En 1983, el economista estadounidense y premio Nobel Wassily Leontief hizo una predicción que entonces resultó sorprendente. Las máquinas, afirmó, probablemente reemplazarían la mano de obra humana de manera muy similar a como el tractor reemplazó al caballo. Hoy, con unos 200 millones de personas sin trabajo en todo el mundo —30 millones más que en 2008—, las palabras de Leontief ya no parecen tan descabelladas como antes. De hecho, no cabe duda de que la tecnología está transformando por completo el mercado laboral mundial.
Desde luego, predicciones como la de Leontief despiertan el escepticismo de muchos economistas, y con razón. Históricamente, los aumentos de la productividad rara vez han destruido puestos de trabajo. Cada vez que las máquinas han permitido mejorar la eficiencia (incluso cuando los tractores sustituyeron a los caballos), desaparecieron empleos antiguos, pero se crearon otros nuevos. Además, los economistas se basan en los números, y los datos recientes muestran una desaceleración —no una aceleración— de las mejoras de productividad. En cuanto al número real de empleos disponibles, hay motivos para cuestionar las sombrías predicciones de los agoreros. Sin embargo, también hay razones para pensar que la naturaleza del trabajo está cambiando.
Para empezar, como señala el economista del MIT David Autor, los avances en la automatización del trabajo transforman algunos empleos más que otros. Cada vez es más probable que las máquinas sustituyan a los trabajadores que realizan tareas rutinarias, como el procesamiento de datos; en cambio, quienes se dedican a actividades más creativas tienen más probabilidades de experimentar aumentos de productividad. Por su parte, los trabajadores que prestan servicios en persona quizá no vean cambiar mucho sus empleos. En otras palabras, los robots podrían dejar sin trabajo a un contable, aumentar la productividad de un cirujano y no alterar el empleo de un peluquero.
Las convulsiones resultantes en la estructura de la fuerza laboral pueden ser al menos tan importantes como el número real de empleos afectados. Los economistas llaman al resultado más probable de este fenómeno «polarización del empleo». La automatización crea empleos de servicios en el extremo inferior de la escala salarial y aumenta la cantidad y la rentabilidad de los empleos en el extremo superior. Pero el centro del mercado laboral se vacía.
Este tipo de polarización lleva décadas produciéndose en Estados Unidos y también está ocurriendo en Europa, con importantes consecuencias para la sociedad. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la clase media ha sido la columna vertebral de la democracia, la participación ciudadana y la estabilidad; quienes no pertenecían a la clase media podían aspirar de manera realista a integrarse en ella, o incluso creer que formaban parte de ella cuando no era así. A medida que los cambios en el mercado laboral desmantelan la clase media, podría desencadenarse una nueva era de rivalidad entre clases (si es que no ha comenzado ya).
Además de los cambios provocados por la automatización, el mercado laboral está siendo transformado por plataformas digitales como Uber, que facilitan los intercambios entre consumidores y proveedores individuales de servicios. Un cliente que llama a un conductor de Uber no compra un solo servicio, sino dos: uno a la empresa (la conexión con un conductor cuya calidad se garantiza mediante las valoraciones de los clientes) y otro al conductor (el transporte de un lugar a otro).
Uber y otras plataformas digitales están redefiniendo la interacción entre consumidores, trabajadores y empleadores. También están volviendo redundante a la célebre empresa de la era industrial: una institución esencial que permitió la especialización y redujo los costos de transacción.
A diferencia de lo que ocurre en una empresa, la relación de Uber con sus conductores no se basa en un contrato laboral tradicional. En su lugar, el software de la empresa actúa como intermediario entre el conductor y el consumidor, a cambio de una tarifa. Este cambio aparentemente pequeño podría tener consecuencias de largo alcance. En vez de regirse por un contrato, el valor del trabajo queda sujeto a las mismas fuerzas del mercado que afectan a cualquier otra mercancía, pues el precio de los servicios varía según la oferta y la demanda. El trabajo pasa a valorarse a precios de mercado.
También podrían mencionarse otros cambios menos disruptivos, como el auge del capital humano. Un número cada vez mayor de jóvenes graduados rechaza empleos aparentemente atractivos en grandes empresas y prefiere ganar mucho menos trabajando para empresas emergentes o en industrias creativas. Aunque esto puede explicarse en parte por el atractivo del estilo de vida correspondiente, también podría ser una manera de aumentar sus ingresos totales a lo largo de la vida. En lugar de alquilar su conjunto de habilidades y competencias por un precio predeterminado, estos jóvenes graduados prefieren maximizar el flujo de ingresos que podrían obtener de su capital humano a lo largo de la vida. De nuevo, tal comportamiento socava el contrato laboral como institución social básica y hace que varias de sus características asociadas, como la tributación anual de los ingresos, sean subóptimas.
Sea cual sea nuestra opinión sobre los nuevos acuerdos, es poco probable que podamos detenerlos. Algunos podrían sentirse tentados a resistirse: basta ver los recientes enfrentamientos entre taxistas y conductores de Uber en París y las demandas contra la empresa en muchos países. El acuerdo de Uber puede ser fraudulento según el marco jurídico vigente, pero ese marco acabará cambiando. Los efectos transformadores de la tecnología terminarán por hacerse sentir.
En vez de intentar detener lo imparable, deberíamos pensar en cómo poner esta nueva realidad al servicio de nuestros valores y nuestro bienestar. Además de replantearnos las instituciones y prácticas basadas en los contratos laborales tradicionales —como las cotizaciones a la seguridad social—, tendremos que empezar a inventar nuevas instituciones que aprovechen esta transformación impulsada por la tecnología en beneficio colectivo. Al fin y al cabo, la columna vertebral de las sociedades del mañana no la construirán los robots ni las plataformas digitales, sino sus ciudadanos.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Jean Pisani-Ferry es profesor en la Hertie School of Governance de Berlín y actualmente ocupa el cargo de comisario general de Planificación de Políticas del Gobierno francés.
Imagen: Una ilustración muestra una proyección de código binario sobre un hombre que sostiene un ordenador portátil en una oficina de Varsovia, el 24 de junio de 2013. REUTERS/Kacper Pempel.

