Las universidades necesitan filantropía, pero deben resistirse a las agendas ocultas

Universities, including the University of Oxford, have survived for centuries thanks in part to philanthropic supportImage: Flickr/Tejvan Pettinger
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Las universidades se cuentan entre las instituciones más perdurables del mundo. Clark Kerr, primer rector de la Universidad de California en Berkeley, señaló en una ocasión que, de todas las instituciones fundadas en el mundo occidental hace cinco siglos, solo 85 siguen existiendo hoy. Este reducido grupo incluye a la Iglesia católica, los parlamentos de la Isla de Man, Islandia y Gran Bretaña, varios cantones suizos y, lo que es más notable, 70 universidades.

La filantropía ha contribuido a la longevidad de las universidades y, si estas han de seguir desempeñando su papel a la vanguardia de las transformaciones sociales, tecnológicas y económicas, como ejemplifica la Cuarta Revolución Industrial, la filantropía será más importante que nunca. Las aspiraciones de las universidades —crear nuevos conocimientos y habilidades para un futuro mejor— superan la capacidad de los gobiernos para financiarlas. Se necesitan fuentes de financiación complementarias y alternativas, y la filantropía está realizando una contribución cada vez más importante. El desafío consiste en garantizar que esta fuente crucial de financiación no distorsione la misión ni las prácticas de las universidades.

Las universidades llevan mucho tiempo recibiendo donaciones de personas adineradas. Las universidades europeas medievales, como Oxford, Cambridge y Bolonia, dependían del patrocinio de personas poderosas. La Universidad de Harvard inició su primera campaña de recaudación de fondos en 1643. La lista de las grandes universidades estadounidenses está repleta de los nombres de sus benefactores fundadores, que les dieron nombre: Stanford, Carnegie y Mellon, Duke, Drexel, Rensselaer y Rockefeller (quien fundó tanto la Universidad de Chicago como la Universidad Rockefeller). En el siglo XIX, las principales universidades alemanas dependían de donaciones privadas, y fundaciones como Wellcome Trust, fundada en 1936, han tenido un profundo impacto en la investigación de la enseñanza superior en ciencias de la vida. Mientras tanto, las fundaciones estadounidenses han influido en el desarrollo del sector universitario en China y África.

El volumen de las donaciones ha aumentado considerablemente en los últimos años. Según algunos cálculos, Harvard recibe un promedio de 3 millones de dólares al día. Oxford y Cambridge han llevado a cabo con éxito campañas de mil millones de libras. Stanford cuenta con un fondo patrimonial de más de 20.000 millones de dólares y solo en 2015 recibió cuatro donaciones de al menos 100 millones de dólares. Las universidades de Estados Unidos y el Reino Unido son las principales receptoras de donaciones filantrópicas de millones de dólares o libras. David Callinan afirma que, en los 10 años transcurridos desde 2005, se hicieron más de 14.000 donaciones de 1 millón de dólares o más a centros universitarios y universidades de Estados Unidos, y que al menos 100 de ellas superaron los 100 millones de dólares.

Un estudio realizado en 2012 para la Oficina Nacional de Investigación Económica muestra que la filantropía en Estados Unidos aportó más de 4.000 millones de dólares al año a las operaciones, los fondos patrimoniales y los edificios dedicados a la investigación científica, de ingeniería y médica. Al sumar los ingresos de los fondos patrimoniales, la financiación universitaria de la investigación procedente de la filantropía científica ascendía a 7.000 millones de dólares al año. Esto representaba casi el 30 % de los fondos anuales para investigación de las universidades líderes.

Esto se suma a los profundos desafíos que afrontan la administración y la dirección de las universidades, y es reflejo de ellos. Dirigirlas y gestionarlas resulta complicado porque atienden a múltiples comunidades con intereses y demandas diferentes. En algunas partes del mundo —como el Reino Unido y Australia—, la complejidad aumenta a medida que los gobiernos reducen la financiación básica e introducen al mismo tiempo mediciones del desempeño y mecanismos de rendición de cuentas más estrictos. Las universidades ya no pueden depender del Estado para obtener financiación. La competencia va en aumento, pues cada vez más instituciones compiten por los recursos. Esto genera incertidumbre sobre la sostenibilidad financiera necesaria para pagar los salarios y las pensiones del profesorado o llevar a cabo nuevos programas de inversión de capital.

Solo algunas universidades están preparadas para afrontar estos desafíos. Las que responden con mayor eficacia están invirtiendo de forma significativa en su capacidad para recaudar fondos, incluida la capacidad de identificar y cultivar relaciones con donantes, así como de poner en marcha y gestionar campañas. Se están profesionalizando mucho más y tienen más éxito a la hora de atraer donaciones, realizar las debidas diligencias y gestionar grandes aportaciones. Estas donaciones filantrópicas han impulsado su investigación, mejorado la experiencia de sus estudiantes y respaldado la construcción de nuevos edificios e instalaciones. Esto es motivo de celebración, pero las universidades deben asegurarse de que las donaciones privadas no incluyan condiciones que desvíen su propósito y sus objetivos. Los horizontes a largo plazo, la integridad, la independencia y el servicio al bien público siempre deben prevalecer sobre las intenciones de cualquier donante individual, por generoso que sea.

