A pesar de que cada vez hay más información sobre las causas del aumento de peso, la obesidad y las enfermedades relacionadas con la alimentación siguen siendo motivo de seria preocupación. También suponen una carga cada vez mayor para los presupuestos de salud pública, tanto aquí, en el Reino Unido, como en el resto del mundo.
En los últimos 20 años, los gobiernos han respondido diseñando y poniendo en marcha una serie de programas para ayudarnos a adelgazar y reflexionar sobre nuestros hábitos alimentarios. La mayoría se basa en la educación sobre nutrición y dieta —principalmente mediante el etiquetado de los envases—, con la esperanza de que proporcionar a las personas la información adecuada las lleve a tomar las decisiones correctas y reduzca los niveles de obesidad.
Pero, pese a algunas mejoras en determinados segmentos de la población (en particular, las comunidades con ingresos altos y un alto nivel educativo), estas políticas han hecho poco para frenar las tendencias de obesidad en otros grupos o el problema a escala mundial.
¿Qué se puede hacer, entonces, para cambiar el comportamiento de la población en lo que respecta a nuestras elecciones alimentarias? Desde la falta de motivación hasta la sensación de que cambiar es imposible, el marketing y la psicología ofrecen un sinfín de explicaciones sobre por qué a las personas les cuesta modificar sus hábitos. Un factor importante es que, aun cuando reciben la información, a menudo les resulta difícil comprenderla. En otras palabras, puede que las personas estén dispuestas a adoptar una dieta mejor y un estilo de vida más saludable, pero pueden sentirse abrumadas por información compleja, confusa y a veces contradictoria sobre nutrición y dieta, especialmente la que aparece en las etiquetas de los alimentos y está redactada en términos técnicos.
Por eso, no solo importa la información, sino también la manera de transmitirla. Es posible que las personas no sean receptivas a información difundida masivamente o llena de tecnicismos sobre nutrición con los que no se identifican. La información necesaria puede ser más difícil de entender precisamente para quienes más la necesitan. Esto es especialmente cierto para los grupos de bajos ingresos con mayor riesgo de obesidad.
Personalizar la información
Hasta hace poco, diseñar programas de nutrición y dieta adaptados a las necesidades de segmentos específicos de la población podía resultar demasiado costoso y complejo. Sin embargo, el desarrollo de las tecnologías móviles y las redes sociales abre una serie de oportunidades prometedoras.
En un análisis reciente, mis colegas Ben Lowe e Iain Fraser y yo examinamos el potencial y las limitaciones de las tecnologías de salud digital para cambiar los hábitos de consumo de alimentos. El número de usuarios de teléfonos inteligentes en todo el mundo superará los 2.000 millones en 2016, por lo que esta tecnología reviste especial importancia.
En primer lugar, las tecnologías de salud digital pueden contribuir al cambio de comportamiento al hacer que la información sea más accesible; permitir que se adapte a tipos y formatos más adecuados, y proporcionar a los consumidores mensajes motivadores o recordatorios basados en sus objetivos o metas. En concreto, pueden utilizarse para planificar comidas y generar listas de compras, así como para hacer un seguimiento del progreso hacia un objetivo de peso. También pueden ayudar a medir el valor nutricional de opciones alternativas en el menú de un restaurante o a identificar lugares donde se venden alimentos frescos y de temporada.
Entre las aplicaciones que ya hacen algunas de estas cosas están MyNetDiary, Smart APPetite y FoodSwitch, que ayuda a los compradores a encontrar productos alternativos más saludables. Nicolas’ Garden, una aplicación y plataforma creada por Nicolas Come, de ocho años, es un recurso «hecho por niños y para niños» cuyo objetivo es inspirar una vida más saludable de una manera divertida.
Pero, para aprovechar este potencial, debemos tener en cuenta el lenguaje cotidiano de los consumidores. También debemos poder supervisar eficazmente el impacto de estas tecnologías en los consumidores. Esto exige metodologías de investigación innovadoras que impliquen al usuario final desde las primeras etapas. Un desafío clave es acercarnos a las comunidades con mayor riesgo e incluirlas. Pero también debemos reconocer que parte de la información recopilada o requerida es personal o de propiedad exclusiva, lo cual puede limitar el desarrollo potencial o el impacto efectivo de las tecnologías de salud digital.
En resumen, la aparición y el rápido crecimiento de las tecnologías de salud digital son una herramienta bienvenida en el arsenal de opciones disponibles para combatir la crisis mundial de obesidad. Estas tecnologías podrían ser un verdadero impulso para quienes desean mejorar su propia salud, bienestar y felicidad. Nos permiten dejar atrás los mensajes informativos generales, áridos e ineficaces y pasar a mensajes personalizados y orientados a objetivos. Esto podría beneficiar en el mundo real a las personas, las comunidades, los profesionales de la salud y la sociedad en su conjunto.
Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lea el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Diogo Souza Monteiro es profesor titular de Agronegocios en la Universidad de Newcastle.
Imagen: Una mujer con sobrepeso está sentada en una silla en Times Square, en Nueva York. REUTERS/Lucas Jackson.

