Por qué debemos aspirar a algo más que la educación universal

Por qué debemos aspirar a algo más que la educación universal
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Mientras el Foro Mundial sobre la Educación se reúne en Incheon, Corea del Sur, ha llegado el momento de afrontar algunos hechos inquietantes sobre el estado de la educación en el mundo actual. Más del 91 % de los niños en edad de cursar primaria están escolarizados, pero los avances en la educación del 9 % restante se han frenado casi por completo. Las cifras apenas han cambiado desde 2005, y las niñas siguen quedando atrás de forma desproporcionada.

Peor aún, las cifras generales no reflejan la verdadera magnitud del problema. En los países más pobres, incluso los niños que tienen el privilegio de acceder a un aula a menudo no reciben una educación de calidad. Según la UNESCO, de unos 650 millones de niños y niñas en edad de cursar primaria, se estima que 250 millones no aprenderán a leer ni a contar, tanto si han ido a la escuela como si no.

Además, en muchas zonas del mundo en desarrollo, los sistemas escolares estatales están dejando atrás a decenas de millones de niños debido a la pobreza y la discriminación. La verdadera educación de estos niños será la del campo o la calle. Crecerán trabajando como pequeños agricultores, aparceros y jornaleros, y tendrán dificultades para enviar a sus propios hijos a la escuela.

Ha llegado el momento de que las Naciones Unidas y otros organismos internacionales dejen de centrarse exclusivamente en las cifras de matriculación y afronten el problema de la calidad de la educación. En septiembre, mi organización, BRAC, se sumó a una iniciativa colaborativa encabezada por Hillary Clinton y la ex primera ministra de Australia Julia Gillard, que busca escolarizar a más niñas y abordar al mismo tiempo el problema de la calidad para ambos sexos.

Como parte de esa iniciativa, BRAC, que ya es el mayor proveedor privado y laico de educación del mundo, prevé invertir al menos 280 millones de dólares para llegar a 2,7 millones de niñas más y formar a 75.000 docentes antes de 2019. Instamos a otros a realizar inversiones similares.

Con demasiada frecuencia, el enfoque de los países pobres respecto a la educación sigue anclado en la época colonial y favorece la memorización mecánica en lugar del aprendizaje genuino. Las escuelas hacen poco por impartir las habilidades para la vida y el trabajo necesarias para preparar a los jóvenes para la economía del conocimiento del siglo XXI. Se otorgan notas más altas a los niños por escribir frases exactamente iguales a las de los libros de texto que por aportar ideas propias.

Este enfoque no fomenta la curiosidad, la confianza en uno mismo ni el pensamiento independiente. Además, resulta especialmente inadecuado para los niños de entornos pobres, que consideran que gran parte de lo que se les enseña en el aula no guarda relación con su vida cotidiana.

Me alegró que, en mayo, un panel encargado por el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, elaborara una agenda de desarrollo posterior a 2015 que incluyera la educación de calidad, y no solo el acceso universal, entre sus recomendaciones. Fijar metas basadas en la calidad y no en la cantidad será difícil, pero no imposible.

Es imprescindible lograr resultados básicos en alfabetización y aritmética. También lo es establecer estándares de aprendizaje social y emocional, que destacan la importancia de reconocer nuestras emociones, aprender a gestionarlas y fomentar la empatía hacia los demás. Estas habilidades, conocidas como «inteligencia emocional», son tan importantes para los niños de los países pobres como para los de los países ricos.

En entornos de conflicto y posconflicto como Afganistán o Sudán del Sur, un futuro seguro y pacífico dependerá de que una nueva generación pueda sanar sus heridas emocionales y psicológicas, tal como ocurrió en mi Bangladesh natal tras nuestra Guerra de Liberación de 1971. Incluso en países que no han quedado marcados por la guerra, salir de la pobreza exige inteligencia emocional, además de capacidad para resolver problemas y pensamiento crítico.

Ante los recientes recortes de la ayuda a la educación, algunos podrían objetar que centrarse en la calidad y la inteligencia emocional son lujos que no podemos permitirnos. No es así. En Bangladesh, hemos encontrado la manera de ofrecer educación de calidad a los pobres con escuelas que cuestan apenas 36 dólares por alumno al año. Con el apoyo de la comunidad, se forma a mujeres de la zona para enseñar a los niños a pensar por sí mismos. Las escuelas de una sola aula funcionan en espacios alquilados o prestados para reducir los costos. En todas las aulas, la mayoría de los alumnos son niñas.

Debemos promover estándares universales para la educación, no solo el acceso universal, tanto para niñas como para niños. El potencial de un niño solo se despliega de verdad cuando aprende a reconocer y aprovechar las oportunidades que sus padres nunca tuvieron. Este es el estándar que debemos fijar, y será un momento realmente extraordinario cuando se adopte de forma universal.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate . La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Fazle Hasan Abed es fundador y presidente de BRAC y recibió el primer Premio WISE de Educación.

Imagen: Lápices de colores en una caja de madera en una escuela infantil. REUTERS/Michaela Rehle.

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