El viernes, la selección femenina de fútbol de EE. UU. derrotó a Francia en los cuartos de final del Mundial, en un partido que algunos anticipaban como “el partido más importante de la historia del fútbol femenino.” Pero fuera del campo, el equipo femenino estadounidense libra una batalla con un interés aún mayor: la lucha por la igualdad salarial.
La semana pasada, según se informa, la selección femenina de fútbol de EE. UU. y la Federación de Fútbol de EE. UU. acordaron someterse a mediación en el marco de la demanda interpuesta por las 28 jugadoras contra su empleador por discriminación de género; el análisis del Guardian de los convenios colectivos de cada equipo reveló que, aunque las jugadoras de la selección femenina estadounidense han ganado unos 90.000 dólares cada una en primas del Mundial hasta ahora, habrían cobrado 550.000 dólares por persona si les pagaran como a los hombres.
El hecho de que las jugadoras cobren menos que sus homólogos masculinos no está en disputa. Lo que US Soccer alegó en respuesta a la demanda es que la brecha salarial se debe a “diferencias en los ingresos agregados generados por los distintos equipos y/o a cualquier otro factor distinto del sexo”. En otras palabras, como los hombres generan más dinero, también cobran más.
Pero ese argumento se vio complicado por una reciente investigación del Wall Street Journal, según la cual los partidos de la selección femenina de EE. UU. tuvieron en realidad mejores ventas de entradas y generaron más ingresos por partido que el equipo masculino entre 2016 y 2018. De hecho, el entusiasmo por la selección femenina estadounidense —y por el Mundial femenino en términos más generales— está en su punto más alto; la FIFA prevé que un total de 1.000 millones de espectadores sigan los partidos. Con precios de las entradas que batén récords y jugadoras de selecciones nacionales de lugares que van desde Australia y Noruega hasta Brasil y Nigeria denuncian la brecha salarial de género en sus propios países, los esfuerzos de los empleadores por justificar la brecha salarial parecen cada vez más endebles en el deporte y en todos los demás ámbitos.
Aunque las futbolistas sí generaran menos ingresos que los hombres, eso seguiría sin ser una razón suficiente para pagarles menos. Después de todo, como Travis Waldron escribió para HuffPost en 2016, basar el salario “únicamente en una fuerza de mercado como ‘los ingresos generados’ ignora las formas en que los guardianes del fútbol internacional han frenado sistemáticamente el juego femenino durante años, impidiendo que las mujeres tengan la oportunidad de generar ingresos similares”. Dicho de otro modo, si las mujeres de un mismo lugar de trabajo cobran de forma constante menos que los hombres, se trata de un problema independientemente de la “razón”, porque esa razón, ya tenga que ver con los ingresos, el historial salarial, o el nivel jerárquico con el que se contrata a las mujeres para determinados puestos, probablemente pueda rastrearse hasta el sexismo estructural en primer lugar.
En una época en la que todavía se dice a demasiadas mujeres que el secreto para cobrar un salario justo es “lean in” y mantenerse firmes en las negociaciones salariales, la selección femenina estadounidense nos recuerda oportunamente que la igualdad salarial no es una cuestión individual, sino colectiva. Como Ephrat Livni escribió en Quartz el año pasado: “La verdad es que las mujeres se enfrentan a sesgos demasiado profundos y complejos como para esperar que cualquier persona los resuelva por sí sola”. El mensaje que ahora llega de estrellas del fútbol como Megan Rapinoe y Christen Press es quizá una señal de que estamos entrando en una nueva era de impaciencia justificada ante la brecha salarial, en la que más mujeres se unirán para decir a las instituciones que las infravaloran de forma sistemática: Ustedes crearon el problema. Ahora, solúcionenlo.

