicada sería una ley sobre empresas estatales. El marco institucional sería una sociedad de cartera industrial creada en virtud de esa ley. Se debería incentivar a los directivos de la empresa para que permanezcan en ella durante su reubicación, al menos temporalmente, y que se incorporen también nuevos empleados locales. La estrategia empresarial consistiría en privatizarla lo antes posible. Por tanto, el propósito de la política no es sustituir el sector privado por el gobierno, sino cubrir una brecha en la «adquisición de capacidades» que el sector privado no está cubriendo.
En cuanto a la ejecución por parte de los gobiernos de países en desarrollo, proponemos un enfoque experimental. Los criterios para seleccionar «empresas perdedoras» deberían ser, a grandes rasgos, los siguientes:
Las empresas fracasaron principalmente por razones macroeconómicas (por ejemplo, una sobrevaloración del tipo de cambio);
Las empresas incorporan un nivel tecnológico relativamente alto y posiblemente poseen tecnología patentada;
Las empresas operan en sectores con vínculos hacia atrás y hacia delante con las cadenas de suministro locales del país en desarrollo;
Las empresas suministran bienes cuya demanda local general está creciendo, lo que les da la oportunidad de obtener beneficios tras su traslado geográfico; y
Las empresas pueden consolidarse con empresas locales existentes, pero rezagadas, y la sociedad de cartera industrial estatal conservaría la propiedad de su participación en la empresa consolidada.
Una vez puesto en marcha, el programa debería autofinanciarse, ya que las adquisiciones son activos que posteriormente se privatizarán. Los programas exitosos incluso podrían atraer capital de riesgo privado. Idealmente, las nuevas empresas surgidas de este proceso prosperarían y la sociedad de cartera del sector público podría privatizarlas y utilizar los ingresos para repetir el proceso e impulsar otra industria.
Cabe esperar fracasos individuales, pero los activos pasarían a nuevas manos para un segundo intento. Además, hay otros efectos indirectos que deben tenerse en cuenta al evaluar el éxito de un programa de este tipo.
Este enfoque acelera el desarrollo del sector privado de dos maneras: primero, mediante la simple incorporación de una nueva empresa a la estructura industrial; y segundo, mejorando el entorno para todas las demás empresas locales. Esta externalidad, bien establecida en la bibliografía sobre «distritos industriales» y clústeres, constituye un fundamento clásico para la intervención de las políticas públicas.
En segundo lugar, la historia demuestra que la existencia de una empresa puede atraer a una multinacional que no se plantearía lo mismo ante un proyecto nuevo. Por consiguiente, el enfoque de «comprar empresas perdedoras» también podría servir para atraer entradas de tecnología aún más avanzada, no mediante incentivos costosos, sino a través de la venta de un activo: ¡la EMN paga al país en desarrollo, en vez de que este pague a la EMN!
En tercer lugar, una base empresarial en expansión generaría algunos verdaderos ganadores que contarían con los recursos necesarios para salir al extranjero y abrir nuevos canales de flujo tecnológico mediante el establecimiento de presencia en otros países a través de nuevas adquisiciones propias.
En cuarto lugar, los incentivos de la empresa adquirida estarían determinados por los objetivos de sus nuevos accionistas. Su mandato podría incluir el objetivo de política pública de maximizar los efectos indirectos horizontales y verticales. Cabe señalar que, en el caso de los efectos indirectos horizontales, las EMN tienen exactamente el incentivo opuesto: quieren reservarse sus conocimientos patentados. Por eso los gobiernos tienen que exigirles compromisos de transferencia tecnológica. En realidad, la modalidad de «comprar empresas perdedoras» es superior en este aspecto.
Por último, gracias a la formación acumulada en el puesto de trabajo, cada adquisición también sería una inversión en capital humano que, hasta cierto punto, sustituiría el gasto en otras formas de capacitación. Como mínimo, establecer empresas trasladadas en zonas industriales junto a instalaciones de capacitación debería fortalecer los programas de formación gracias a los efectos indirectos del conocimiento procedentes de la empresa trasladada allí.
Nuestra propuesta se basa en las ideas convencionales sobre el establecimiento de un entorno propicio para el desarrollo. A partir de la analogía con un jardín, sostenemos que las políticas públicas no solo deben preparar el suelo, sino también poblarlo con plantas adquiridas en viveros existentes: las incubadoras industriales del mundo industrializado. Aplicando el principio de comprar barato y vender caro, proponemos que los países en desarrollo consideren comprar empresas perdedoras.
Este artículo se publica en colaboración con ICTSD. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Dan Ciuriak es director y principal de Ciuriak Consulting Inc. Derk Bienen es fundador y socio gerente de BKP Development.
Imagen: Vista aérea del distrito financiero de Yakarta. REUTERS/Beawiharta

