¿Error o terror? Los riesgos de la biología de vanguardia

¿Error o terror? Los riesgos de la biología de vanguardia
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Durante miles de años, los seres humanos han seleccionado y cruzado cultivos y animales.

Con el descubrimiento de la hibridación del ADN a principios de la década de 1970, fue posible modificar genéticamente organismos existentes. La biología sintética va más allá: se refiere a la creación de organismos vivos completamente nuevos a partir de bloques estandarizados de ADN. Esta tecnología está en desarrollo desde principios de la década de 2000, a medida que han mejorado los conocimientos y métodos para leer, editar y diseñar la genética, han disminuido los costos de secuenciación y síntesis de ADN y se han vuelto más sofisticados los modelos informáticos de los diseños propuestos.

En 2010, Craig Venter y su equipo demostraron que una bacteria simple podía funcionar con ADN fabricado íntegramente de forma artificial. Entre las aplicaciones de la biología sintética que se están desarrollando actualmente figuran la producción de biocombustible a partir de bacterias E. coli; organismos diseñados que actúan como sensores de contaminantes o explosivos; la optogenética, en la que las células nerviosas se vuelven sensibles a la luz y las señales neuronales se controlan mediante láseres, lo que podría revolucionar el tratamiento de los trastornos neurológicos; virus impresos en 3D capaces de atacar el cáncer; y los impulsores genéticos como posible solución a las enfermedades transmitidas por insectos.

Junto a estos enormes beneficios potenciales existe una serie de riesgos. Ya se ha utilizado levadura para fabricar morfina; no es difícil imaginar que la biología sintética pueda permitir vías completamente nuevas para producir drogas ilícitas. La invención de alternativas sintéticas baratas a exportaciones agrícolas de alto valor, como el vetiver, podría desestabilizar repentinamente economías vulnerables al eliminar una fuente de ingresos de la que dependen los agricultores. A medida que la tecnología para leer el ADN se vuelve más asequible y está más ampliamente disponible, surgen preocupaciones sobre la privacidad ante la posibilidad de que alguien que robe un cabello u otro material genético pueda obtener información médicamente sensible o determinar la paternidad.

Sin embargo, el riesgo que más preocupa a los analistas es la posibilidad de que un organismo sintetizado cause daños en la naturaleza, ya sea por error o por terror. Los organismos vivos se autorreplican y pueden ser resistentes e invasivos. La posibilidad de terror es especialmente pertinente porque la biología sintética es «tecnología pequeña»: no requiere instalaciones grandes y costosas ni recursos fáciles de rastrear. Gran parte de su poder proviene de compartir información y, una vez que una secuencia se publica en línea, es casi imposible detenerla: existe una comunidad «DIYbio» o de «biohackers» que comparte inventos de biología sintética, mientras que la competencia International Genetically Engineered Machines es un gran concurso internacional estudiantil de diseño de organismos, comprometido con la publicación abierta de los inventos biológicos.

Es concebible que algún día una sola persona renegada pueda idear un arma de destrucción masiva: un virus tan mortal como el ébola y tan contagioso como la gripe. ¿Qué mecanismos podrían proteger contra esa posibilidad? La biología sintética y la secuenciación asequible del ADN también abren la posibilidad de diseñar virus a medida como armas homicidas: imaginemos un virus que se propaga causando síntomas parecidos a los de la gripe y está programado para provocar daños cerebrales mortales si encuentra un segmento concreto de ADN presente únicamente en una persona.

Actualmente, la biología sintética se rige en gran medida como si fuera otra forma de ingeniería genética. Las regulaciones suelen presuponer la existencia de grandes actores institucionales, como industrias y universidades, y no de pequeñas y medianas empresas o aficionados. La brecha de gobernanza queda ilustrada por la controversia en torno a la exitosa campaña de financiación colectiva de 2013 para crear plantas bioluminiscentes, que aprovechó una laguna legal que dependía del método utilizado para insertar genes. El proyecto Glowing Plants, cuyo objetivo último es hacer que los árboles funcionen como farolas, pudo prometer la distribución de 600.000 semillas sin supervisión de ningún organismo regulador y dependiendo únicamente del criterio de Kickstarter. El proyecto preocupó no solo a los activistas contrarios a los organismos modificados genéticamente, sino también a los entusiastas de la biología sintética, que temían que provocara una reacción adversa contra la tecnología.

Ya se observan diferencias entre los grupos DIYbio de Europa y Estados Unidos debido a la distinta naturaleza de las regulaciones sobre organismos modificados genéticamente en sus respectivas regiones; los entusiastas europeos se centran más en el «bioarte». La comunidad de aficionados a la biología sintética es muy consciente de las cuestiones de seguridad y busca de diversas maneras opciones de autorregulación desde la base, por ejemplo, mediante la elaboración de códigos de buenas prácticas voluntarios. Sin embargo, se ha criticado la autorregulación por ser inadecuada, incluso por parte de una coalición de grupos de la sociedad civil que promueve mecanismos de supervisión sólidos. Tales mecanismos tendrían que tener en cuenta la naturaleza transfronteriza de la tecnología y la incertidumbre inherente sobre su rumbo futuro.

El informe Global Risks 2015 ya está disponible.

Autor: Anders Sandberg es investigador James Martin en el Future of Humanity Institute de la Universidad de Oxford.

Imagen: El profesor británico Graham Jones muestra una parte de un modelo de 2,5 metros de largo de la estructura del ADN en el centro de Sofía, el 18 de marzo de 2003. REUTERS/Stoyan Nenov

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