El grito de guerra del premio Nobel James Heckman, “No podemos permitirnos aplazar la inversión en los niños hasta que se conviertan en adultos, ni podemos esperar a que alcancen la edad escolar, momento en que quizá sea demasiado tarde para intervenir”, resulta convincente, pero la inversión tan necesaria en educación infantil sigue siendo un asunto difícil de defender, debido al importante desfase entre el cambio de políticas y el cambio en la práctica. Entre los países de la OCDE, por ejemplo, los países nórdicos invierten entre el 1,4 % y el 2,3 % del PIB en educación infantil. Otros países invierten menos: por ejemplo, Austria, Hungría y Francia entre el 0,5 % y el 1 %, y Suiza (aunque esto puede variar de un cantón a otro) el 0,2 % del PIB. Las tendencias y los esfuerzos para aumentar la inversión pública y privada en educación infantil empiezan a consolidarse, incluso a través de nuevos actores y servicios que apoyan al sector, pero no bastan para afrontar la magnitud del desafío.
¿Qué se puede hacer para impulsar la inversión? En primer lugar, cada vez más personas deberían darse cuenta de que la educación infantil es una oportunidad y, para ello, asegurarse de que los valores, la visión, las políticas, la infraestructura, los recursos humanos, las soluciones creativas y todos los demás factores habilitantes estén disponibles. Eso requiere una visión política a largo plazo y no ideológica. Suecia, por ejemplo, logró alinearse con esa visión hace décadas y hoy está en condiciones de ofrecer educación infantil porque la consideró una oportunidad y un desafío a largo plazo. Esto ayudó a crear las condiciones para la inversión a largo plazo.
En segundo lugar, deben abordarse las barreras institucionales. Para ello, la integración de la educación infantil en el sistema educativo parece ser importante. Según la UNESCO, los países en los que la educación infantil depende del ministerio de educación (por ejemplo, Noruega, Suecia, Brasil, Jamaica, Nueva Zelanda y Eslovenia) han obtenido mejores resultados: más docentes cualificados, menor ratio entre docentes y alumnos, más recursos e infraestructuras de mejor calidad. Más países podrían considerar la posibilidad de probar la idea de integrar la educación infantil en su política educativa general.
En tercer lugar, la mejora de la cualificación docente es esencial, y el debate debe centrarse no solo en la formación, sino también, de forma más profunda, en la promoción de los profesionales de la educación infantil como agentes igualmente fundamentales para la educación de sus alumnos, y merecedores del mismo estatus que el resto de docentes.
Lea más: Por qué la educación infantil es un buen comienzo
En cuarto lugar, las políticas deben ser integrales, reconocer y generar confianza con las familias y los docentes como parte esencial de la ecuación del capital humano, y garantizar que la educación infantil ofrezca múltiples beneficios, por ejemplo, en salud pública e integración social. Entre los ejemplos interesantes de enfoque integral figuran Chile y Nueva Zelanda.
En quinto lugar, hay que encontrar una forma de reducir los costes. Eso supone un desafío porque, por defecto, queremos lo mejor para nuestros hijos, y eso tiene un precio elevado. Un remedio podría ser reducir los costes mediante las economías de escala que podría generar un número creciente de plazas. Sin embargo, eso aún está por ver en el caso de cadenas y redes de más de unas pocas escuelas, pero, si esas economías llegaran a ser posibles, imagínese las implicaciones de un crecimiento de ese tipo.
Todo lo anterior, y mucho más, requiere coordinación y colaboración en todos los niveles y dentro de ellos: docentes, familias, y los sectores público y privado. La coordinación entre las partes interesadas es fundamental, ya que incluye el diálogo, la definición de la agenda, el diseño de políticas y todos los demás elementos necesarios para impulsar una inversión estratégica a largo plazo en beneficio de las próximas generaciones y de la economía mundial.
Acerca de Dinamismo resiliente
Ser resiliente significa ser capaz de adaptarse, resistir las crisis y recuperarse de ellas. El crecimiento futuro en este nuevo contexto requiere dinamismo: una visión audaz y una acción todavía más audaz. Como tema de la edición 2013 de la Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos, el Dinamismo resiliente se refiere a estos atributos combinados como conceptos fundamentales para el liderazgo en los próximos años.
Autor: Michele Petochi es director de Redes Académicas del Foro Económico Mundial. Asistencia prestada por Nathanial Lurie, de la Universidad de Brandeis.
Imagen: Lápices de colores dentro de una caja de madera REUTERS/Michaela Rehle

