La deshonestidad es un fenómeno extendido y multifacético: cada día, las noticias informan de casos de deshonestidad empresarial que generan costos de millones de dólares para la sociedad. Sin embargo, estos escándalos públicos representan solo una pequeña parte de la deshonestidad en la sociedad. Muchas personas comunes que se consideran honestas hacen trampa a veces, pese a ello: evaden impuestos, roban en el trabajo, descargan música ilegalmente de Internet o usan el transporte público sin pagar el pasaje. El costo social de la deshonestidad a pequeña escala es sorprendentemente alto. Como resume Dan Ariely en un artículo reciente, la «brecha fiscal» —la diferencia entre lo que el IRS calcula que los contribuyentes deberían pagar y lo que realmente pagan— supera los 300.000 millones de dólares anuales; y se estima que el robo y el fraude de los empleados cuestan 600.000 millones de dólares al año en Estados Unidos (Mazar et al. 2008).
Además de los costos pecuniarios directos para las empresas y los gobiernos, la prevalencia de la deshonestidad puede perjudicar la estructura del intercambio económico. En palabras del premio Nobel Kenneth Arrow, hace más de tres décadas: «Prácticamente toda transacción comercial contiene un elemento de confianza… Es razonable sostener que gran parte del atraso económico del mundo puede explicarse por la falta de confianza mutua».
Aunque la deshonestidad no se asocia exclusivamente con un solo género, varios estudios de economía y psicología han concluido que los hombres tienen más probabilidades que las mujeres de comportarse de forma deshonesta. Alessandro Bucciol y sus coautores concluyen que los hombres tienen más probabilidades que las mujeres de evadir el pago del autobús en Italia (Bucciol et al. 2013). Ofer Azar y sus coautores concluyen que las mujeres tienen más probabilidades de devolver el cambio de más en un restaurante (Azar et al. 2013). En otro artículo reciente, Toke Fosgaard y sus colegas sugieren que las mujeres, más que los hombres, se abstienen de hacer trampa debido al costo moral que esta conlleva (Fosgaard et al. 2013).
En busca de los orígenes de la deshonestidad
Pero ¿por qué podrían ser las mujeres más sensibles que los hombres a los costos morales de la deshonestidad? En nuestro artículo reciente «Sobre los orígenes de la deshonestidad: de padres a hijos[RB1]» (Houser et al. 2015), estudiamos si algunos aspectos de la conducta deshonesta pueden remontarse a la manera en que los niños aprenden de sus padres. Nos preguntamos: ¿La presencia de un hijo inhibe la inclinación de uno de sus padres a comportarse de forma deshonesta? Es decir, ¿los padres dan ejemplo de honestidad a sus hijos? Y ¿están más dispuestos a hacer trampa si el acto beneficia a su hijo?
En nuestro experimento, consideramos tanto los costos morales como el escrutinio —ser observado por otras personas— factores clave que influyen en la deshonestidad. En particular, nos interesaba saber si el escrutinio de un hijo o una hija podría cambiar la disposición de uno de sus padres a hacer trampa para obtener ganancias. Esto fue lo que hicimos. Padres de niños de 3 a 6 años (en su mayoría madres, ya que era mucho más probable que fueran ellas quienes acompañaran a sus hijos a nuestro laboratorio) lanzaron una moneda y ganaron dinero en función del resultado. Organizamos el experimento de modo que los padres pudieran aumentar sus ganancias si informaban falsamente el resultado del lanzamiento. De hecho, como el lanzamiento era privado, los experimentadores nunca sabían si un participante había mentido. En algunos casos, el niño estaba en la habitación viendo las decisiones de su padre o madre; en otros, el progenitor estaba a solas al tomar esas decisiones. También variamos si el premio obtenido era dinero en efectivo para el progenitor o un juguete de igual valor para el niño.
