Natasha Mumbi Nkonde me cuenta que la persigue el recuerdo de cómo sonaba de niña. Nkonde, nacida en Zambia en 1984 y trasladada al Reino Unido a los seis años, recuerda que hablaba dos idiomas distintos: bemba y nyanja. Como era de esperar, tuvo que pasarse al inglés cuando emigró a Gran Bretaña. Pero no fue hasta que regresó a Zambia en 2008 (casi 20 años después) cuando se dio cuenta de cuánto se habían erosionado sus dos primeras lenguas.
«A mi lengua le costaba articular las palabras. Podía entender con toda claridad lo que me decía la gente, pero no lograba formular una frase», cuenta Nkonde, feminista negra que trabaja como organizadora regional en The Edge Fund y es cofundadora de The GLC Story.
Como si no fuera ya bastante doloroso aceptar el lento deterioro de su lengua materna y lo aislante que podía resultar al intentar conectar con sus amistades y seres queridos en su país, algunas personas la acusaron de hacerlo a propósito. Unos decían que había regresado a Zambia desde el Reino Unido y que ahora se sentía «demasiado buena» para hablar sus lenguas nativas; otros sugerían que simplemente era perezosa. Pero Nkonde dista mucho de ser la única.
La pérdida de una lengua nativa es un fenómeno conocido como desgaste de la primera lengua. Aunque puede causar sorpresa y, a veces, indignación, el desgaste de la primera lengua es cada vez más común, a medida que más personas se desplazan por el mundo.
«Desgaste suena muy negativo. Evoca la imagen mental de algo que va desgastando otra cosa hasta deteriorarla. No creemos que eso sea lo que realmente ocurre», afirma Monika Schmid, destacada investigadora del desgaste lingüístico, actualmente en la Universidad de Essex. Schmid no cree que la nueva lengua elimine la materna: esta sigue ahí, solo que enterrada y latente. Más importante aún, un conjunto creciente de investigaciones sugiere que, en muchos casos, es posible recuperarla.
Lengua materna

En Gran Bretaña, los adolescentes tienen que analizar en profundidad una docena de poemas, más o menos, mientras estudian literatura e inglés en la escuela. Aunque los poemas concretos varían un poco de un aula a otra, muchos británicos recordarán el breve pero conmovedor poema de Sujata Bhatt, Búsqueda de mi lengua.
Escrito en inglés y gujarati, el poema encarna el miedo a perder la lengua nativa. Bhatt es una poeta india que creció en Pune, pero emigró a Estados Unidos cuando tenía 12 años. En su poema, describe una guerra entre esas dos lenguas, que compiten por dominar. Escribe sobre su angustia al ver que el inglés parece imponerse, pero es cuando Bhatt duerme y está vulnerable, cuando más añora su hogar, que su primera lengua se afirma con más fuerza que antes. Cada vez que teme haberla olvidado, el gujarati vuelve a inundarla.
A veces sueño en mi lengua nativa, el árabe. Por un breve instante, hablo y mantengo conversaciones con fluidez. Luego despierto y vuelvo de golpe al presente. Sale el sol y me quedo confundida, intentando reconstruir frases.
No pude decir ni una palabra en inglés hasta que me mudé al Reino Unido, a los siete años. Como tan acertadamente lo expresó el poema de Bhatt, mi árabe se pudría en mi boca a medida que avanzaba en la escuela. Pero de adolescente no parecía darme cuenta ni preocuparme demasiado. Entre las personas inmigrantes, tiene mucho valor aprender la lengua del país de acogida y perder el acento anterior. Aprendí inglés tan rápido que fue una bendición y aceleró de manera efectiva la integración de mi familia en la sociedad británica: el sistema de bienestar, el acceso a la atención médica, la educación y otros servicios sociales. Así encontramos una estabilidad que parece inalcanzable para tantas otras personas migrantes.
Aunque de estudiante pude memorizar para el examen la técnica que Bhatt emplea en su poema —la repetición, las metáforas y el verso libre—, tardé una década en comprender de verdad su miedo. No solo temía perder su primera lengua, sino también las consecuencias que eso tendría para su sentido de identidad. Sin su lengua nativa, Bhatt quedaría separada de su comunidad en muchos sentidos. Se encontraría atrapada, con un pie en cada mundo. Aunque sonara como la gente de su nuevo hogar, seguirían viéndola como una forastera; y, aunque tuviera el aspecto de la gente de su lugar de nacimiento, las palabras que salieran de su boca les resultarían ajenas. Se sentiría desarticulada, sin anclaje.
