He aquí por qué la gente se ve atraída por las teorías conspirativas

United States astronaut Buzz Aldrin salutes the American flag on the surface of the Moon after he and fellow astronaut Neil Armstrong became the first men to land on the Moon during the Apollo 11 space mission July 20, 1969. July 20, 2012 marks the 43rd anniversary of the moon landing. REUTERS/Neil Armstrong/NASA/Handout (UNITED STATES - Tags: SCIENCE TECHNOLOGY ANNIVERSARY) FOR EDITORIAL USE ONLY. NOT FOR SALE FOR MARKETING OR ADVERTISING CAMPAIGNS. THIS IMAGE HAS BEEN SUPPLIED BY A THIRD PARTY. IT IS DISTRIBUTED, EXACTLY AS RECEIVED BY REUTERS, AS A SERVICE TO CLIENTS
The need to find structure and patterns in our world means that we can easily believe conspiracy theoriesImage: REUTERS/Neil Armstrong
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Voy sentado en un tren cuando sube un grupo de aficionados al fútbol. Vienen del partido —su equipo claramente ha ganado— y ocupan los asientos vacíos a mi alrededor. Una de ellas recoge un periódico abandonado y se ríe con desprecio al leer sobre las últimas «verdades alternativas» difundidas por Donald Trump.

Los demás no tardan en aportar sus opiniones sobre la afición del presidente estadounidense por las teorías conspirativas. La conversación pronto deriva hacia otras conspiraciones, y disfruto escuchando a escondidas mientras el grupo se burla sin piedad de los terraplanistas, los memes sobre estelas químicas y la última ocurrencia de Gwyneth Paltrow.

Entonces la conversación decae y alguien aprovecha para intervenir: «Puede que todo eso sea una tontería, pero no me digas que podemos confiar en todo lo que nos cuentan los medios convencionales. Fíjate en los alunizajes: obviamente fueron un fraude y ni siquiera lo hicieron muy bien. El otro día leí en un blog que ni siquiera hay estrellas en ninguna de las fotos».

Para mi asombro, el grupo se suma con otras «pruebas» que respaldarían el fraude del alunizaje: sombras inconsistentes en las fotografías, una bandera que ondea aunque no hay atmósfera en la Luna y la filmación de Neil Armstrong caminando sobre la superficie cuando no había nadie que sujetara la cámara.

Hace un minuto parecían personas racionales, capaces de evaluar las pruebas y llegar a una conclusión lógica. Pero ahora la conversación se adentra por el callejón de las locuras. Respiro hondo y decido intervenir.

«En realidad, todo eso se puede explicar muy fácilmente…»

Se vuelven hacia mí, horrorizados de que un desconocido se atreva a meterse en su conversación. Sin dejarme intimidar, continúo con una avalancha de datos y explicaciones racionales.

«La bandera no ondeaba al viento, solo se movió cuando Buzz Aldrin la clavó. Las fotos se tomaron durante el día lunar y, obviamente, de día no se ven las estrellas. Las sombras extrañas se deben a los objetivos gran angular, que distorsionan las imágenes. Y nadie filmó a Neil bajando por la escalera. Había una cámara montada en el exterior del módulo lunar que lo filmó dando su gran salto. Si eso no basta, la prueba definitiva está en las fotos del Orbitador de Reconocimiento Lunar de los lugares de alunizaje, donde se ven claramente las huellas que dejaron los astronautas al caminar por la superficie».

«¡Caso resuelto!», pienso para mis adentros.

Pero mis oyentes parecen estar muy lejos de convencerse. Se vuelven contra mí y presentan afirmaciones cada vez más ridículas. Stanley Kubrick lo filmó todo, personal clave murió en circunstancias misteriosas y demás…

El tren llega a una estación. No es la mía, pero aprovecho para salir de todos modos. Mientras bajo con timidez, atento al hueco entre el tren y el andén, me pregunto por qué mis datos no lograron hacerles cambiar de opinión.

La respuesta sencilla es que los datos y los argumentos racionales no sirven demasiado para cambiar las creencias de la gente. Esto se debe a que nuestros cerebros racionales están equipados con mecanismos evolutivos arraigados que no han evolucionado lo suficiente. Una de las razones por las que las teorías conspirativas surgen con tanta frecuencia es nuestro deseo de imponer estructura al mundo y nuestra extraordinaria capacidad para reconocer patrones. De hecho, un estudio reciente mostró una correlación entre la necesidad de estructura de una persona y su tendencia a creer en una teoría conspirativa.

Tomemos esta secuencia, por ejemplo:

0 0 1 1 0 0 1 0 0 1 0 0 1 1

¿Ves algún patrón? Es muy posible, y no eres la única persona. Una rápida encuesta en Twitter (que replicaba un estudio mucho más riguroso) sugirió que el 56% de las personas está de acuerdo contigo, aunque yo generé la secuencia lanzando una moneda.

Parece que nuestra necesidad de estructura y nuestra capacidad para reconocer patrones pueden estar demasiado activas, y llevarnos a detectar patrones —como constelaciones, nubes que parecen perros y vacunas que causan autismo— donde en realidad no los hay.

