El canto del gorrión pantanero —un ave de pecho gris que se encuentra en humedales de gran parte de América del Norte— es un trino melodioso y sencillo que se repite una y otra vez.
«Es algo así como un silbato policial armonioso», dijo el biólogo Stephen Nowicki.
Pero, según un nuevo estudio de los científicos de la Universidad de Duke Nowicki y Robert Lachlan, los gorriones pantaneros son capaces de procesar las notas que componen sus sencillos cantos de formas más sofisticadas de lo que se creía hasta ahora; una capacidad que podría ayudar a los investigadores a comprender mejor los componentes perceptivos básicos que hacen posible el lenguaje humano.
El estudio aparece en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.
A partir de los tipos finitos de sonidos que componen el flujo del habla —como el sonido «c» de «cat» o el sonido «b» de «boy»—, los seres humanos pueden crear y comprender un número casi infinito de palabras y oraciones sobre el presente, el pasado y el futuro, de manera inconsciente y automática.
Además, la forma en que los seres humanos perciben los sonidos del habla está influida por el contexto, dijo Lachlan, ahora en Queen Mary University of London.
En el inglés estadounidense, por ejemplo, los oyentes reconocen que la «t» de «city» y la «d» de «ready» pertenecen a categorías diferentes, aunque a menudo se pronuncian igual.
Lachlan y Nowicki querían saber si este aspecto común de la comprensión del lenguaje hablado, llamado solapamiento fonémico parcial, también se encuentra en las aves.
Para averiguarlo, grabaron y analizaron los cantos de 206 gorriones pantaneros machos cerca del lago Pymatuning, en Pensilvania.
El análisis estadístico reveló que las sílabas breves y repetidas que componen cada canto constan de subconjuntos de aproximadamente 10 tipos de notas.
En dos experimentos, los investigadores compararon las respuestas territoriales de los machos ante cantos en los que se sustituía la primera o la última nota de cada sílaba por una nota de otro tipo: corta, intermedia o larga.
La forma en que las aves percibían una nota concreta dependía del lugar que ocupaba en un fragmento del canto.
Las aves respondieron a los cantos modificados con una exhibición territorial agresiva cuando la sustitución de la nota se producía en una posición del fragmento, pero su respuesta fue mucho más débil o inexistente cuando la misma nota se sustituía en otra posición; esto indica que las aves pueden asignar el mismo sonido a distintas categorías de notas según el contexto en que aparece.
El estudio forma parte de un conjunto más amplio de investigaciones cuyo objetivo es comprender cómo surgió el lenguaje en los seres humanos mediante el estudio de distintas formas de comunicación en los animales.
El lenguaje humano se basa en un conjunto complejo de habilidades cognitivas, algunas de las cuales también se encuentran en los pájaros cantores. Este hecho, por sí solo, no sorprende del todo a los científicos, sobre todo a la luz de investigaciones recientes dirigidas por Erich Jarvis, de Duke, que muestran que los pájaros cantores y los seres humanos dependen de muchos de los mismos genes para cantar y hablar.
Pero, según los investigadores, lo emocionante de sus resultados es que sugieren que la capacidad de percibir los sonidos del habla de forma diferente según el contexto —una habilidad fundamental para percibir el habla humana— podría haber surgido antes, y no después, de que aparecieran otros aspectos del lenguaje humano, como la semántica y la sintaxis.
Esta investigación fue financiada por la Universidad de Duke y por un premio Arthur and Barbara Pape de la Universidad de Pittsburgh.
Este artículo se publica en colaboración con Duke Today. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autora: Robin Smith fue investigadora y docente de redacción durante más de diez años antes de incorporarse a la oficina de prensa de la Universidad de Duke, donde cubre las ciencias de la vida y las ciencias físicas en todo el campus.
Imagen: Gorriones se refrescan en un estanque durante un periodo de calor inusualmente intenso, cuando las temperaturas alcanzaron los 25 grados Celsius (77 grados Fahrenheit) en Skopie, el 25 de octubre de 2013. REUTERS/Ognen Teofilovski.

