¿Podríamos fabricar corazones artificiales?

¿Podríamos fabricar corazones artificiales?
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Haskell Karp tenía 37 años cuando sufrió su primer infarto y, durante los diez años siguientes, padeció diversos problemas relacionados. En 1969, incluso el más mínimo esfuerzo, como peinarse o cepillarse los dientes, le provocaba dolor en el pecho o una falta de aire extrema. Según la clasificación establecida en 1928 por la Asociación Estadounidense del Corazón, hay cuatro grados de insuficiencia cardíaca; el caso de Karp se clasificó como grado IV, el más grave.

El cirujano que lo atendió en el St Luke’s Hospital de Texas en 1969 era un hombre enérgico llamado Denton Cooley. «El hombre tenía el corazón muy dilatado y esperaba que pudiéramos reducir su tamaño para que recuperara parte de su función», dice Cooley. Pero Karp no respondió bien al tratamiento; la mitad de su corazón no tenía remedio. Cooley lo había previsto. Lo había hablado con Karp antes de la operación: «No creo que su corazón vaya a ser lo bastante fuerte como para tolerar esta operación», le había dicho. Pero Cooley le había hecho una propuesta: si al final de la operación el corazón de Karp estaba demasiado débil, ¿qué tal si le ponían un sustituto: un corazón artificial experimental que estaban desarrollando en el laboratorio?

El corazón mecánico era un «puente» temporal, concebido para dar más tiempo a los pacientes que esperaban a que hubiera un corazón de donante disponible. Tenía una parte implantable, más grande que un corazón humano, conectada a una consola externa del tamaño de un piano vertical que la alimentaba. El aparato impulsaba aire comprimido por dos mangueras de silicona y tela (que entraban en el cuerpo del paciente por debajo de la caja torácica) hasta las cámaras del corazón artificial: un lado era una bomba izquierda y el otro, una derecha, cada una con un balón en su interior. Cuando la cámara se llenaba de sangre, el balón se llenaba de aire y la expulsaba, manteniendo vivo a Karp.

La necesidad de reparar corazones dañados nunca había sido tan grande. Solo en Estados Unidos, alrededor de 610.000 personas mueren de enfermedades cardíacas cada año. Un número significativo de esas muertes podría haberse evitado potencialmente con un trasplante de corazón, pero, por desgracia, sencillamente hay muy pocos corazones disponibles.

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Autor: Alex O’Brien es periodista y escritor.

Imagen: Un investigador, visto a través de una ventana, prepara ADN. REUTERS/Robert Pratta.

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