La economía debe dejar de tratar a las personas como partículas atómicas

Students sit in a classroom at the Central European University in Budapest, Hungary, November 14, 2018. Picture taken November 14, 2018. REUTERS/Bernadett Szabo - RC1FC9DEA5E0
In the UK, a number of economics programmes are gradually becoming more pluralist in terms of theory and methods.Image: REUTERS/Bernadett Szabo
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El pensamiento económico rige gran parte de nuestro mundo. Pero la enseñanza de esta disciplina se ha quedado anclada en el pasado. Basada en modelos anticuados del siglo XIX construidos sobre la física newtoniana, la economía trata a los seres humanos como partículas atómicas, en lugar de como seres sociales.

Si bien la investigación académica suele lograr trascender esta simplicidad, la formación de grado no lo hace – y la influencia de estas ideas simplificadas la arrastran los graduados cuando pasan a trabajar en la política, los medios de comunicación, las empresas y la función pública.

Los economistas como yo tendemos a hablar con una jerga muy codificada y con modelos matemáticos. Hablamos de «leyes económicas», situándolas tácitamente como análogas a las leyes de la física. Envolvemos nuestro material de estudio en una gruesa capa de jerga técnica y excluimos de las aulas cualquier debate moral o ético. Intentamos ampararnos bajo la protectora bata blanca de laboratorio de la «ciencia real», un fenómeno que el premio Nobel Friedrich Hayek describió como cientificismo.

En definitiva, la economía se ha convertido en una disciplina bastante anticuada y muy celosamente protegida. Necesitamos actualizar con urgencia la formación en economía para cambiar esta situación, porque la economía, tal como se enseña en las universidades, no refleja ni aborda muchas de las cuestiones del mundo real, ya sean políticas, ambientales o sociales.

La economía política

Consideremos la compleja interrelación entre la política y la economía, que los economistas suelen intentar evitar. Ese intento es inútil. Dejar de lado la política, la historia y las ideas más amplias al enseñar economía, como hace la mayoría de los profesores, equivale a estudiar los flujos «naturales» del agua en los Países Bajos sin tener en cuenta que hay personas que viven allí y que la dirigen, construyen diques, ganan terrenos al mar y canalizan el agua, e ignorar que llevan haciéndolo durante miles de años. No se puede estudiar el sistema ignorando a las personas que lo hacen funcionar.

La política y la economía están inextricablemente entrelazadas, como bien sabían Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx. De algún modo, esto se ha olvidado. Esto no significa que los economistas deban meterse en política o tomar partido. Pero sí significa que ignorar la política es un riesgo para nosotros mismos: al desentendernos de ella o descartarla como «cosas externas», dificultamos nuestra comprensión del propio sistema que estudiamos.

Los economistas hablan solo en cifras, aferrados a los datos estadísticos y a los modelos cuantitativos. Lo hacemos con la esperanza de parecer objetivos. Pero esto es contraproducente: los «datos» no pueden decirnos todo. Otras ciencias sociales, como la sociología y la antropología, utilizan una gama más amplia de métodos y, en consecuencia, tienen una perspectiva más amplia de la sociedad. Si tomamos en serio nuestro papel social como asesores en materia económica, tendremos que abrirnos y adoptar las ideas que estas otras disciplinas nos aportan sobre el funcionamiento de la economía.

Es cierto que los economistas académicos son conscientes de las deficiencias de su disciplina. Pero, por desgracia, esta conciencia de la complejidad del sistema económico no siempre llega a quienes terminan la universidad tras obtener su título. Y eso es lo que hace la gran mayoría de los graduados en economía. Son las personas que pasan a trabajar en grandes empresas, gobiernos y bancos centrales, que dan forma a las políticas y crean nuestro «sentido común económico».

Sesgos educativos

Entonces, ¿qué tipo de ideas se llevan estos estudiantes de grado de economía al salir de la universidad y al incorporarse a algunas de las carreras más importantes de nuestras sociedades?

Grupos de estudiantes preocupados de todo el mundo han empezado a analizarlo de forma sistemática. Los miembros estudiantiles de la University of Manchester Post-Crash Economics Association escribieron un libro en el que analizan 174 módulos de economía en siete universidades británicas líderes. Constataron que menos del 10 % abordaba algo distinto de la economía convencional. En los Países Bajos, los estudiantes constataron que los problemas del mundo real, desde el cambio climático hasta la desigualdad, se trataban con seriedad solo en el 6 % de todos los módulos y que solo el 2 % de los cursos de métodos no se centraban en el trabajo estadístico.

Image: The Conversation

Una serie de proyectos posteriores de revisión de los planes de estudio, entre ellos uno que abarcaba 13 países, desde Argentina hasta Israel, constató condiciones similares en los programas de economía de todo el mundo.

Los estudiantes universitarios de economía de todo el mundo aprenden teorías de libros de texto que apenas han cambiado desde la década de 1950. Dichas teorías se basan en agentes individuales que compiten en los mercados para maximizar la «utilidad económica» (de las personas) o el beneficio (de las empresas), definidos de forma restrictiva. Los principios se enseñan con la misma certeza que la física newtoniana y en ámbitos carentes de juicios de valor.

Esto es absurdo. Es evidente que existen valores: la economía convencional valora la eficiencia, los mercados y el crecimiento, y antepone los individuos a los colectivos. Sin embargo, no se enseña a los estudiantes universitarios a reconocer, y mucho menos a cuestionar, estos valores, y las consecuencias son graves.

Los modelos que se enseñan en nuestra formación ignoran la desigualdad, mientras nuestras sociedades se desgarran por ella. En nuestras clases, el crecimiento económico incesante es un dogma incuestionable, y sin embargo ese mismo crecimiento económico está destruyendo rápidamente los cimientos ecológicos de nuestro mundo. Y aunque todos podamos donar a organizaciones benéficas, separar la basura y sentirnos culpables por volar en exceso, colectivamente estamos incapacitados para reformar el sistema que impulsa estos problemas.

Esperanza de cambio

Existe esperanza de cambio, no obstante. En el Reino Unido, varios programas de economía se están volviendo gradualmente más pluralistas en cuanto a teoría y métodos como respuesta a este movimiento. El Goldsmiths College de Londres, por ejemplo, ha renovado su programa de PPE para incluir lo mismo y añadir otras disciplinas. Y el Schumacher College de Devon ofrece ahora un máster en Economía para la transición que vincula explícitamente los sistemas económicos y ecológicos. Mientras tanto, se está creando un sistema internacional de acreditación para los programas de máster pluralistas que se está poniendo en marcha.

Pero necesitamos una renovación en un frente mucho más amplio: un nuevo enfoque de la formación en economía que no se esconda tras los límites autoimpuestos de la modelización al estilo de la física del siglo XIX, sino que considere seriamente el papel social de los economistas. Necesitamos una economía que se centre en el conjunto del sistema económico y que reconozca todas las fuentes de conocimiento pertinentes, en lugar de aferrarse con temor a los datos estadísticos. Y una que aborde las cuestiones más apremiantes para la sociedad, y no aquellas que encajan cómodamente dentro de su método dominante.

Esperemos no tener que esperar a que la generación actual de economistas se jubile para que esto ocurra. Para entonces, quizá sea demasiado tarde.

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