Cuando observo el ritmo de agotamiento de los recursos, la erosión del suelo y la disminución de las poblaciones de peces, así como los efectos del cambio climático en casi todos los ecosistemas, veo un mundo físico que se deteriora lenta pero inexorablemente. Lo llamo la «realidad menguante»: la nueva normalidad; fenómenos de inicio lento que nos sumen en la pasividad y la aceptación de un mundo menos rico y diverso.
En mi vida he visto aguas repletas de peces multicolores convertirse en algo muerto, como un acuario vacío. He visto las calles de Bogotá, mi ciudad natal, perder miles de árboles en cuestión de años.
Es tentador sentirse desmoralizado. Pero mientras los especialistas en áreas protegidas, los conservacionistas y los responsables de la toma de decisiones de todo el mundo se reúnen esta semana en Sídney, Australia, para el Congreso Mundial de Parques, también hay muchos motivos para tener esperanza.
Desde que se celebró el último Congreso, hace 11 años en Durban, Sudáfrica, hemos logrado avances tangibles: el número de áreas protegidas se ha duplicado y ahora cubren alrededor del 15 % de la superficie terrestre del planeta y el 3 % de sus océanos. El Banco Mundial contribuyó a estos avances con numerosos proyectos que ayudaron a establecer y fortalecer la financiación y la gestión de áreas protegidas, desde la Amazonía brasileña, hasta las zonas de arrecifes de coral de Indonesia, entre otros ejemplos.
También hemos logrado avances fundamentales en la manera en que las personas piensan sobre la naturaleza. Poco a poco, la gente se da cuenta de que el planeta es su hogar y de que puede —y, de hecho, debe— desempeñar un papel activo en su cuidado. Esto no es tan obvio como parece, y queda mucho por hacer.
A medida que la gente se traslada a las ciudades y los países se industrializan, vemos que las nuevas generaciones pierden la comprensión básica de los vínculos entre los ecosistemas saludables y los alimentos y el agua de los que dependen para sobrevivir. (Si hoy le pregunta a un niño de dónde viene el pollo, probablemente le señalará el refrigerador de un supermercado). La fauna silvestre, desde los elefantes hasta las modestas abejas polinizadoras, también corre el riesgo de ser tratada como entretenimiento prescindible en zoológicos y documentales, en lugar de como parte esencial de los ecosistemas y vecina nuestra.
Entran en escena los contables, héroes inesperados en la lucha por la conservación de la naturaleza. Hace diez años, pocas personas entendían el concepto de contabilidad del capital natural. Hoy crece la demanda del tipo de trabajo que realiza, por ejemplo, la iniciativa Contabilidad de la Riqueza y Valoración de los Servicios de los Ecosistemas (WAVES): cada vez más países solicitan ayuda para evaluar sus cuentas naturales (¿Cuánta agua tenemos? ¿Qué está pasando con las reservas forestales?). Cada vez más países y empresas privadas están interesados en ir más allá del PIB y las ganancias financieras netas para comprender la seguridad a largo plazo de su crecimiento y sus cadenas de suministro. Quienes toman decisiones y realizan inversiones están redescubriendo que la salud de los activos naturales sustenta la riqueza y el bienestar a largo plazo. Este año, en Sídney, gran parte del debate se centra en el valor de las áreas protegidas dentro de un paisaje rural más amplio y como parte integral de una economía funcional que incluye medios de vida, empleos y servicios ecosistémicos.
La conciencia sobre el cambio climático, mínima hace 10 años, también ha ayudado a centrar la atención de la gente en los limitados recursos del planeta. Los programas que buscan reducir las emisiones derivadas de la deforestación y la degradación forestal (REDD+) para mitigar el cambio climático han abierto espacio político en muchos países para debatir el uso de la tierra entre distintos sectores y negociar formas de dejar más bosques en pie. Los fenómenos meteorológicos extremos han puesto de relieve el valor de las barreras naturales, como los manglares costeros y las laderas boscosas, para la resiliencia física y económica.
Se dice que el conocimiento es poder. Ahora es el momento de convertir la comprensión en acción en todos los niveles de la sociedad y en todos los sectores económicos. Tenemos la oportunidad de pasar de considerar la sostenibilidad ambiental una preocupación ética marginal a incorporarla como parte central de las estrategias de desarrollo, y de poner los avances en el acceso al agua, la seguridad alimentaria, el transporte y muchas otras áreas sobre una base sostenible.
Aunque las tendencias ambientales parezcan abrumadoras, muchas de las soluciones son relativamente sencillas: desde gestionar el ganado para permitir la regeneración natural de árboles y pastos hasta proteger los arrecifes que sirven de zonas de reproducción acuática; desde mejorar las prácticas pesqueras hasta hacer cumplir la legislación ambiental y procesar judicialmente los delitos contra la fauna silvestre; desde planificar un crecimiento urbano más compacto hasta construir sistemas de transporte rápido en autobús.
Vivimos en el Antropoceno. Dejemos de fingir que detener el deterioro del planeta es tarea de otros.
Esta publicación apareció originalmente en el blog del Banco Mundial
Autora: Antes de incorporarse al Banco Mundial en julio de 2014 como directora sénior de la Práctica Global de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Paula Caballero fue directora de Asuntos Económicos, Sociales y Ambientales del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia.
Imagen: Fragmentos de hielo se desprenden de uno de los lados del glaciar Perito Moreno en un proceso de ruptura inesperada durante los meses de invierno del hemisferio sur, cerca de la ciudad de El Calafate, en la provincia patagónica de Santa Cruz, al sur de Argentina, el 7 de julio de 2008. REUTERS/Andres Forza.