Es un miedo con el que Nkonde se identifica. «Puedo cocinar comida zambiana, he vivido en Zambia y me siento conectada con ese lugar. Es mi hogar. Pero no tener la lengua es lo que más me hace sentir desconectada», añade Nkonde.
No te das cuenta de que estás perdiendo la fluidez en tu lengua nativa hasta que casi es demasiado tarde. Un momento le dices a alguien «Yarhamuk Allah» después de que estornude y, al siguiente, dices «Jesús». No notas cuánto vocabulario se te ha escapado hasta que de repente te ves obligada a hablar únicamente tu lengua nativa, ya sea porque has viajado o porque ha venido de visita un ser querido. Pero, cuando adviertes que la has perdido, la sensación de pérdida te pesa más.
«Recuerdo muchas ocasiones en las que no podía formular una frase. Y, después de intentarlo unas cuantas veces, la frase simplemente me sale mal», cuenta Jaswinder Blackwell-Pal, doctoranda en la Universidad de Birkbeck, en Londres, y dramaturga. Las palabras se quedan en la punta de la lengua: parecen estar cerca, pero siguen siendo inalcanzables. «No quieres darte la vuelta hacia tu abuela y decir unas cuantas palabras incoherentes».
Los padres de Blackwell-Pal tomaron la decisión consciente de criarla bilingüe en Inglaterra: la enviaban con cuidadoras infantiles punjabíes y, al mismo tiempo, ella asistía a una escuela en inglés. Blackwell-Pal habló ambos idiomas con fluidez hasta los 15 años, cuando, según cuenta, ya no podía hablar punjabí. No sabía por qué ni cómo, pero en algún momento entre los 11 y los 14 años desapareció su capacidad de hablarlo.
«Es frustrante porque sigues sintiendo esa conexión con la lengua, pero no la sientes como propia», añade Blackwell-Pal.
La ciencia de la pérdida de una lengua
El icónico poema de Bhatt no está muy lejos de lo que dice la ciencia. Schmid describe un proceso en el que dos lenguas pugnan y compiten por los recursos mentales. Cuando, por ejemplo, una persona arabófona empieza a aprender inglés, tiene que emplear bastante energía mental para no usar palabras árabes ni estructuras sintácticas del árabe. Cuando debe concentrarse en decir «pan» y «leche» en inglés, tiene que crear una barrera mental que bloquee las versiones árabes de esas palabras. Pero, si quiere decirlas en árabe, debe superar ese mecanismo inhibitorio.
Esto hace que incluso las palabras comunes puedan ser difíciles de recordar. Cuesta aún más superar la barrera cuando la persona intenta pronunciar palabras o frases en voz alta que cuando simplemente entiende lo que alguien dice. Por eso, algunas personas descubren que entienden un idioma sin dificultad, pero no pueden hablarlo.
«No es que estés olvidando esa lengua; lo que ocurre es que ha quedado enterrada y tienes que desenterrarla, y eso requiere bastante energía», explica Schmid. Cuanto más inmersa está una persona en una segunda lengua, más poderoso se vuelve este mecanismo inhibitorio.

El desgaste de la primera lengua no afecta solo a los niños. Steffi Graf, la estrella deportiva más famosa de Alemania, es un ejemplo particularmente conocido. En 2007, Graf admitió que le costaba hablar alemán. Lo anunció con cierta torpeza mientras recibía el premio de los medios alemanes por su compromiso humanitario. «Lo siento, no puedo hablar mucho alemán», dijo al público, lo que desató titulares de asombro (enlace en alemán) por todo el país.
La dificultad de Graf para hablar alemán resulta aún más notable si se tiene en cuenta su trayectoria. Nació en Alemania en 1969 y pasó allí su infancia y una parte considerable de su vida adulta y de su carrera tenística (pronto se convirtió en una de las mujeres más influyentes de Alemania). En 2000 se mudó a Estados Unidos con su marido para formar allí su familia. Sin embargo, cuando regresó, hablaba inglés con fluidez, pero le costaba enlazar correctamente las frases en alemán.
El caso de Graf no es único. En 2014, el soldado estadounidense y prisionero de guerra Bowe Bergdahl fue liberado tras cinco años en manos de los talibanes. Cuando regresó, su familia dijo que al principio a Bergdahl le costaba hablar inglés.
