Cuesta creer que la digitalización pueda afectar a la fabricación en la misma medida en que ha afectado y cambiado los medios de comunicación. Las tiendas de discos no sobrevivieron a la reproducción digital de la música: el último Virgin Megastore de Estados Unidos cerró hace cinco años, tras la desaparición anterior de muchos miles de comercios más pequeños. Los periódicos tuvieron que replantearse sus contenidos y sistemas de distribución; The New York Times empezó recientemente a enviar noticias resumidas directamente a los teléfonos inteligentes. ¿Qué pasaría si la impresión 3D, también llamada «fabricación aditiva», se generalizara y nos permitiera a cada uno de nosotros reproducir bienes tangibles a distancia?
Los modelos de producción convencionales dependen de grandes instalaciones de fabricación interconectadas y del vasto y complejo entramado de relaciones de suministro y distribución que gira en torno a ellas.
La digitalización tiene potencial para alterar este sistema. Ya está transformando las prácticas habituales en ciertos sectores especializados, entre ellos las prótesis y los implantes médicos, porque la impresión 3D facilita la personalización y acelera los procesos de diseño. El Dr. Hugh Herr, del MIT, imprime encajes protésicos de plástico que antes se fabricaban casi artesanalmente. Ahora, la pieza sale perfectamente ajustada a las necesidades individuales. Si no es así, puede rediseñarse e imprimirse de nuevo en muy poco tiempo. «Los rigurosos procesos cuantitativos para desarrollar elementos únicos de una prótesis reducen las molestias de los pacientes y bajan el precio», explica.
En el caso de los artículos estandarizados, la ventaja de costes de la fabricación aditiva puede ser menos significativa, ya que la tecnología aún no permite producir grandes volúmenes, mientras que la fabricación en masa reduce el coste medio. Sin embargo, todavía puede resultar útil. Por ejemplo, la impresión 3D puede ayudar a reducir hasta un 30 % los costes de las herramientas, porque la pieza puede imprimirse con su forma final en vez de tallarse a partir de un bloque mayor de material, lo que ahorra tiempo y reduce los residuos. Marco Annunziata, economista jefe de GE, coincide: «Proyectamos que para 2020 GE Aviation fabricará aditivamente más de 100.000 piezas, lo que podría reducir en 1.000 libras el peso de un solo avión y, por consiguiente, disminuir el consumo de combustible».
Uno de los escenarios futuros de un estudio del Industrial Research Institute imaginaba el colapso de la fabricación en masa bajo la presión de la impresión 3D. Un informe reciente de McKinsey predice que para 2025 más empresas adoptarán esta tecnología y cambiarán la forma de añadir valor a los productos, orientándose hacia la personalización. La impresión 3D también podría reducir los costes de entrada en los mercados y permitir que surjan empresas especializadas más cerca de los puntos de consumo. Con el tiempo, la fuente de ventaja competitiva se desplazará hacia áreas de la cadena de valor como el diseño o incluso la propiedad de las redes de clientes. En tal situación, las economías mundiales dependientes de la fabricación a gran escala y bajo coste, como China, parecerían salir perdiendo.
Chris Caplice, director ejecutivo del Center for Transportation and Logistics del MIT, cree que la impresión 3D se inscribe en la tendencia general hacia la descentralización de la fabricación y la reducción de escala, junto con la robótica, la automatización y otras tecnologías. Pero los efectos reales, dijo a Look Ahead, solo pueden discernirse desde una perspectiva a largo plazo.
Las empresas de entrega de paquetes serán las que afronten más presión. Sin embargo, tampoco están esperando a que la tecnología las deje obsoletas. Al igual que los gigantes de la ingeniería (Airbus, Boeing, GE, Ford, Siemens), ya han empezado a combinar la fabricación aditiva con la convencional. UPS, FedEx y otras empresas han puesto en marcha proyectos piloto para explorar la tecnología y aprovechar sus instalaciones descentralizadas. «Por ejemplo, pueden convertirse en centros locales de impresión 3D de piezas pequeñas», dice el Dr. Caplice.
Desde el punto de vista logístico, la tecnología también podría cambiar la distribución y la naturaleza de los bienes: se transportarían a zonas descentralizadas más materias primas para impresoras 3D que productos terminados. Al haber menos trayectos largos, también llegaría un menor volumen de mercancías a los puertos.
Los cambios, concluye el Dr. Caplice, tardarán décadas. «Tendremos coches sin conductor mucho antes de alcanzar ese nivel de sofisticación».
Este artículo se publica en colaboración con GE Look Ahead. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autora: Julia Taranova escribe para GE Look Ahead
Imagen: Una impresora 3D de Aurora imprime una figurilla. REUTERS/Pichi Chuang