Si no se siguen procesos profesionales e independientes, las consecuencias pueden ser graves y desembocar en escándalos que desprestigien incluso a las instituciones más prestigiosas. Así ocurrió en 2010, cuando la London School of Economics (LSE) aceptó una donación de la Fundación Gadafi, en un momento en que se acusaba al hijo del líder libio de haber obtenido un doctorado cuya tesis había sido redactada por otra persona y contenía plagios. En 2011, la LSE fue objeto de un mayor escrutinio público durante el levantamiento libio, lo que condujo a la dimisión de su director.

Hay indicios preocupantes de campañas considerables y sostenidas por parte de algunos filántropos de Estados Unidos, entre ellos activistas políticos multimillonarios, para promover sus posturas ideológicas mediante donaciones a universidades.

Los filántropos quieren dar forma a las universidades, y lo hacen. El economista Zoltan Acs escribe sobre las relaciones simbióticas entre las universidades estadounidenses y el emprendimiento. A los emprendedores exitosos les atrae financiar instituciones ambiciosas capaces de lograr un impacto. Los filántropos suelen ser emprendedores y, por ello, tienden a valorar las organizaciones que promueven y facilitan la actividad emprendedora. La investigación y la educación universitarias sustentan las empresas emprendedoras más exitosas de Estados Unidos y, mediante sus donaciones filantrópicas, esos emprendedores buscan mantener el sistema que produjo su riqueza. A veces lo hacen donando y ubicando sus sedes e instalaciones de investigación cerca de universidades destacadas.

Relacionarse con filántropos visionarios puede reportar grandes beneficios: las alianzas basadas en valores compartidos pueden estimular nuevas ideas y orientaciones. La donación de Mohammed Abdul Latif Jameel a su alma mater, el MIT, no solo aportó los medios financieros para crear elLaboratorio Abdul Latif Jameel de Agua y Seguridad Alimentaria, sino que también aprovechó los conocimientos y la visión de Jameel en materia de energía, tecnología y macrodatos para ayudar a resolver desafíos mundiales relacionados con la distribución de alimentos y agua.

La financiación filantrópica es importante para las universidades tanto por sus cualidades como por su volumen. En el ámbito de la ciencia y la investigación se repite a menudo que falta financiación para la investigación especulativa y de alto riesgo. Los organismos gubernamentales de financiación pueden ser conservadores: evitan metodologías audaces y prefieren apoyar a quienes tienen una trayectoria acreditada (por lo general, investigadores de más edad). La investigación financiada con filantropía puede superar algunas de estas limitaciones.

Por ejemplo, Leverhulme Trust (fundada en 1925) tiene un enfoque distintivo: deja que la comunidad académica decida qué ideas financiar. No establece prioridades estratégicas ni temáticas. La mayoría de sus subvenciones se concede en respuesta a propuestas seleccionadas por su calidad y originalidad para impulsar el conocimiento.

Es más probable que la filantropía financie edificios, equipos y las ideas de investigadores jóvenes con una trayectoria menos consolidada. También puede dar impulso a importantes programas de transformación que no se habrían llevado a cabo sin ella. La Universidad de Queensland, en Australia, mejoró enormemente su perfil científico gracias a una donación de Atlantic Philanthropies que cofinanció varios institutos de investigación nuevos de gran envergadura, por ejemplo.

Sean las donaciones filantrópicas de fundaciones, empresas o personas adineradas, las universidades deben preservar, ante todo, su libertad para decidir sus prioridades y publicar los resultados de su trabajo, nombrar y ascender al personal, y asignar la propiedad intelectual. Para ello, deben atraer a los filántropos adecuados. Cuando la familia Chan donó 350 millones de dólares a Harvard, la donación no estaba sujeta a restricciones: el dinero se gastaría como la universidad considerara más conveniente. Para reducir la dependencia de instituciones o personas concretas, es preciso mantener un equilibrio que garantice que los fondos procedan de un grupo más amplio, por lo general de antiguos alumnos. Sin embargo, hay que tener cuidado y evitar el uso indebido de los servicios de evaluación del patrimonio de antiguos alumnos, y especialmente las violaciones de la privacidad.

Las decisiones sobre las donaciones filantrópicas pueden tomarse rápidamente, y sus objetivos pueden ser audaces y arriesgados. Su impacto puede superar con creces lo que sugieren las cantidades donadas. Las alianzas sólidas con filántropos ambiciosos pueden transformar las universidades. Pero estas deben actuar con criterio, prudencia y vigilancia. Los filántropos pueden estar guiados por agendas muy concretas que quizá no coincidan con las metas y los objetivos de la universidad y sus comunidades. Para determinar la necesidad de las donaciones y su procedencia, debe haber transparencia total y participación del personal. Atraer donaciones en circunstancias de presión financiera no debe sustituir la selección cuidadosa de donantes adecuados, con quienes la universidad pueda construir una relación de respeto mutuo, que surja cuando los valores compartidos y la gran confianza dan lugar a excelentes resultados.

No todas las universidades afrontarán estos desafíos con el tacto y el cuidado que merecen. Algunos líderes tardarán demasiado en responder a este panorama transformado. Pero las instituciones que lo hagan bien tendrán más posibilidades de perdurar —y de dejar una huella duradera— durante siglos.

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