Al igual que la industria, las ciudades invierten cada vez más en sistemas basados en tecnologías de la información para afrontar los retos de gestionar grandes empresas y facilitar innovaciones en los servicios. Aunque estas inversiones suelen mejorar rápidamente la eficiencia y la continuidad operativa, también crean nuevos riesgos inesperados: errores y fragilidad.
La creciente cantidad de software utilizada para gestionar las infraestructuras urbanas aumenta la probabilidad de errores de programación que pueden provocar fallos catastróficos, especialmente en sistemas de control muy centralizados. Por ejemplo, en 2006, la red Bay Area Rapid Transit de San Francisco quedó paralizada durante días cuando los primeros intentos de corregir un error desencadenaron inadvertidamente una interrupción más amplia y prolongada.
Los sistemas de las ciudades inteligentes también dependen de numerosas plataformas tecnológicas subyacentes que son sorprendentemente frágiles. Por ejemplo, el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) no solo se utiliza para los servicios de navegación, sino que también cumple una función irremplazable de sincronización horaria. Asimismo, miles de aplicaciones y sitios web de ciudades inteligentes dependen, para sus capacidades computacionales básicas, de la infraestructura de computación en la nube de empresas como Amazon, que han sufrido varias interrupciones importantes en los últimos años.
La fragilidad de las redes celulares móviles plantea un reto especial para la resiliencia de las grandes ciudades. A diferencia de Internet —que, al menos en teoría, cuenta con una resiliencia considerable gracias a sus múltiples conexiones redundantes—, las redes celulares tienen varios puntos vulnerables. Las propias estaciones base pueden sufrir daños físicos. Y, lo que es más importante, pueden fallar las infraestructuras cableadas de apoyo para el suministro eléctrico y las conexiones de «retorno» a la red de comunicaciones: tanto el tsunami de Japón de 2011 como la supertormenta Sandy de 2012 dañaron redes celulares cuya reparación llevó semanas. El modo de fallo más peligroso de las redes celulares se debe a la congestión: durante las crisis, las llamadas realizadas presa del pánico suelen saturar el espectro inalámbrico cuidadosamente gestionado del que dependen estas redes.
Todos los niveles de gobierno deberán adoptar una postura más firme al auditar y someter a pruebas de resistencia las infraestructuras digitales vitales. El fallo repentino e inesperado de estos sistemas durante las crisis tiene efectos en cadena paralizantes en las labores oficiales y civiles de respuesta y socorro. Incluso en tiempos de paz, los efectos económicos y sociales de los errores y la fragilidad pueden ser devastadores y tener consecuencias duraderas. Las evaluaciones deben ir más allá de la ciberseguridad, ya que los riesgos no se limitan a las amenazas externas: también derivan de la dinámica fundamentalmente inestable de las infraestructuras digitales y de las formas complejas, caóticas e impredecibles en que pueden interactuar con los sistemas cívicos, sociales y económicos.
El informe Global Risks 2015 ya está disponible.
Autor: Anthony Townsend es investigador científico sénior en el Centro Rudin de Política y Gestión del Transporte de la Universidad de Nueva York.
Imagen: Personas caminan bajo una nueva pantalla publicitaria gigante en Times Square, Nueva York, 20 de noviembre de 2014. REUTERS/Carlo Allegri

