En una era que suele definirse como «incierta», hay un hecho en el que todas las industrias pueden estar de acuerdo: la inteligencia artificial (IA) será una de las tecnologías más disruptivas de la próxima década. El valor empresarial mundial derivado de la IA en 2018 será de 1,2 billones de dólares, un aumento del 70 % respecto de la cifra del año pasado, según Gartner. Seguirá creciendo durante los próximos cuatro años, hasta alcanzar los 3,9 billones de dólares en 2022.
El PIB mundial será un 14 % mayor en 2030 como resultado de la IA, calcula PWC. Eso equivale a 15,7 billones de dólares adicionales, más que la producción actual combinada de China y la India. El crecimiento previsto es exponencial. Estas previsiones convierten a la IA en la mayor oportunidad comercial para las empresas en la economía actual, que cambia con rapidez.

Aunque algunas predicciones sobre la IA sucumben al bombo publicitario y, a veces, rozan la histeria, en realidad estamos presenciando la evolución de seres humanos más inteligentes acompañados de máquinas más inteligentes. Una forma mejor de atravesar el ruido y entenderlo es reformular la IA como inteligencia aumentada en lugar de inteligencia artificial. En lugar de caer en el relato habitual de que una nueva tecnología llega para quitarles el trabajo a las personas, ¿por qué no considerar que el objetivo último de la IA es ayudar a las personas a hacer su trabajo mejor y con más eficacia que antes? Ahí es donde se producirá la verdadera innovación.
Los profesionales serán más productivos y eficientes, y generarán más ingresos gracias al aprendizaje automático, los datos, la analítica y las herramientas de automatización. Pero, desde el principio, las funciones humanas deberán desempeñar un papel fundamental para hacer realidad estos beneficios. Es importante que las empresas comprendan que la automatización y el aumento de capacidades no funcionan en todos los procesos ni en todas las industrias. Antes de determinar dónde utilizar la IA eficazmente, las instituciones deben evaluar qué aspectos de un proceso concreto son los más adecuados para ella. Las empresas suelen caer en la trampa de hacer que la tecnología busque un problema: un caso clásico de poner el carro delante del caballo. Esto se agrava porque los tecnólogos, ya trabajen dentro de la propia empresa o como consultores, no siempre entienden los casos de uso reales ni los flujos de trabajo profesionales que intentan cambiar. Este desafío va mucho más allá de cada industria por separado.
Una solución (aparentemente) sencilla es entablar más diálogo entre los expertos en tecnología y los responsables empresariales que conocen a sus clientes y los desafíos que afrontan. Un mejor entendimiento mutuo y una mayor colaboración permiten usar la IA como herramienta para resolver problemas reales y como una herramienta centrada en las personas desde el principio. Pero comunicarse con varias partes de distintos ámbitos es más fácil decirlo que hacerlo.
Sin embargo, hay industrias que empiezan a aplicar correctamente la inteligencia aumentada. La atención sanitaria es uno de los ámbitos que más aprovecha la IA, ya que la abundancia de datos de entrenamiento hace que numerosos casos de uso sean más viables que en otras industrias. Un ejemplo se encuentra en la oftalmología, donde los médicos han colaborado estrechamente con tecnólogos y organismos sanitarios para detectar la aparición temprana de enfermedades oculares diabéticas que, si no se detectan, podrían avanzar hasta causar ceguera irreversible en los pacientes. Esta investigación, publicada en el Journal of the American Medical Association, destaca cómo la colaboración en torno a la inteligencia aumentada puede ayudar a los médicos a trabajar mejor y con más eficacia, al tiempo que resuelven problemas del mundo real con un enfoque centrado en las personas.
Los servicios financieros son otra industria que empieza a centrarse en casos de uso empresariales concretos, en lugar de adoptar un enfoque que prioriza la tecnología. Aunque en los últimos años las empresas se han centrado principalmente en aplicar la IA a la automatización de las operaciones de contenido, la mejora de las herramientas de negociación y el servicio al cliente, ahora demuestran cómo la IA puede abordar problemas sociales mucho mayores, como los delitos financieros. Actualmente, solo se detiene el 1 % de los delitos financieros que se cometen a través del sistema bancario. La IA ofrece una oportunidad real para reunir a la industria, los gobiernos y los organismos reguladores con el fin de considerar un nuevo enfoque. Distintas empresas, tanto emergentes como grandes corporaciones, están logrando avances en la identificación del fraude, el control de sanciones, el blanqueo de capitales y la lucha contra el soborno y la corrupción. El aumento de capacidades en estos procesos mejora su transparencia, precisión y flexibilidad, sin eliminar a las personas que, en última instancia, toman las decisiones finales.
Los casos de uso de la IA que tienen éxito y generan un impacto real dentro de distintas industrias y entre ellas son aquellos que consideran esta tecnología emergente como algo que puede ayudar a las personas, en lugar de obstaculizarlas. Para comprenderlo de verdad, se necesita una combinación de experiencia humana, conocimiento del ámbito y competencia técnica. Crear soluciones tecnológicas que estén sujetas a una interacción humana constante para validarlas, actualizarlas y regularlas las aleja mucho de lo artificial. Dejemos atrás el debate entre el ser humano y la máquina y reconozcamos que, juntos, podemos ser humanos más inteligentes con máquinas más inteligentes.