Volver a lo básico
Sin embargo, no todo está perdido. Según la edad, es posible recuperar el dominio de la primera lengua.
Si un niño crece hablando una lengua, habrá adquirido las reglas gramaticales de esa lengua a los seis años, explica Schmid. Entre los seis años y los 11 o 12 hay un período en el que se consolida el conocimiento de esa lengua: «Todas estas cosas se estabilizan y afianzan», dice Schmid. Durante esa etapa de la vida, se llega a un punto en que el dominio de la lengua se integra y queda asentado.
Pero precisamente por eso, los niños menores de 12 años pueden tener dificultades para conservar las características de un hablante nativo si se mudan. Quizá retengan algunos conocimientos de su primera lengua, pero probablemente la hablen con acento extranjero y cometan numerosos errores gramaticales.
Si entiendes la lengua, pero te cuesta hablarla, eso no significa que la «primera lengua se esté erosionando o se haya olvidado por completo», dice Schmid, quien añade: «Sigue ahí y se puede reactivar»; solo necesita un poco de atención.
La persona hablante tiene que superar el mecanismo inhibitorio que hizo que una lengua predominara sobre la otra, y para vencer esa barrera hace falta mucha práctica. Para algunas personas, practicar significa asistir a clases para aprender la gramática y el vocabulario más complejo que les cuesta recordar. Para otras, implica volver a sumergirse en su país de origen o rodearse de hablantes nativos. Nkonde regresó a Zambia y vivió allí varios años. Dice que habría sido una experiencia bastante «extraña» sentarse en una clase e intentar volver a aprender formalmente sus lenguas nativas. Le resultaba más «cómodo» aprender con otras personas. La clave, dice Nkonde, es permitirse «ser vulnerable e intentar hablar mi lengua», pues para muchas personas el miedo a decir algo mal es lo que las mantiene en silencio.
Pero ¿y si no entiendes en absoluto la lengua materna? Recuperar lo que se conoce como «lengua de nacimiento» es, por desgracia, mucho más difícil.
Hay algunos indicios de que la lengua que aprendemos a una edad temprana deja huellas en el cerebro. Un estudio de 2014 descubrió que niñas chinas adoptadas a los 12 meses por familias francófonas de Canadá eran capaces de responder a los llamados «tonos chinos». El estudio reclutó a niñas de entre nueve y 17 años y las dividió en tres grupos: niñas que solo hablaban francés y nunca habían estado expuestas al chino; niñas bilingües que hablaban francés y chino; y niñas chinas adoptadas que solo hablaban francés. Las niñas debían escuchar «pseudopalabras» que empleaban los tonos de las lenguas chinas. El estudio halló que las niñas bilingües y las que habían estado expuestas al chino durante sus primeros años mostraban la misma actividad cerebral al escuchar las pseudopalabras.
Sin embargo, aunque los científicos descubrieron que la exposición temprana al chino dejaba una huella demostrable en el cerebro, eso no significa necesariamente que estas niñas tengan una gran ventaja a la hora de volver a aprender chino. Otro estudio de 2014, que examinó a personas chinas adoptadas en los Países Bajos, descubrió que, aunque estas personas adoptadas producían tonos chinos mejor que los niños neerlandeses monolingües, no eran mejores para distinguirlos. Según observa Schmid, la ventaja de haber estado expuesto a otra lengua en los primeros años parece limitarse a las «características fonológicas».
Aun así, quienes estuvieron expuestos a una lengua durante sus primeros años quizá tengan algunas ventajas. Un estudio de 2009 examinó a personas coreanas adoptadas en Suecia que habían dedicado mucho tiempo a aprender coreano y habían vivido varios años en Corea durante su vida adulta. Los investigadores descubrieron que el grupo de personas coreanas adoptadas obtuvo mejores resultados en pruebas fonéticas que un grupo de adultos suecos que también había aprendido coreano y vivido en Corea. El estudio sugirió que, aunque los dos grupos no diferían mucho en su desempeño en algunas pruebas lingüísticas, la exposición temprana al coreano daba al grupo de personas adoptadas una ventaja en otras pruebas.
En resumen, la lengua que oímos al nacer, por pronto que sea, tiene una manera muy peculiar de acompañarnos.