El efecto del escrutinio sobre la honestidad puede deberse tanto a que los padres no quieren parecer deshonestos ante sus hijos como, en relación con esto, a que quieren transmitirles actitudes positivas hacia la honestidad. Por este motivo, nuestro análisis empírico del efecto del escrutinio puede aportar información sobre los orígenes de la deshonestidad. Sostenemos que los padres transmiten una conducta honesta porque comportarse de forma deshonesta conlleva un costo moral, y este costo es mayor cuando el niño está en la habitación. Además, nuestro análisis nos permite determinar empíricamente si el efecto del escrutinio difiere según el niño sea varón o mujer.
Resultados experimentales
La disposición de los padres a comportarse de forma deshonesta bajo el escrutinio de sus hijos o hijas es una cuestión crucial, ya que su respuesta podría explicar las diferencias de comportamiento observadas entre hombres y mujeres adultos. Tal como predice nuestro modelo, observamos el mayor nivel de trampas en la situación con bajo costo moral y sin escrutinio: cuando el progenitor está a solas y el premio es para el niño (véase la Figura 1, tercera columna). En general, los padres hacen pocas trampas cuando su hijo está presente. Es decir, el impulso de beneficiar al hijo mediante actos deshonestos queda extinguido por el escrutinio de ese mismo hijo, quizá debido al deseo del progenitor de dar ejemplo de honestidad. Al mismo tiempo, cuando los padres están a solas, hacen más trampas si el premio es para su hijo que si es para ellos mismos. Así, el impulso de beneficiar al hijo mediante la deshonestidad parece ser considerablemente mayor que el impulso de beneficiarse de la misma manera.
Figura 1. Tasas declaradas de victorias por tratamiento

Es importante señalar que concluimos que los padres tienen más probabilidades de comportarse de forma deshonesta delante de sus hijos varones que delante de sus hijas (véase la Figura 2). Este hallazgo podría arrojar luz sobre los orígenes de las diferencias de género, ampliamente documentadas, en las trampas entre los adultos. Quizá las hijas, desde muy pequeñas, tienen más probabilidades de presenciar decisiones honestas y comportamientos éticos. De ser así, podría inculcarse la importancia de la honestidad en mayor medida en las hijas que en los hijos. Las lecciones aprendidas en la infancia no se olvidan fácilmente, y esto podría ayudar a explicar la importancia relativamente mayor que las mujeres atribuyen a las normas y los estándares morales en general, y las mayores tasas de honestidad entre las mujeres en particular.
Figura 2. Tasas de victorias según el género del niño

Nota: 77 de los niños son varones y 75 son mujeres; se distribuyen por igual entre las dos categorías (niño con progenitor y progenitor a solas).
Referencias
Mazar, N, O Amir y D Ariely (2008), «La deshonestidad de las personas honestas: una teoría del mantenimiento del autoconcepto», Journal of Marketing Research 45(6): 633–644.
Bucciol, A, F Landini y M Piovesan (2013), «Comportamiento poco ético en el terreno: características demográficas y creencias de quien hace trampa», Journal of Economic Behavior & Organization 93: 248–257.
Azar, O H, S Yosef y M Bar-Eli (2013), «¿Devuelven los clientes el cambio de más en un restaurante?», Journal of Economic Behavior & Organization 93: 219–226.
Fosgaard, T R, L G Hansen y M Piovesan (2013), «Separar la voluntad de la gracia: un experimento sobre conformidad y conciencia al hacer trampa», Journal of Economic Behavior & Organization 93: 279–284.
Houser, D, J A List, M Piovesan, A S Samek y J Winter (2015), «Sobre los orígenes de la deshonestidad: de padres a hijos», documento de trabajo 20897 de NBER.
Este artículo se publica en colaboración con VoxEU. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Daniel Houser es profesor de Economía en la Universidad George Mason. John List es profesor de Economía en la Universidad de Chicago. Marco Piovesan es profesor asociado del Departamento de Economía de la Universidad de Copenhague. Anya Samek es profesora adjunta en la Universidad de Wisconsin-Madison.
Imagen: Un hombre se rasca la cara mientras camina por un pasillo en Tokio. REUTERS/Yuya Shino.

