La nueva iniciativa de Elon Musk busca permitirnos añadir memoria adicional al cerebro

An attendee takes part in a neuro-feedback session during the opening day of the second annual Bulletproof Biohacking Conference at the Pasadena Convention Center in California September 26, 2014. The conference features groundbreaking work in the optimization of human, mental and physical performance. REUTERS/Mario Anzuoni (UNITED STATES - Tags: SOCIETY SCIENCE TECHNOLOGY) - RTR47VXN
Such devices don’t extend our abilities beyond those of a normal healthy person.Image: REUTERS/Mario Anzuoni
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¿Alguna vez has deseado poder añadir memoria adicional a tu cerebro? Elon Musk quizá pueda ayudarte.

Musk dirige la empresa más conocida por fabricar Tesla, el automóvil eléctrico líder del sector. También es el director ejecutivo de SpaceX, que está construyendo cohetes para que los seres humanos puedan vivir en Marte. Ahora Musk ha revelado que es el fundador y director ejecutivo de Neuralink, una empresa emergente que busca crear implantes cerebrales capaces de convertir las computadoras en una extensión directa de nuestro cerebro y, así, potenciar nuestra inteligencia y memoria.

Los diversos proyectos de Musk tienen un único objetivo general: salvaguardar el futuro de nuestra especie. Los automóviles eléctricos mejoran nuestras posibilidades de evitar niveles peligrosos de calentamiento global. Un asentamiento permanente en Marte reduciría el riesgo de que el cambio climático —o una guerra nuclear, el bioterrorismo o la colisión de un asteroide— acabara con nuestra especie.

Neuralink también contribuye a este objetivo, porque Musk es uno de quienes creen que construir una máquina más inteligente que uno mismo es, como dice Nick Bostrom, autor de Superinteligencia, «un error darwiniano básico». Sin embargo, ante el rápido progreso de la inteligencia artificial y los múltiples incentivos para hacer que las computadoras sean aún más inteligentes, Musk no ve cómo impedir que eso ocurra. Por eso, su estrategia preferida para salvarnos de ser eliminados por máquinas superinteligentes es conectarnos a las computadoras, de modo que seamos tan inteligentes como la inteligencia artificial más avanzada, por muy inteligente que llegue a ser.

No es nada nuevo que las personas lleven dispositivos electrónicos implantados en el cuerpo. El marcapasos cardíaco artificial se utiliza desde hace casi 60 años. Desde 1998, los científicos implantan dispositivos en el cerebro de personas paralizadas, lo que les permite mover con el pensamiento el cursor en una pantalla o, en versiones más avanzadas, mover una mano artificial capaz de sujetar objetos.

Image: The Conversation

Estos dispositivos no amplían nuestras capacidades más allá de las de una persona sana promedio. Sin embargo, el artista Neil Harbisson lleva implantada una antena en el cráneo que le permite oír frecuencias correspondientes no solo a los colores que podemos ver —Harbisson padece una forma extrema de daltonismo—, sino también a la luz infrarroja y ultravioleta, invisibles para nosotros. Harbisson afirma que es un cíborg, es decir, un organismo cuyas capacidades han sido potenciadas mediante la tecnología.

Pasar de estos dispositivos útiles, pero limitados, al tipo de interacción entre el cerebro y las máquinas que busca Musk requeriría importantes avances científicos. La mayor parte de la investigación sobre implantes cerebrales se realiza con animales no humanos, y las décadas de daño infligido a monos y otros animales hacen que sea éticamente cuestionable.

En cualquier caso, para que el plan de Musk tenga éxito, será inevitable experimentar tanto con seres humanos como con animales. Los pacientes con discapacidades incurables o enfermedades terminales quizá se ofrezcan voluntariamente a participar en investigaciones médicas que les brindan esperanza cuando, de otro modo, no la tendrían. Neuralink comenzará con investigaciones diseñadas para ayudar a estos pacientes, pero, para alcanzar su ambicioso objetivo, tendrá que ir más allá.

En Estados Unidos, Europa y la mayoría de los demás países con investigación biomédica avanzada, las estrictas normas sobre el uso de seres humanos en la investigación harían extremadamente difícil obtener permiso para realizar experimentos destinados a potenciar nuestras capacidades cognitivas mediante la conexión del cerebro a computadoras. Las normas estadounidenses llevaron a Phil Kennedy, pionero en el uso de computadoras para permitir que pacientes paralizados se comunicaran únicamente mediante el pensamiento, a implantarse electrodos en el cerebro para seguir avanzando en la investigación científica. Incluso entonces, tuvo que viajar a Belice, en América Central, para encontrar un cirujano dispuesto a realizar la operación. En el Reino Unido, el defensor de los cíborgs Kevin Warwick y su esposa se implantaron matrices de datos en los brazos para demostrar que es posible la comunicación directa entre los sistemas nerviosos de distintos seres humanos.

Musk ha sugerido que las normas que rigen el uso de seres humanos en la investigación podrían cambiar. Eso quizá lleve tiempo. Mientras tanto, los entusiastas más audaces siguen adelante de todos modos. Tim Cannon no tiene las credenciales científicas ni médicas de Phil Kennedy o Kevin Warwick, pero eso no le ha impedido cofundar en Pittsburgh una empresa que implanta dispositivos biónicos, a menudo después de probarlos primero en sí mismo. Su actitud es, como dijo en un evento anunciado como «la primera feria de cíborgs del mundo», celebrado en Düsseldorf en 2015: «Hagámoslo y apostemos de verdad por ello».

Los asistentes a la feria de cíborgs de Düsseldorf se habían implantado imanes, chips de identificación por radiofrecuencia y otros dispositivos en los dedos o los brazos. Las intervenciones suelen realizarlas tatuadores y, en ocasiones, veterinarios, porque los médicos y cirujanos cualificados se muestran reacios a operar a personas sanas.

¿Tienen razón los médicos? ¿Se debería disuadir a las personas sanas de implantarse dispositivos, o incluso impedírselo?

Warwick afirma que la investigación científica se ha beneficiado de lo que han hecho los entusiastas de los cíborgs. «Es decisión suya», dice, y parece razonable, siempre que las personas estén debidamente informadas de los riesgos y acepten correrlos libremente. Si no impedimos que la gente fume o escale el K2 en invierno, no es fácil entender por qué deberíamos ser más paternalistas cuando las personas se ofrecen voluntariamente a contribuir a los avances científicos. Hacerlo puede dar sentido a sus vidas y, si Musk tiene razón, podría acabar salvándonos a todos.

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