La capacidad de detectar patrones probablemente fue una ventaja para la supervivencia de nuestros antepasados: era mejor confundir algo con un depredador que pasar por alto a un gran felino hambriento de verdad. Pero, al trasladar esa misma tendencia a nuestro mundo rebosante de información, vemos por todas partes vínculos inexistentes entre causa y efecto: teorías conspirativas.

Presión social

Otra razón por la que estamos tan dispuestos a creer en teorías conspirativas es que somos animales sociales y nuestro estatus en la sociedad importa mucho más —desde una perspectiva evolutiva— que tener razón. Por eso comparamos constantemente nuestras acciones y creencias con las de nuestros pares y luego las modificamos para encajar. Esto significa que, si nuestro grupo social cree algo, es más probable que sigamos a la manada.

Este efecto de la influencia social en el comportamiento quedó muy bien demostrado en 1961 con el experimento de la esquina, realizado por el psicólogo social estadounidense Stanley Milgram (más conocido por sus estudios sobre la obediencia a las figuras de autoridad) y sus colegas. El experimento era lo bastante sencillo (y divertido) como para que lo repliques. Solo tienes que elegir una esquina concurrida y mirar al cielo durante 60 segundos.

Lo más probable es que muy pocas personas se detengan a comprobar qué estás mirando. En esta situación, Milgram descubrió que alrededor del 4% de quienes pasaban por allí se sumaba. Ahora pide a algunos amigos que se unan a tus observaciones celestes. A medida que crezca el grupo, más y más desconocidos se detendrán a mirar hacia arriba. Cuando haya 15 personas mirando al cielo, alrededor del 40% de quienes pasen se detendrá y estirará el cuello contigo. Casi seguro que has visto el mismo efecto en los mercados, cuando te atrae el puesto rodeado de gente.

El principio se aplica con la misma fuerza a las ideas. Si más personas creen en una información, es más probable que la aceptemos como cierta. Así, si nuestro grupo social nos expone demasiado a una idea concreta, esta se integra en nuestra visión del mundo. En resumen, la prueba social es una técnica de persuasión mucho más eficaz que la prueba basada únicamente en evidencias; por eso, claro está, este tipo de prueba es tan popular en la publicidad («el 80% de las madres está de acuerdo»).

La prueba social es solo una de las muchas falacias lógicas que también nos hacen pasar por alto las pruebas. Otro problema relacionado es el siempre presente sesgo de confirmación: la tendencia a buscar y creer los datos que respaldan nuestras opiniones y a restar importancia a los que no lo hacen. Todos lo padecemos. Piensa en la última vez que escuchaste un debate en la radio o la televisión. ¿Cuánto te convenció el argumento contrario a tu opinión, comparado con el que coincidía con ella?

Lo más probable es que, sin importar lo racional que fuera cada postura, descartaras en gran medida los argumentos de la otra parte y aplaudieras a quienes estaban de acuerdo contigo. El sesgo de confirmación también se manifiesta en la tendencia a elegir información de fuentes que ya coinciden con nuestras opiniones (que probablemente provienen del grupo social con el que nos identificamos). Por eso, es probable que tus creencias políticas determinen tus medios de noticias preferidos.

Por supuesto, existe un sistema de pensamiento que reconoce falacias lógicas como el sesgo de confirmación e intenta corregirlas: la ciencia. Al repetir las observaciones, convierte las anécdotas en datos, reduce el sesgo de confirmación y acepta que las teorías pueden actualizarse ante nuevas pruebas. Eso significa que está abierta a corregir sus textos fundamentales. Aun así, el sesgo de confirmación nos afecta a todos. El célebre físico Richard Feynman describió una vez un ejemplo que apareció en una de las áreas más rigurosas de la ciencia: la física de partículas.

Millikan midió la carga de un electrón mediante un experimento con gotas de aceite en caída y obtuvo una respuesta que ahora sabemos que no era del todo correcta. Se equivocó un poco porque utilizó un valor incorrecto para la viscosidad del aire. Es interesante observar la historia de las mediciones de la carga del electrón posteriores a Millikan. Si las representas en función del tiempo, verás que una es un poco mayor que la de Millikan, la siguiente es un poco mayor que esa y la siguiente, un poco mayor todavía, hasta que finalmente convergen en una cifra más alta».

«¿Por qué no se dieron cuenta enseguida de que la nueva cifra era mayor? Es una parte de la historia que avergüenza a los científicos, porque está claro que ocurrió lo siguiente: cuando obtenían una cifra muy superior a la de Millikan, pensaban que algo debía de estar mal y buscaban —y encontraban— una razón por la que podía estarlo. Cuando obtenían una cifra más cercana al valor de Millikan, no investigaban tanto.