Wahashtny
En muchos sentidos, la universidad es una introducción bastante implacable a la vida adulta. Los jóvenes tienen que abrirse camino: elegir su carrera, decidir qué tipo de persona quieren ser y con quiénes quieren rodearse, mientras hacen malabarismos con el alquiler, las facturas y los estudios. Pero es cuando estás construyendo una nueva vida que el pasado puede filtrarse en ella poco a poco.
Era una fría mañana de diciembre y estaba sentada en la cocina de mi pareja, mirando cómo nevaba. La pequeña casa de tres dormitorios estaba en una calle sin salida tranquila. Me preguntó qué quería desayunar y pedí cereales, copos de maíz. Me miró confundido: «¿Unos qué?», dijo. «Copos de maíz», repetí. Sonrió al comprender: «Te refieres a copos de maíz». No fue hasta ese momento que me di cuenta de que toda la vida lo había pronunciado mal, diciendo corn-fur-la-kes; nunca antes había salido el tema. Debería haberme dado vergüenza, pero acabé sonriendo. Nos reímos los dos.
Como aprendí inglés rápidamente, sobre todo leyendo, pronunciaba mal muchísimas palabras. A lo largo de los años, cada vez que alguien me señalaba que había dicho mal una palabra —se dice «econ-no-mist», no «econ-no-mis-cist»—, me apuntaba mentalmente cómo decirla y practicaba en casa. Pero hay muchas palabras que me sorprenden ya de adulta, palabras que nunca habría tenido que decir fuera de casa y con mi familia. Ahora me aferro a esos errores, que al principio había enterrado bajo muchas capas mentales: la niña de siete años que vivía, respiraba y consumía árabe había encontrado la manera de salir a la superficie.
Entonces llamé a mi madre y le pedí que me hablara solo en árabe. Nuestras conversaciones se convirtieron en un baile incómodo: de pronto hacía una pausa a mitad de frase y preguntaba: ¿cómo se dice «plátano» en árabe? ¿Mes? ¿Felicidad? Y mi madre contestaba con paciencia. No solo estaba volviendo a aprender poco a poco mi primera lengua, sino que también redescubría el oscuro sentido del humor de mi madre y su ingeniosa forma de expresarse.
Las investigaciones han demostrado que la forma en que alguien se siente respecto a una lengua también puede influir. En otras palabras, cuanto más positiva sea tu actitud hacia una lengua, más fácil será aprenderla o recuperarla.
Schmid señala su estudio de 2002 sobre personas refugiadas judeoalemanas, que halló un vínculo entre el grado de persecución que había sufrido cada participante bajo el régimen nazi y cuánto alemán aún podía hablar. Le sorprendió descubrir que otros factores más evidentes —la edad que tenían las personas refugiadas cuando salieron de Alemania, cuánto alemán habían hablado después de mudarse e incluso si su pareja era alemana— no estaban directamente relacionados con la conservación de su lengua nativa. Algunas participantes querían no volver a hablar alemán jamás (decían que era la lengua de sus opresores), mientras que otras se aferraban a lo único que les quedaba de sus padres y seres queridos. Eso acabó siendo un factor importante en su dominio del alemán.
Al crecer en un mundo posterior al 11-S, quería distanciarme de mi identidad árabe y musulmana. Había interiorizado lo que otros decían de mi lengua materna: que era áspera, agresiva e incluso iracunda, y me descubrí repitiéndolo. Pero el árabe no es una lengua fría ni brutal; me llena de calidez y consuelo. Es la lengua en la que quiero expresar mi amor por los demás, en la que quiero bromear y en la que me siento más auténtica. Cuando mi pareja se ha ido y regresa, pienso: «wahashtny»—«te he echado de menos»—, una palabra con ese célebre sonido áspero de la «h» que a tantos angloparlantes les cuesta pronunciar y que usan como prueba de la «fealdad» de la lengua. Pero es una palabra que revela su profundidad. «Wahashtny; la palabra surge desde lo más profundo de mi garganta, un sonido gutural que irrumpe en mí para expresar a la vez el dolor de la ausencia y el alivio de volver a ver a un ser querido.
Volver a aprender y recuperar el dominio de la lengua materna no es fácil; lleva años y quizá nunca vuelvas a sonar como cuando eras niña. Pero es un viaje que vale la pena emprender. En él descubres que tu lengua materna, que antes te era extraña, vuelve a envolverte.