Richard Feynman

Errores al desmontar mitos

Quizá te tiente seguir el ejemplo de los medios populares y abordar las ideas equivocadas y las teorías conspirativas desmontando mitos. Mencionar el mito junto con la realidad parece una buena manera de comparar lado a lado los hechos y las falsedades para que prevalezca la verdad. Pero, una vez más, resulta ser una mala estrategia: parece provocar lo que se conoce como efecto contraproducente, por el que el mito acaba siendo más memorable que el hecho.

Uno de los ejemplos más impactantes de este fenómeno se observó en un estudio que evaluó un folleto titulado «Mitos y hechos» sobre las vacunas contra la gripe. Inmediatamente después de leerlo, los participantes recordaban correctamente los hechos como hechos y los mitos como mitos. Pero apenas 30 minutos después, todo se había invertido: era mucho más probable que recordaran los mitos como «hechos».

La explicación es que el mero hecho de mencionar los mitos ayuda a reforzarlos. Luego, con el paso del tiempo, olvidas el contexto en el que oíste el mito —en este caso, mientras alguien lo refutaba— y solo te queda el recuerdo del mito en sí.

Para empeorar las cosas, presentar información correctiva a un grupo con creencias firmemente arraigadas puede en realidad reforzar su postura, aunque la nueva información la socave. Las nuevas pruebas crean inconsistencias en nuestras creencias y un malestar emocional asociado. Pero, en lugar de modificar nuestras creencias, tendemos a justificarnos y a sentir aún más rechazo por las teorías opuestas, lo que puede dejarnos más aferrados a nuestras opiniones. Esto se conoce como el «efecto bumerán» y representa un enorme problema cuando se intenta impulsar a la gente hacia comportamientos mejores.

Por ejemplo, los estudios han demostrado que los mensajes de información pública destinados a reducir el consumo de tabaco, alcohol y drogas tuvieron todos el efecto contrario.

Haz amistades

Entonces, si no puedes confiar en los hechos, ¿cómo consigues que la gente abandone sus teorías conspirativas u otras ideas irracionales?

A largo plazo, probablemente ayude la alfabetización científica. Con esto no me refiero a conocer datos, cifras y técnicas científicas. Lo que hace falta es entender el método científico, por ejemplo, mediante el pensamiento analítico. De hecho, los estudios demuestran que descartar teorías conspirativas se asocia con un pensamiento más analítico. La mayoría de la gente nunca hará ciencia, pero nos topamos con ella y la usamos a diario; por eso, los ciudadanos necesitan las aptitudes necesarias para evaluar críticamente las afirmaciones científicas.

Por supuesto, cambiar el currículo de un país no ayudaría con mi discusión en el tren. Para un enfoque más inmediato, es importante comprender que formar parte de una comunidad ayuda enormemente. Antes de empezar a predicar el mensaje, busca algo en común.

Mientras tanto, para evitar el efecto contraproducente, ignora los mitos. Ni siquiera los menciones o reconozcas. Limítate a exponer los puntos clave: las vacunas son seguras y reducen entre un 50% y un 60% las probabilidades de contraer la gripe, punto. No menciones las ideas equivocadas, porque suelen recordarse mejor.

Además, no provoques a tus oponentes cuestionando su visión del mundo. En su lugar, ofrece explicaciones acordes con sus creencias previas. Por ejemplo, es mucho más probable que los negacionistas conservadores del cambio climático cambien de opinión si también se les presentan las oportunidades empresariales favorables al medioambiente.

Una sugerencia más: usa historias para transmitir tu idea. A la gente le interesan las narrativas mucho más que los diálogos argumentativos o descriptivos. Las historias vinculan la causa y el efecto, haciendo que las conclusiones que quieres presentar parezcan casi inevitables.

Todo esto no significa que los hechos y el consenso científico no sean importantes. Lo son, y mucho. Pero ser conscientes de los defectos de nuestro pensamiento te permite exponer tus ideas de forma mucho más convincente.

Es fundamental que cuestionemos los dogmas, pero, en lugar de conectar puntos inconexos e inventar una teoría conspirativa, debemos exigir pruebas a quienes toman las decisiones. Pide los datos que podrían respaldar una creencia y busca la información que la ponga a prueba. Parte de ese proceso consiste en reconocer nuestros propios sesgos, limitaciones y falacias lógicas.

¿Cómo habría sido mi conversación en el tren si hubiera seguido mi propio consejo…? Volvamos a ese momento en que me di cuenta de que la conversación se adentraba por el callejón de las locuras. Esta vez respiro hondo e intervengo:

«Hola, qué buen resultado el del partido. Qué pena no haber conseguido una entrada».

Pronto mantenemos una conversación animada sobre las posibilidades del equipo esta temporada. Tras charlar unos minutos, me dirijo a quien cree en la conspiración del alunizaje: «Oye, estaba pensando en lo que dijiste sobre los alunizajes. ¿No se veía el sol en algunas de las fotos?».

Asiente.

«Eso significa que era de día en la Luna. Así que, igual que aquí en la Tierra, ¿esperarías ver alguna estrella?».

«Vaya, supongo que sí. No lo había pensado. Quizá ese blog no lo tenía todo bien».

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